El glamuroso escenario de 'Iron' Mike en Atlantic City languidece. Pero un 'Monstruo Mexicano' y un prodigio estadounidense demuestran que el boxeo puede -y va a- sobrevivir.
Muelle de Manhattan Beach, California
Contemplo el océano Pacífico. Hay algo en el agua que me hace pensar en casa. No sé por qué, ya que soy del desierto de El Paso, donde los espejismos son lo único que se asemeja a masas de agua.
Aquí, en una mañana fresca y nublada del primero de mayo, la gente juega al voleibol, practica surf y pasea a sus perros por la orilla mientras el agua les baña los pies.
Como eso no existe en el desierto, también me hace pensar en casa.
Grand Olympic Auditorium, Los Angeles
En el estacionamiento de un gran edificio junto a la Interestatal 10, en la intersección de las calles 18 y Grand, un guardia de seguridad me dice algo que no logro entender.
-¿Puedo entrar? -pregunto.
Por la forma en que me mira, está claro que él tampoco me entiende a mí.
-Trabajo para ESPN -digo mientras le muestro mi credencial y mi cámara-. ¿Puedo entrar a tomar fotos?
Quiero explicarle que estoy aquí porque se dice que el boxeo ha muerto. Sé que eso no es cierto, ya que siempre ha formado parte de mi vida. Desde que tengo uso de razón, familiares y amigos se reunían para ver pelear a mexicanos. Mi madre no entendía el idioma de este país, pero se sentía conectada cuando las cámaras captaban a esos púgiles hablando español.
Pero también sé que el boxeo ya no es lo que era, así que quiero ver qué queda de él, y no hay mejor lugar para empezar que este. Este gran edificio que tenemos al lado fue en su día escenario de competiciones de 'roller derby', lucha libre y, lo que es más importante, boxeo. Quiero decirle al guardia de seguridad que se trataba del Grand Olympic Auditorium, pero que, debido a los eventos que albergaba, se le conocía como «El Cubo de Sangre» ('The Bucket of Blood' y se le consideraba el Madison Square Garden del Oeste.
Aquí fue donde el héroe nacional de México, Julio César Chávez, ganó su primer título mundial. Y aquí se filmaron escenas de "Réquiem por un peso pesado", "El campeón", "Toro salvaje" y "Rocky". Hace décadas, este era el centro del boxeo de la Costa Oeste, en parte porque el Dodger Stadium no albergó ninguna pelea después de la muerte de Davey Moore en 1963. ¿Has escuchado esa canción de Bob Dylan? Es de ese Davey Moore de quien canta.
Eso es lo que le diría si nos entendiéramos. Pero para evitar más confusiones, simplemente le digo: "Soy escritor. Aquí solía haber boxeo".
Lo sabría si las grandes letras mayúsculas en el lateral del edificio que antes decían "BOXEO TODOS LOS JUEVES" no hubieran sido cubiertas; ahora dice "JESÚS ES EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA". Y si el mural de un boxeador desconocido pintado sobre la entrada principal no hubiera sido cubierto con pintura. "EN DIOS CONFIAMOS", reza encima del lugar donde antes estaba el boxeador.
El guardia de seguridad me mira, a mi credencial y a la cámara que sostengo.
"Dentro, no se permiten fotos. Afuera, sí", dice el hombre que custodia el edificio, ahora convertido en iglesia coreana.
Benavidez vs. Ramírez en el T-Mobile Arena, Las Vegas
Algunas de mis mejores noches de sueño han sido después de grandes peleas mexicanas.
Como aquella noche de 1990, cuando Julio César Chávez noqueó milagrosamente a Meldrick Taylor en los últimos dos segundos del duodécimo asalto.
O cuando Andy Ruiz Jr. noqueó a Anthony Joshua en 2019 y destruyó lo que se suponía que sería el futuro del boxeo. Celebré en mi sala lo más silenciosamente posible porque mi esposa y mi hija estaban dormidas. Pensé en despertar a mi hija porque, aunque no lo recordara, podría decir que vio la pelea cuando, por primera vez, un boxeador de ascendencia mexicana se convirtió en campeón de peso pesado.
Como cuando cubrí mi primer combate importante. Canelo Álvarez venció a Gennadiy Golovkin en su revancha de septiembre de 2018. Fue en el mismo T-Mobile Arena donde estoy sentado escribiendo esto ahora, la noche de la pelea entre David "El Monstruo Mexicano" Benavidez y Gilberto "Zurdo" Ramírez, durante el fin de semana del Cinco de Mayo.
En parte porque vi a boxeadores mexicanos lograr lo imposible, creí que podía dedicarme a este tipo de trabajo mucho antes de 2018. Pero aquella noche, después de que Canelo venciera a Golovkin, dormí tranquilo; la acreditación y el dinero que recibí por escribir sobre el combate eran la prueba de que no me había estado mintiendo a mí mismo.
