Falleció Tulio Crespi a los 88 años. El histórico constructor, preparador y creador de autos de competición revolucionó el mundo motor en Argentina y se despidió con una emotiva carta en sus redes sociales.
Crespi estuvo ligado al automovilismo argentina durante más de seis décadas. En 1963 construyó su primer monoplaza y se puso al volante de él en el Autódromo General San Martín, donde obtuvo la victoria.
Con el paso de los años su nombre estuvo cada vez más ligado a la construcción de autos y su fábrica se convirtió en una referencia para las distintas categorías del automovilismo argentino, especialmente en la Fórmula Renault.
Luego también tuvo presencia en Turismo Carretera, TC 2000, Fórmula 2 Nacional y la Fórmula 3 Sudamericana.
Todo estos autos fueron construidos en su fábrica sobre la Ruta 226 en Balcarce, lugar al que se mudó en la década del 80 por recomendación de Juan Manuel Fangio.
Su último gran proyecto lo terminó de vincular con uno de los nombres más importantes de toda la historia del automovilismo mundial.
Crespi, junto a sus hijos, construyeron los 22 prototipos de Fórmula 1 para la serie de Ayrton Senna.
La carta de despedida de Tulio Crespi
Si están leyendo esto, es porque me tocó largar mi última carrera.
Quiero que sepan que me voy en paz, tranquilo, después de pelearla como pude con esta enfermedad que me tocó al final del camino. Pero no quiero que hablen de eso. No quiero que me recuerden por cómo me fui, sino por cómo viví.
Viví 88 años haciendo exactamente lo que amé. ¿Cuánta gente puede decir eso?
Nací prácticamente en Chacarita con un martillo en la mano. Fui creciendo, laburando, aprendiendo de los fierros, y con mucho sacrificio me fui a Balcarce a hacer mi vida y mi historia. Ahí construí todo lo que soñé de pibe.
Gracias.
Gracias a mi familia, que me bancó siempre. Que me perdonó las horas en el taller, la grasa en las manos, los domingos en el autódromo en vez de en casa. Sin ustedes, nada de lo que hice hubiera tenido sentido. Ustedes fueron mi verdadero campeonato.
Gracias a mi equipo de trabajo, a mis empleados y a mis proveedores, que juntos creamos las primeras piezas únicas de un auto de competición. Cada chasis, cada soldadura, cada pieza hecha a mano lleva el esfuerzo de todos. Nada lo hice solo.
Gracias a todos los pilotos que confiaron en mí. A los que se subieron a un Crespi sin saber si iban a llegar, pero con la ilusión intacta. Cada triunfo suyo fue mi triunfo.
Gracias al ambiente del automovilismo. A los mecánicos, a los chapistas, a los rivales que fueron amigos, a los que me enseñaron cuando yo no sabía nada y a los chicos que hoy venían a preguntar. Yo nunca me creí más que nadie. Fui un laburante del fierro, un artesano que tuvo la suerte de convertir su pasión en su trabajo.
No estén tristes por mí. Sigan haciendo ruido. Sigan armando autos en talleres chiquitos pensando que pueden ganarle a los grandes, porque yo pude y lo hice.
Dejo mi fábrica en manos de mis hijos para continuar mi legado. Queda todo ahí, para que siga girando.
Gracias por estos ochenta y ocho años de confianza. ¡Viva la vida, vamos que se puede!
Gracias, gracias, gracias
