La Selección Mexicana de Flag Football encontró en la hermandad, la experiencia y el sacrificio la fórmula para perseguir el único título que falta en su historia: el campeonato del mundo.
Hay respuestas que un periodista espera escuchar. Y hay otras que aparecen una y otra vez, en voces distintas, hasta convertirse en el verdadero mensaje de una entrevista.
Durante la conversación que tuve con tres de los integrantes de la Selección Mexicana de Flag Football —el capitán Alonso Gaxiola, el veterano Guillermo Villalobos y el debutante Luis Jaramillo— nunca hubo una frase ensayada. Tampoco discursos de compromiso. Sin embargo, todos terminaron describiendo exactamente la misma imagen: un grupo que dejó de verse como un conjunto de jugadores para convertirse en una familia.
"No se siente como un equipo, se siente realmente como una familia", resume Gaxiola mientras intenta explicar por qué este plantel llega convencido de que puede conquistar el Campeonato Mundial de Düsseldorf. "Hay mucho amor, mucho cariño entre los jugadores. Cuando todos son amigos y existe esa hermandad, generas cosas increíbles".
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— ESPN.com.mx (@ESPNmx) August 7, 2026
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No habla únicamente de convivencia. Habla de un proceso que comenzó hace casi dos años, de viajes interminables a la Ciudad de México, concentraciones, giras por Europa, entrenamientos extenuantes y una competencia interna donde más de un centenar de jugadores buscaron uno de los doce lugares disponibles. La convivencia terminó por convertirse en confianza, y la confianza en una identidad colectiva que hoy aparece como una de las mayores fortalezas del equipo mexicano.
La historia de Guillermo Villalobos ayuda a entender la dimensión de ese vestidor. Su trayectoria incluye infantiles con equipos del Politécnico, Borregos CEM, la Liga de Futbol Americano Profesional y hasta una experiencia en la Canadian Football League. Ha disputado mundiales, campeonatos continentales y enfrentado a las mejores selecciones del planeta. Sin embargo, cuando se le pregunta qué representa este torneo, la respuesta no gira alrededor de su carrera.
"No me puedo ir sin darle esa medalla que se merece México", dice con absoluta serenidad. Para él, el Mundial no es únicamente otro campeonato internacional; representa la posibilidad de cerrar un ciclo que comenzó precisamente jugando flag football cuando era niño. "Es la cereza en el pastel de toda una trayectoria", explica, consciente de que el campeonato mundial podría abrir también la puerta hacia los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
Lo interesante es que el discurso cambia radicalmente cuando la conversación llega al grupo.
Villalobos, uno de los hombres con mayor experiencia del plantel, nunca presume sus procesos mundialistas. Prefiere hablar de los más jóvenes. Explica que hoy su principal responsabilidad consiste en transmitir tranquilidad a quienes vivirán su primera experiencia internacional, controlar la ansiedad y compartir lo aprendido durante años enfrentando a Estados Unidos, Austria o Canadá. La experiencia, entiende, sólo tiene valor cuando sirve para fortalecer al compañero.
Esa visión encuentra el complemento perfecto en Luis Jaramillo.
Su historia es completamente distinta.
Mientras Villalobos comenzó jugando flag football desde niño, Jaramillo apenas descubrió esta modalidad hace poco más de un año, cuando Rodrigo Aquino lo invitó a probar suerte durante su primera temporada como profesional en la LFA. Llegó desde el futbol americano equipado, convencido de que compartir un balón no significaba practicar el mismo deporte. Pronto descubrió lo contrario.
"Tuve que quitarme el ego", reconoce. "Soy jugador profesional de futbol americano, pero aquí soy un novato. Aquí vine a aprender". La frase resume el espíritu del vestidor mexicano. Nadie llega creyéndose más que el otro. El currículum queda fuera del campo. Dentro, todos vuelven a empezar.
La transición tampoco fue sencilla.
Acostumbrado al contacto permanente, Jaramillo explica que tuvo que reaprender prácticamente todo: la técnica de cobertura, el manejo de espacios, la lectura de trayectorias y la velocidad con la que se desarrolla cada jugada. "Compartimos el balón y la filosofía del fútbol americano", explica, "pero de ahí en fuera es un deporte completamente distinto". En lugar de esconder esa condición de novato, decidió convertirla en una ventaja: escuchar, observar y absorber cada consejo de quienes llevan cinco o seis procesos defendiendo la camiseta nacional.
Ese intercambio permanente entre experiencia y juventud aparece constantemente durante las entrevistas.
Gaxiola lo define como una combinación indispensable. "Tenemos jugadores con muchísima experiencia, hombres que han competido al más alto nivel, pero también vienen nuevas generaciones que traen otra energía, otra intensidad. Esa mezcla hace muy interesante al equipo". No existe una lucha entre veteranos y jóvenes. Existe una sucesión natural donde unos enseñan y otros llegan dispuestos a aprender.
Quizá por eso, cuando la conversación gira hacia el objetivo deportivo, ninguno habla de medallas de plata ni de podios.
Todos utilizan exactamente la misma palabra.
Oro. "Si tienes el oro, tienes el pase olímpico. Ese es el objetivo", afirma Gaxiola sin rodeos. Villalobos va todavía más lejos: recuerda que México lleva años instalado entre las grandes potencias del mundo, acumulando medallas y finales, pero insiste en que ha llegado el momento de conquistar el único título que aún falta en la historia de la selección varonil. Mientras tanto, Jaramillo, el más joven del grupo, resume la filosofía colectiva en una frase que ya parece formar parte del ADN del equipo: "Pensamos en oro; somos oro".
No es arrogancia. Es responsabilidad. Los tres entienden que representan mucho más que a una generación de jugadores. Hablan constantemente de entrenadores, familias y pioneros que construyeron el flag football mexicano cuando aún era visto como una actividad recreativa.
Saben que cada entrenamiento, cada viaje y cada concentración también representan un homenaje para quienes sembraron las bases de un deporte que hoy se prepara para vivir su primera experiencia olímpica.
Quizá por eso, cuando se les pregunta qué esperan encontrar en Alemania, ninguno menciona primero a Estados Unidos, Austria o el país anfitrión.
Hablan del vestidor. De los doce jugadores que compartirán cuatro días de competencia. Porque, antes de enfrentar a cualquier rival, la Selección Mexicana está convencida de una cosa: la mayor fortaleza que llevará a Düsseldorf no será una jugada, un sistema ofensivo o una cobertura defensiva. Será la hermandad que construyó durante dos años de sacrificio y que hoy la hace sentirse mucho más que un equipo. Una familia. Y esa misma familia es la que los acompañará en las pantallas de ESPN y Disney Plus del 13 al 16 de agosto.