Monstruos mexicanos
Una lista incompleta de monstruos mexicanos malos:
1. Maxi Rodríguez, quien marcó un gol para Argentina contra México en el Mundial de 2006. Fue algo tan improbable que hizo que un amigo mío se volviera creyente. "Ahí fue cuando supe que Dios existía", me dijo años después, cuando el dolor ya había disminuido un poco. "Y que odiaba a los mexicanos".
2. Arjen Robben, quien se tiró al suelo en el campo de juego durante el partido contra México en el Mundial de 2014. El penal fantasma a favor de los Países Bajos hizo que los mexicanos lloraran y gritaran: "¡NO ERA PENAL!". Aquello reafirmó la creencia de mi amigo.
3. El hombre apuesto y misterioso en un baile mexicano que desaparece en cuanto alguien se percata de que tiene patas de cabra.
4. Los que trabajan para La Migra, especialmente si tienen nombres como los nuestros.
Una lista incompleta de buenos monstruos mexicanos:
1. David Benavidez, cuyo apodo -el Monstruo Mexicano-se lo puso nada menos que Mike Tyson. Esta noche, en el T-Mobile Arena, mientras vapulea al Zurdo Ramírez en el quinto asalto, empiezan a oírse los gritos de "¡MONSTRUO!". En ese mismo asalto, una voz solitaria desde las gradas suplica lo imposible al gritar: "¡VAMOS, ZURDO!".
Un asalto más tarde, el Monstruo Mexicano celebra mientras el Zurdo se arrodilla sobre su pierna izquierda porque ya no quiere seguir peleando.
Arizona, el estado más agridulce
Conducir a veces me hace pensar en todos los lugares donde podría haber estado. En las amistades y relaciones que terminaron. Algunas se acabaron de forma natural y otras las terminé yo a la fuerza. Algunas fueron fáciles de dejar atrás y otras las sigo pensando en las noches en que no puedo dormir.
Si sigo conduciendo un poco más, pienso en las veces que recibí un golpe. Los inesperados en la cara siempre duelen. Pero no tanto como los que van al estómago; esos que veía venir y contra los que no hacía nada para protegerme.
Es durante mis viajes más largos, especialmente a través de Arizona -el estado más agridulce-, cuando pienso en mi primo. Era como un hermano mayor. He visitado cientos de tumbas de personas que nunca conocí, pero jamás la suya. Seguimos hablando aunque él se haya ido hace años.
"¿Te acuerdas de lo bien que nos sentimos cuando nos mudamos a aquel apartamento en Phoenix? Todavía te veo fumando junto a la escalera"."
¿Recuerdas aquella noche en que robaron a Oscar De La Hoya? El único en esa fiesta que pensó que Tito Trinidad había ganado era el tipo que todos odiaban.
¿Recuerdas a El Charlie, que nos dejó quedarnos cuando no teníamos a dónde ir? Lo vi y no está bien. Le di dinero y mi número, le dije que me llamara, pero aún no lo ha hecho.
¿Recuerdas aquella noche en que dijiste que estaba desperdiciando mi vida? En aquel entonces, el orgullo no me dejó admitir que tenías razón. No he ido a visitarte y lo siento. Pero es demasiado pronto para aceptar que ya no estás aquí.
Mural de Johnny Tapia, Albuquerque, Nuevo México
En una de las zonas menos privilegiadas de Albuquerque hay un mural de un boxeador. Es Johnny Tapia, con todas las cicatrices de sus 66 peleas profesionales y todo lo demás que le valió el apodo de Mi Vida Loca.
"Me criaron como un pitbull", escribió en su autobiografía de 2006. "Me criaron para luchar hasta la muerte".
Por eso una ciudad como Albuquerque lo adora.
Porque allí nació y creció, luchó contra la adicción y aun así se convirtió en cinco veces campeón mundial y miembro del Salón de la Fama del Boxeo Internacional. Porque Albuquerque es el tipo de ciudad donde todos deben luchar. Él lo hizo mejor que la mayoría, y el día de su funeral, miles de personas pasaron junto a su ataúd, colocado dentro de un ring de boxeo.
Tenía solo 45 años cuando murió. Hace 14 años. Pero hay un mural de Johnny Tapia porque Albuquerque todavía lo recuerda.
Gimnasio Rock Steady Boxing, Albuquerque
"No hay mejor lugar para estar un lunes que aquí", dice Patrick Strosnider mientras permanece de pie en el centro de su gimnasio, donde todos lo llaman "Coach" . Él prefiere mantener las cosas lo más sencillas posible, por lo que nadie allí usa su nombre de pila. "Es una preocupación menos para ellos", explica.
Dirige el centro Rock Steady Boxing de Albuquerque desde 2016. El gimnasio utiliza el boxeo para ayudar a mantenerse activas a las personas que viven con Párkinson. Los boxeadores golpean sacos, se desplazan, sudan y se apoyan mutuamente.
"Los llamamos luchadores", dice el entrenador refiriéndose a las personas -unas 100 en total- que asisten a alguna de sus tres clases semanales, impartidas en cuatro horarios distintos. "Luchan por levantarse de la cama. Luchan por recordar el horario de su medicación. Luchan por atarse los cordones de los zapatos. Luchan por llevar una bolsa de la compra desde el garaje hasta la cocina sin tropezar. Luchan las 24 horas del día, los 7 días de la semana".
