La Gran Manzana tiene un nuevo rey: Jalen Brunson, quien hizo de todo para que los Knicks sean campeones después de 53 años
Saluden, amigos de la Gran Manzana, al nuevo rey de New York. Jalen Brunson es Frank Sinatra. Es Spike Lee. Es Walt Frazier. Es Patrick Ewing y Willis Reed.
Brunson hizo todo para que los Knicks sean campeones después de 53 años. Dejó mucho dinero en el camino para que lleguen Karl-Anthony Towns y Mikal Bridges. Fue el capitán de navío perfecto cuando, en años anteriores, se dieron tormentas que hicieron resquebrajar la estructura.
El MVP de Finales. El mejor jugador de la temporada. David venciendo a Goliath, con Victor Wembanyama como eje de comparación inevitable. La hazaña, esperada por una ciudad que no dormirá por varias noches, se dio contra un equipo de Spurs joven, de futuro, que aún tiene mucho que aprender para ser un competidor de peso en una definición de campeonato. Las caídas bruscas en el juego, la falta de confianza y las dudas fueron herramientas que los jugadores experimentados de los Knicks tomaron para fortalecerse. Fue algo así como chuparle la energía al rival. Lo que le pasó a San Antonio es algo que pasó muchas veces en el deporte profesional. Se llama maduración y lleva un tiempo lógico: Wembanyama tiene 22 años, Stephon Castle 21 y Dylan Harper 20. Es un trío de mucho futuro pero que aún está verde, sobre todo para manejar ventajas y controlar partidos.
Pero claro, esta es, queridos amigos, la fiesta de los Knicks. Existen los jugadores termómetro, que miden la temperatura, y después están los termostatos, que la cambian. Brunson pertenece a esa segunda categoría decisiva. Lo demostró en toda la serie. Y mucho más en el quinto y decisivo juego para romper de una vez por todas el maleficio.
Hombre clutch. Dios de la Chiquita. 11.2 puntos de promedio en el último cuarto en estas Finales. Atlas que sostuvo -y sostiene- el mundo naranja y azul que pesa como un planeta. En la Metrópolis de los superhéroes, Brunson se convirtió en el Superman menos pensado en las hipótesis previas. Porque detrás de Brunson, hubo muchos cracks que intentaron devolverle el brillo a New York y no pudieron. Lo logró, quizás, la estrella más subestimada de todas. Porque llegó al equipo siendo segunda espada de Luka Doncic en Dallas Mavericks. Porque fue criticado por los analistas más ponderados. Porque con su padre Rick, asistente primero de Tom Thibodeau y luego de Mike Brown, no sólo soñaron con este momento: actuaron en consecuencia. Hicieron los deberes a la perfección y se apropiaron, sin saberlo, del mantra de los Spurs: la roca se romperá y no será por el último golpe sino por los cien que lo precedieron.
La historia tiene destinada, a veces, líneas argumentales que parecen un libreto de ficción. Porque Rick, su padre, fue el base suplente de los Knicks que perdieron las Finales ante los Spurs en la temporada 1998-99. En aquel equipo estaban Allan Houston, Latrell Sprewell, Larry Johnson, Marcus Camby y muchos otros. Jalen tenía solo dos años en la previa del 2000 y su padre lo paseaba en brazos en los pasillos del Madison Square Garden. Aquel niño, 27 años después de esa frustración familiar, fue el encargado de traerle a la ciudad de los rascacielos la redención mayúscula. Si deciden que la estatua de la libertad llevará la cara de Brunson de aquí en más, ningún habitante neoyorquino ofrecerá resistencia.
Brunson hizo 45 puntos en el juego que le dio el tercer campeonato de su historia a los Knicks. No solo eso, fue quien condujo la remontada en el Waterloo de San Antonio en el cuarto partido y la mente dominante de New York a lo largo de toda la postemporada. Fue el cuarto jugador de la historia en anotar esa cantidad de unidades en un juego decisivo de Finales, uniéndose a Bob Pettit contra Celtics (1958 Juego 6, 50 puntos), Giannis Anteokounmpo ante Suns (2021 Juego 6, 50 unidades) y Michael Jordan ante Jazz (1998 Juego 6, 45).
Los Knicks ganaron porque supieron utilizar las derrotas de años anteriores como escalones hacia la victoria. No fue solo Brunson: un equipo atrás estuvo muy a la altura de las circunstancias. Karl-Anthony Towns fue fundamental con el trabajo en la pintura, siendo clave en los primeros dos juegos. OG Anunoby, el creador de la nueva versión de 'La Mano de Dios' en el cuarto juego para ganar, fue una estampilla en defensa (limitó a los rivales a 9-55 en triples (16%) cuando defendió esos tiros) y un recurso elite en ataque (tiró 48.9% en triples en postemporada). Mitch Robinson controló con precisión a Wembanyama cuando le tocó y cargó siempre al rebote con eficiencia. Josh Hart supo ser determinante en los dos costados, lo mismo que Mikal Bridges en momentos que se requirió equilibrio.
Quizás la clave más determinante, como grupo, estuvo en la actitud. En la determinación, en el coraje, en la madurez para creer que las cosas no terminan hasta que terminan. Los Spurs tomaron ventaja en el marcador en los cinco partidos, y los Knicks se recuperaron y ganaron cuatro de esos cinco para ser campeones. Mucho por demostrar algunos y mucho por aprender otros. Clave Brunson, y fundamental Mike Brown, que le ganó la batalla de coaches a Mitch Johnson para alcanzar su primer título en su segunda aparición en Finales NBA.
Casi nadie creía en Brunson cuando llegó a New York. En tierra de artistas y luces, el crack de Villanova voló bajo el radar. Como una burla del destino, también casi nadie creía en los Knicks campeones cuando comenzaron la actual temporada allá por el mes de octubre. Sin embargo, a mediados de junio, los pronósticos se cayeron como un castillo de naipes. La razón es sencilla: el corazón tiene razones que la razón no entiende.
Brunson, síntesis perfecta del sueño de los héroes, alma máter de una raza de bases anotadores en extinción, desafió a todo y a todos: su zurda de antología, su fuego sagrado extendido en un reguero de pólvora, logró seducir a propios y extraños.
53 años después de su último alarido de gloria, los Knicks tienen, en sus entrañas, al verdadero jugador del pueblo. Al ídolo de los sin rostro. De las dudas en su llegada a Rey de New York. Ni gigante, ni sobrenatural. De carne y hueso.
Único y, por sobre todas las cosas, ganador.
Amantes del básquetbol, habitantes del Monte Rushmore, abran paso a Jalen Brunson.
Una vez más, solo cumple sus sueños quien resiste.