El entrenador conoce esa lucha mejor que nadie, ya que su padre vivió con Párkinson durante 20 años. Este gimnasio debía haberle ayudado a él, pero la edad y la enfermedad pudieron más. Nunca llegó a entrenar en el lugar donde su hijo ahora ayuda a otros con sus batallas cotidianas.
"Diez segundos", dice el entrenador con voz lo suficientemente alta como para que se oiga por encima de los gruñidos de los boxeadores, que intentan relajar sus músculos agarrotados. "Y... tiempo", añade, antes de que los boxeadores -15 en la sesión de las 9 de la mañana- pasen a la siguiente estación.
Es entonces cuando Rebecca Chavez, a quien todos llaman Beck, empieza a golpear la pera de boxeo. Es su ejercicio favorito. De niña, veía a su padre golpear la pera en casa. Él era aficionado al boxeo, así que siempre veían los combates juntos.
"Me diagnosticaron en agosto del año pasado", cuenta Beck, de 60 años, la boxeadora más joven y la miembro más reciente del gimnasio. Había notado rigidez y arrastraba la pierna derecha al caminar. Tras varias pruebas, el médico le confirmó que tenía Párkinson. "Fue duro", explica. "Simplemente no podía creerlo".
Beck pensó en lo peor. Se preguntaba si terminaría en silla de ruedas en el plazo de un año. Luego supo que el ejercicio ralentiza el Párkinson. Aproximadamente un mes después de su diagnóstico, entró en Rock Steady Boxing y se sintió embargada por la emoción.
Desde entonces, ella acude dos veces por semana, y a veces más. El boxeo le ayuda tanto física como emocionalmente, rodeada de otros boxeadores que saben por lo que ella está pasando. "Se convierten en tu familia", dice Beck.
"¡Y tiempo!", dice el entrenador. La sesión de una hora llega a su fin. "Sé que quieren seguir, pero hasta aquí llegamos", añade, mientras los boxeadores ríen y caminan lentamente hacia sus botellas de agua.
"Buen entrenamiento", dice el Coach. Los boxeadores beben agua y recuperan el aliento. El entrenador les dice que espera verlos a todos de nuevo el miércoles, ya que no solo es bueno para ellos, sino también para sus compañeros de equipo. Antes de terminar la jornada en el gimnasio, el entrenador anuncia que preparará otra estación de ejercicios rápidos para quienes deseen hacer un poco de trabajo extra.
Beck es una de los cinco boxeadores que se quedan.
El centro geográfico de los Estados Unidos contiguos: Lebanon, Kansas
No me había dado cuenta de lo lejos que estaba de casa hasta que llegué al centro del país. Pero ahora, en Lebanon, Kansas, este 4 de mayo, me encuentro rodeado de carreteras y a solas con mis pensamientos. Hace frío, sopla el viento y llueve mientras permanezco frente a un obelisco de piedra. "El centro geográfico de los Estados Unidos", reza la placa.
Me siento afortunado y agradecido de poder ver lugares que jamás imaginé. Sin embargo, no puedo evitar notar la sensación de desolación que transmiten estas carreteras y las vastas extensiones de tierra que las rodean, sobre todo cuando todo lo que amo está tan lejos. Y esta noche es la primera vez, en un día lectivo, que no podré darle un beso a mi hija antes de que se duerma.
El último edificio antiguo en Cass Street, Omaha, Nebraska
Hay un juego de puertas dobles que conduce a la entrada trasera del CW Boxing Club. No tienen cerradura; lo único que las mantiene cerradas es un tablón de madera atravesado sobre los tiradores.
-Déjame abrirlas -dice Carl Washington mientras retira, desde el interior del gimnasio, esa pieza de madera que lleva grabadas sus iniciales. Da un par de pasos hacia la oscuridad de una pequeña estancia. Entonces, la luz inunda el espacio en cuanto abre la puerta trasera.
-Aquí había otros edificios -dice, señalando un lugar donde ya no queda nada. Eran construcciones antiguas, al igual que el edificio que alberga el gimnasio de Carl desde 1993. Por aquel entonces, él buscaba un nuevo emplazamiento para el gimnasio que dirige desde hace ya 48 años. A sus 79 años, lleva más de la mitad de su vida siendo el propietario del negocio.
Carl calcula que unas 80,000 personas han pasado por las distintas sedes que ha tenido el CW Boxing Club. La primera de ellas estuvo en el sótano de su casa de North Omaha, donde todavía vive con su esposa. Después, el club se trasladó al Fontenelle Pavilion y más tarde al museo de los niños, hasta que el edificio se vendió. Sin un lugar fijo donde establecerse, el CW Boxing Club funcionó en el parque hasta que Carl encontró este viejo edificio en la calle Cass.
-Lo compramos por 30,000 dólares -cuenta Carl. Era asequible porque el edificio -que hoy cuenta con más de un siglo de antigüedad- se encontraba en el centro, en una zona descuidada de Omaha. A principios de la década de 1990, el CW Boxing Club era considerado el gimnasio de la comunidad afroamericana de la ciudad. Hoy en día, las instrucciones de combate se imparten tanto en español como en inglés.
"Antes había muchos edificios antiguos", dice Carl sobre el barrio donde se encuentra su gimnasio. "La mayoría ya ha desaparecido".
Nacido y criado en Omaha, él es testigo de cuánto ha cambiado la ciudad. De cómo los nuevos y relucientes edificios han transformado el perfil urbano del centro. De cómo Kiewit Corporation ha comprado la mayor parte de los terrenos circundantes y ahora quiere el suyo. "Ya han venido tres veces", comenta Carl refiriéndose a la constructora que figura en la lista Fortune 500. "Somos los últimos que quedan en la manzana".
La gentrificación -o revitalización, o cualquier otro término que se utilice para suavizar el impacto- ha llegado a la puerta trasera de Carl. Ahora se encuentra encajonado entre los nuevos edificios y la autopista Gerald Ford, que pasa justo por su puerta principal. Él, su gimnasio y todos los que están dentro se encuentran tan cerca de las obras que pueden ver a los obreros por todas partes; obreros que derriban edificios antiguos como aquel en el que se aloja el gimnasio de Carl.
En el mejor de los casos, Carl calcula que al gimnasio le quedan un par de años en su ubicación actual. Señala que los impuestos sobre la propiedad se han triplicado en la última década. Y, dado que no cobra a nadie por entrenar allí, el negocio solo podrá sobrevivir un tiempo limitado antes de que se vea obligado a vender. Es consciente de que, a pesar de los miles de jóvenes a los que su gimnasio ha alejado de los problemas, de que allí aprendió a boxear Terence Crawford -el mejor boxeador estadounidense de su generación- y del valor sentimental de haber construido todo esto con sus propias manos, el terreno vale más que la edificación que se alza sobre él.
"Se ve venir", dice Carl, mientras sostiene el trozo de madera que hace las veces de cerrojo. Mantiene las puertas cerradas para que nadie vea el aparcamiento que se está construyendo justo detrás.
Harold Brazier Boulevard, South Bend, Indiana
Es miércoles 6 de mayo, mi sexto día en la carretera, y el odómetro del coche de alquiler indica que he recorrido 2,416 millas. He pasado tanto tiempo en ese vehículo que incluso le he puesto nombre.
Desde la Costa Oeste hasta el Suroeste y sus desiertos, pasando por las Grandes Llanuras y el Medio Oeste; pronto llegaré a la Costa Este. He atravesado las cuatro zonas horarias, perdiendo horas mientras mantenía la vista en la carretera. A través de autopistas, carreteras estatales y caminos rurales, he pasado por varios lugares que se autodenominan "famosos en todo el mundo". Son tantos que he empezado a dudar de que alguien fuera de allí sepa siquiera que existen.
He conducido entre el tráfico de grandes ciudades que parece burlarse del tiempo. He pasado por pueblos pequeños -siempre con cuidado de no superar el límite de velocidad- que parecen incapaces de recuperarse tras haber recibido un golpe bajo inesperado. He pasado por lo que parecen mil calles con mil nombres olvidables. Excepto por una: Harold Brazier Boulevard, en South Bend.
Brazier fue un boxeador fácil de olvidar. Peleó a la sombra del fútbol americano de Notre Dame y de la larga historia del boxeo, que solo recuerda a unos pocos. Disputó 124 combates -uno de los pocos boxeadores modernos con tal cifra-, incluidas dos peleas por el título mundial que nunca llegó a ganar. Sin embargo, como hizo sentir orgullosa a su gente de esa manera única en que lo hacen los boxeadores, esas derrotas no impidieron que su ciudad natal pusiera su nombre a una calle.
Harold Brazier Boulevard.
De entre los miles de calles por las que 'El Elefante de Guerra' y yo hemos pasado, esa ha sido mi favorita.
La fotografía azul de Jack Johnson, South Bend
Existe una fotografía -guardada en un álbum de recortes, dentro de una caja de archivo de la Colección de Investigación Deportiva Joyce, ubicada en las Bibliotecas Hesburgh de la Universidad de Notre Dame- que retrata a Jack Johnson. En una época en la que el boxeo gozaba de mayor relevancia social y el título poseía un carácter mítico, él se convirtió en el primer campeón mundial de peso pesado de raza negra. Sus victorias desencadenaron disturbios raciales, peticiones para prohibir el deporte y una búsqueda a nivel nacional de la llamada 'Gran Esperanza Blanca'.
Johnson los derrotó a todos. Sin embargo, la ley logró lo que nadie había podido conseguir dentro del cuadrilátero: debido a que se casó con mujeres blancas, los tribunales dictaminaron que había infringido la Ley de Tráfico de Esclavas Blancas y lo condenaron a prisión.
La fotografía es de color azul, aunque desconozco el motivo. Contrasta con el papel amarillento y quebradizo del álbum; un material tan delicado que los archivistas me obligaron a lavarme las manos antes de tocarlo, y tan sensible que solo pude fotografiarlo sin utilizar el flash.
Johnson se exilió voluntariamente en lugar de ir a prisión. Durante siete años vivió recorriendo Europa y América Latina, y combatió en Francia, Cuba, España y México. Permaneció fuera hasta que ya no pudo hacerlo más. En 1920 se entregó a las autoridades en la frontera sur de Estados Unidos, y pasaron 98 años antes de que recibiera el indulto.
En la fotografía, Johnson aparece dentro de un cuadrilátero de boxeo junto a otros cinco hombres. Tres de ellos -dos blancos y uno negro- visten traje. Los otros dos, ambos negros, llevan guantes. Los tres hombres de traje observarán; los dos con guantes pelearán contra Johnson.
Tomada en el Día de Acción de Gracias de 1920, la imagen muestra a Jack Johnson peleando mientras cumplía condena en la Penitenciaría de Leavenworth.
La tumba de Muhammad Ali, Louisville, Kentucky
Hay algo peculiar en estar en un lugar que antes solo conocías a través de las fotos de un desconocido. La sensación es de novedad, pero también de familiaridad. Es como descubrir algo aun sabiendo dónde mirar. Esa es la tumba de Muhammad Ali, y resulta muy apropiada. Porque ninguna otra presencia se cierne sobre el mundo del boxeo como la suya.
Dentro de 26 días -contando desde el momento en que escribo esto- se cumplirá una década de su partida. Y, sin embargo, él sigue ahí. Una sombra tan inmensa que abarca ambos extremos del espectro.
En un lado está Ali.
Él representa la esencia poética del boxeo.
Por otro lado está Ali.
Miren el daño que puede causar el boxeo.
Cuando murió Davey Moore, Springfield, Ohio
Cuatro días antes de morir, Davey Moore era campeón mundial. Había ganado el título en el Grand Olympic Auditorium. Luego, el 25 de marzo de 1963, perdió la vida en esa misma ciudad: Los Ángeles. Su oponente, Sugar Ramos, aguardaba fuera de la habitación del hospital, llorando mientras rezaba por Moore.
Durante el resto de su vida, Ramos pidió perdón por lo sucedido. El papa Juan XXIII pidió que se prohibiera el boxeo. Bob Dylan compuso una canción preguntando quién había matado a Davey Moore. Walter O'Malley declaró que nunca más habría boxeo en el Dodger Stadium. Todo eso ocurrió cuando murió Davey Moore.
Tenía apenas 29 años. Dejó esposa, Geraldine, y cinco hijos. En Springfield, Ohio -su ciudad natal-, 10.000 personas asistieron a su funeral. Medio siglo más tarde, esa misma ciudad le rindió homenaje con una estatua.
Geraldine y sus hijos estuvieron presentes en la inauguración. También asistió Sugar Ramos. Para entonces ya era un anciano que seguía cargando con el peso de aquella noche en que murió Davey Moore. "Siempre pienso en lo que pasó y en lo que hice", decía.
Aquello lo atormentaba. Incluso después de que Geraldine le dijera que no había sido culpa suya.
Buster Douglas, campeón mundial de peso pesado, Columbus, Ohio
"Intento no emocionarme", dice James "Buster" Douglas cuando le pregunto qué significó para él ser campeón mundial de boxeo de peso pesado.
En 1990, Douglas -quien llegaba a la pelea con pronósticos en contra de 42 a 1- noqueó a Mike Tyson cuando este aún era "el hombre más peligroso del planeta".
"Significó mucho", dice Buster, explicando que, al ser hijo de Billy "Dynamite" Douglas -también boxeador-, creció en un entorno ligado a este deporte. Aprendió a pelear gracias a su padre y creció rodeado de revistas de boxeo cuyas páginas centrales eran pósteres de campeones mundiales. Eso era lo que el joven Buster imaginaba para sí mismo, aunque a una escala aún mayor. Él era un peso pesado, y ser campeón en esa categoría era algo casi mágico.
"Yo quería ser ese tipo", dice Buster. "Y terminé convirtiéndome en ese tipo", añade, mientras se seca los ojos con una servilleta. Casi no importa que perdiera el título ante Evander Holyfield ocho meses después y que, tras aquello, no volviera a pelear durante casi seis años. O que, antes de retomar la disciplina y la estructura del boxeo, estuviera a punto de morir al caer en un coma diabético.
"¿Sabes? Convertirme en campeón mundial fue como si 'nosotros' nos hubiéramos convertido en campeones mundiales", dice, refiriéndose de nuevo a su padre.
"¿Con qué frecuencia le preguntan por la pelea contra Tyson?", le pregunto.
"Bastante a menudo", responde. "Es parte de mi vida. Sucedió. No puedo negarlo".
Mientras habla, dirige la mirada por el gimnasio del Thompson Community Center en Columbus, Ohio, donde ha ejercido como entrenador durante los últimos ocho años. De vez en cuando, alguien se inscribe en el gimnasio y se sorprende al ver a Buster allí. "Tú eres aquel tipo", le dicen.
A sus 66 años, Buster -con la ayuda de entrenadores asistentes- enseña a los jóvenes boxeadores todo lo que sabe tras una vida de peleas, caídas y levantadas. Les enseña de todo: desde cómo vendarse las manos hasta cómo afrontar el impacto de recibir un golpe en la cara; desde cómo lanzar un doble jab hasta cómo creer en uno mismo cuando los demás no lo hacen.
Los jóvenes boxeadores escuchan con atención, sobre todo cuando habla de esto último. Porque en las paredes del gimnasio cuelga una fotografía enmarcada de Buster tomada hace 36 años. En ella, acaba de conectar un golpe y observa cómo Tyson cae, devolviéndolo a su condición de mortal. Al fondo, un hombre se lleva las manos a la cabeza, incrédulo.
La foto fue tomada apenas diez segundos antes de que Buster se convirtiera en campeón mundial de los pesos pesados.
Cruces
Hay cruces en la carretera que marcan el lugar donde alguien ha muerto. Me recuerdan que últimamente he estado escribiendo mucho sobre recuerdos de lo que ya no está y cosas que se desvanecen. Solía atribuirlo a ser mexicano, pero ya no estoy seguro.
Culpa. Porque en cada uno de nuestros barrios por todo el país hay un recordatorio de algo que ya no está ahí. Una fotografía enmarcada de un revolucionario que murió traicionado hace un siglo. Un mural de un paisaje situado a miles de kilómetros de distancia. Una vieja canción en un restaurante sobre un amor perdido. Un niño pequeño con un nombre que sus abuelos no pueden pronunciar.
-Me he dado cuenta de que he estado escribiendo mucho sobre gente mayor -le digo a uno de mis editores.
-Puedo decirte por qué -responde él entre risas.
Él no es mexicano. Por eso creo que debería atribuirlo a otra cosa.
Salón de la Fama del Boxeo a Puño Limpio, Belfast, Nueva York
Durante la última hora y media, Scott Burt me ha mostrado cómo dedica la mayor parte de sus días a preservar la historia del boxeo a puño limpio. El elemento central de esta labor -y del Salón de la Fama del Boxeo a Puño Limpio que él mismo fundó- es un granero en Belfast, Nueva York, donde alguna vez entrenó John L. Sullivan.
"Fue el último campeón a puño limpio y el primer campeón con guantes", dice Burt sobre Sullivan, quien a finales del siglo XIX -como la primera superestrella del deporte en el país- era tan querido que se compusieron canciones en su honor. Ahí es donde comienza la historia del boxeo moderno. Si se rastrea la genealogía pugilística hacia atrás desde Oleksandr Usyk, el actual campeón de peso pesado, el linaje se remonta a Sullivan.
"Todo empezó aquí", comenta Burt mientras permanece de pie dentro del granero de 1889, una estructura que en su día estuvo en pésimas condiciones. Necesitaba un techo nuevo, parte de la madera se había podrido y los suelos estaban cubiertos por una capa de barro de más de un metro de altura. Sin embargo, el granero también albergaba equipamiento de hace más de un siglo -sacos, pesas, balones medicinales y guantes- que Sullivan había utilizado. Incluso conservaba el cuadrilátero donde él entrenaba. Tras años de trabajo, Burt logró devolverle la vida al lugar. Aún queda trabajo por hacer, pero muestra con orgullo lo que ha logrado.
"¿Por qué valía la pena conservar esto?", le pregunto a Burt.
"Porque una vez que desaparece, desaparece para siempre", dice. "A todos nos gusta dejar algo aquí para cuando ya no estemos, una especie de legado. Haber hecho del mundo un lugar un poco mejor, de alguna manera".
Como la historia perdura, los púgiles visitan el lugar, especialmente durante la celebración anual del Salón de la Fama del Boxeo a Puño Limpio ('Bare Knuckle Hall of Fame'). Burt les muestra el cuadrilátero y les invita a subir a él. Pero antes, les aconseja tomarse un momento de calma para reflexionar sobre su conexión con ese pasado.
"Se emocionan mucho", comenta Burt sobre estos luchadores, la mayoría de los cuales provienen de esos lugares olvidados que llevan a alguien a ganarse la vida peleando.
Burt me cuenta que, hace un par de meses, alguien le preguntó: "¿Cómo describirías todo esto en una sola palabra?".
"Americana", responde Burt.
Las 10 preguntas más frecuentes durante mi viaje por carretera
* Sin orden específico
¿Llegaré a la próxima gasolinera?
¿Debería seguir escuchando este audiolibro tan aburrido?
¿Me pasé la salida?
¿Por qué hay un Buc-ee's en Ohio?
¿Por qué sigue haciendo frío aquí?
¿Los Cowboys por fin arreglaron su defensa?
¿Es el ruido de la carretera o se me pinchó una rueda?
¿El próximo hotel será peor que el de South Bend?
¿Debería lavar la ropa o comprar más ropa interior?
¿Dejé mi pasaporte en el último hotel?
Bruce Silverglade, Brooklyn, Nueva York
Las paredes del Gleason's Gym están cubiertas por la historia de este deporte y -dado que los cambios demográficos se reflejan en quiénes practican el boxeo- también por la historia del país. Hay fotografías en blanco y negro que parecen datar de la década de 1930, cuando los boxeadores judíos dominaban la disciplina. En las décadas anteriores, fueron los irlandeses, alemanes e italianos quienes ocuparon ese lugar. En las décadas posteriores, el protagonismo pasó a los afroamericanos que formaron parte de la Gran Migración. Desde entonces y hasta el día de hoy, son los latinos quienes predominan.
"Empezamos en 1937 en el Bronx", comenta Bruce Silverglade sobre el Gleason's Gym, el gimnasio de boxeo en activo más antiguo del país. "Del Bronx a Manhattan", continúa Silverglade. "De Manhattan aquí; llevamos 40 años en esta zona".
Desde 1994, él es el único propietario del Gleason's. Tiempo suficiente para ver cómo el deporte ha cambiado a la par de todo lo que lo rodea.
"El porcentaje de boxeadores entre mis socios ha pasado del 99 % a quizás un 20 %", señala Silverglade. Hoy en día, la mayoría de las personas que entrenan en el mismo lugar donde alguna vez lo hicieron grandes figuras como LaMotta, Ali, Frazier, Hagler, Tyson y Chávez, son empresarios, empresarias y niños.
El barrio cambió y su gimnasio también. La zona pasó de albergar almacenes y ser un vecindario de clase trabajadora junto a la costa de Brooklyn, a convertirse en DUMBO, uno de los barrios más acomodados de la ciudad de Nueva York.
"Soy un maldito gimnasio de boxeo", dice Silverglade, alzando la voz mientras me cuenta que el alquiler ahora es diez veces mayor de lo que solía ser. "Tengo mucha fama", añade, ya que siempre hay visitantes de todo el mundo que se toman fotos y compran algún recuerdo. "Pero, a fin de cuentas, soy un gimnasio de boxeo".
Mientras conversamos, un boxeador entra en su oficina con un par de guantes nuevos de los que vende Silverglade. Los necesita para entrenar, pero no tiene los 119 dólares que cuestan. Promete pagar a final de mes.
"¿Cuánto vas a dar de entrada?", pregunta Silverglade.
"Hoy no tengo nada", responde el boxeador con acento español.
"No quiero esperar tres semanas. ¿Por qué no pagas un poco cada semana?", sugiere Silverglade.
"No tengo dinero", dice el boxeador. "Ahora mismo no estoy trabajando".
Silverglade guarda silencio, como si estuviera haciendo cálculos mentales. Quizás recuerda que así eran las cosas cuando la mayoría de los miembros de su gimnasio eran boxeadores. Cuando Gleason's era un gimnasio distinto, tenía que recordarles constantemente a los púgiles que pagaran sus cuotas. Si se estaban preparando para una pelea y para cobrar, les permitía retrasarse unas semanas. Silverglade ya no hace mucho eso. Los datos de las tarjetas de crédito de su nueva clientela ya están registrados y los cargos se procesan puntualmente cada mes.
-Está bien -dice Silverglade tras unos segundos de silencio-. Eres boxeador, ¿qué voy a hacer?
El boxeador se ríe y le da las gracias antes de irse a golpear el saco pesado con sus guantes nuevos.
-¿Sientes debilidad por los boxeadores? -le pregunto a Silverglade cuando nos quedamos solos de nuevo.
-Me encantan -responde.
Trump Plaza Hotel and Casino, Atlantic City, Nueva Jersey
Busco algo que sé que no está aquí. Llevo unos diez minutos caminando por el paseo marítimo de Atlantic City, en esta fría, ventosa y húmeda mañana de lunes, justo un día después del Día de las Madres. Podría contar con los dedos de una mano a las personas con las que me he cruzado. Todas parecían sorprendidas al verme.
Esperaba encontrar algo parecido a lo que vi en la playa de California donde comenzó este viaje por carretera: gente surfeando, jugando al voleibol, paseando a sus perros o simplemente sentada junto a la orilla disfrutando de un momento de tranquilidad. Pero lo que encuentro a orillas del océano Atlántico resulta distópico. Una playa desierta que parece el tipo de lugar donde uno encontraría la base rota de la estatua de un emperador.
"¡Seguridad!", grita alguien mientras paso frente a un edificio abandonado que antaño fue un hotel de ochocientas habitaciones. Me doy la vuelta y un hombre me muestra brevemente algo que quiere hacerme creer que es una placa. "¡Seguridad!", repite, aunque no es cierto.
¿Cómo sé que miente? Porque su placa es otra cosa, porque no lleva ningún tipo de uniforme de seguridad y porque no lleva camisa debajo de su chaqueta sucia. Porque sus manos parecen sucias y su rostro, más envejecido de lo que probablemente sea en realidad. Y porque solo he llegado hasta aquí confiando plenamente en mí mismo.
Me pregunta por qué estoy tomando fotos. Se lo explico y no me cree, pero eso es lo que sucede a veces cuando cuento a qué me dedico.
"Estoy haciendo un proyecto sobre boxeo", digo mientras le enseño mi acreditación de trabajo y las fotos que he sacado durante mi viaje. "Vine aquí porque Atlantic City fue en su día tan importante para el boxeo como Las Vegas".
"¿Boxeo?", pregunta. Suena sorprendido, pero también convencido; al fin y al cabo, ¿por qué iba alguien a mentir sobre eso?
"¿Sabes dónde estaba el Trump Plaza and Casino?", pregunto. "No logro encontrarlo".
"Sí, pero ya no queda nada, salvo una torre", responde.
Luego me da unas indicaciones tan malas que tengo que preguntarle a alguien que está ahí parado en la calle. Esa persona también parece sorprendida al verme allí. Me dicen que suba por Pacific y luego gire a la derecha en Mississippi. Allí es donde encuentro un solar vacío rodeado por una valla.
El lugar donde Mike Tyson peleó y parecía invencible -antes de que un hombre de Columbus destruyera el mito- ha desaparecido. Como si ni siquiera mereciera la pena conservarlo como ruina. Fue demolido mediante implosión en 2021, tal vez porque resultaba un recordatorio demasiado doloroso de que ni siquiera el boxeo pudo sobrevivir aquí.
Simplemente un chico de El Paso, Texas
Han pasado un par de semanas desde que regresé a casa y cuatro días desde que Moises Rodriguez hizo lo mismo.
Volví preguntándome por qué había cruzado el país en coche para descubrir qué quedaba del boxeo y por qué eso importaba. Rodriguez, un boxeador de 19 años de mirada vivaz, regresó de Colombia con su segunda medalla de oro en otros tantos torneos, compitiendo para el equipo de Estados Unidos.
Sentado en el borde del cuadrilátero de un gimnasio local, habla con la seguridad de quien tiene sus sueños al alcance de la mano. De alguien que, en 11 años, suma más de 200 combates como amateur, ha ganado 10 torneos nacionales y se proclamó campeón nacional de los Golden Gloves en 2025.
-¿Qué sentiste la primera vez que te pusiste el uniforme del equipo de Estados Unidos? -le pregunto.
-Fue increíble -responde Rodriguez.
Los sacrificios -pasar hambre, correr en solitario, conducir largas distancias para competir- habían dado sus frutos. Llevaba años intentando formar parte del equipo nacional de Estados Unidos. Tanto tiempo que, cuando por fin llegó la llamada, su padre y entrenador -también llamado Moisés- lo celebró, aunque también se preguntó por qué habían tardado tanto. Luego, desde casa y durante un descanso de su trabajo de jardinería, el padre vio a su hijo pelear en Colombia, gritando consejos hasta el otro lado del mundo.
"Vuelvo el 5 de julio", dice Rodríguez sobre su regreso al campo de entrenamiento del equipo de EE. UU. "Soy solo un chico de El Paso, Texas, que intenta llegar a los Juegos Olímpicos".
"Lo sé. Y por eso estoy aquí", quiero decir. En cambio, simplemente asiento con la cabeza.
Porque sé que, en algún lugar, hay un niño de nueve años que tal vez reciba de Rodríguez lo que Julio César Chávez me dio a mí. Un niño que, dentro de décadas, recordará cuando el boxeo le regaló algunos de los mejores momentos de su vida; un niño que nunca olvidará el olor del desodorante de su padre de aquellas veces en que se abrazaron para celebrar esos instantes.
Rodriguez también puede ser alguien a quien señale cuando le diga a mi hija que podemos perseguir aquello que nos hace sentir vivos, incluso si provenimos de lugares olvidados. Un boxeador como ejemplo, ya que, a pesar de la inocencia propia de sus nueve años, pronto tendré que enseñarle a luchar.
Quizás sea injusto exigirle tanto a Rodriguez. Forzar un vínculo con un desconocido simplemente porque proviene de donde vivimos, habla como nosotros o tiene un nombre como el nuestro y, por extensión, sentir que lucha por nosotros. Pero, más que cualquier otro atleta, el boxeador siempre ha cargado con la responsabilidad de representar algo más grande; de evocar algo tan visceral que solo podría nacer de algo tan maravilloso y terrible a la vez.
Mapas de Christopher Delisle. Diseño de la postal de Don Jolovich. Fotoilustraciones y edición de Robert Booth, Jason Potterton y Tony Spinelli. Corrección de textos de Kate Howley. Investigación de Dana Lee, Gueorgui Milkov y Alonzo Olmedo. Gestión de redes sociales a cargo de Bryan Antos y Christian Gardner. Edición de Susie Arth y Scott Burton.
