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Casiello y Guillamet: las luces que custodian el legado del Jockey

Hay clubes que son ciudades y ciudades que se detienen cuando juega su club. El Jockey de Rosario es uno de esos ecosistemas donde el verde y blanco no es solo una combinación de colores, sino una herencia que se recibe de manos de leyendas y se entrega con el cuidado de quien porta un tesoro. En el corazón de esa estructura colosal, dos nombres marcan hoy el ritmo y el espíritu del Plantel Superior: Agustina Guillamet y Pilar Casiello.

Para ellas, ser capitanas no es llevar una cinta en el brazo; es ser el puente entre la historia y las que recién empiezan a soñar.

El motor de la identidad: una familia de 1419 corazones

Los números del Jockey imponen un respeto inmediato. Con 1419 jugadores de hockey transitando sus canchas, ostenta el orgullo de ser la institución con más practicantes de este deporte en todo el país, un título de magnitud nacional que solo discute palmo a palmo con gigantes como el Santa Bárbara de La Plata. Sin embargo, el verdadero milagro no está en la cantidad, sino en cómo se gestiona esa multitud. Desde adentro, las protagonistas describen a esta metrópolis con la calidez de un hogar. "Representar a la Primera es lo que uno aspira desde muy chiquita. Para nosotros el club es una familia y tratamos de seguir el legado de valores que nos enseñaron todos: desde los entrenadores hasta las jugadoras de otros años", explican con esa sincronía que da la amistad. Ese legado tiene nombres propios que resuenan en cada rincón de la cancha, como el de Luciana Aymar, una presencia que todavía hoy, al entrar al césped, parece dictar una clase de amor propio. "La misma Lucha te transmite eso cada vez que viene de visita; es el amor por los colores lo más importante. Es el motor y el motivo para seguir entrenando".

El ejemplo como única "bajada de línea"

En un club con más de mil almas empujando desde abajo, llegar a cada jugadora es una tarea imposible desde la palabra, pero innegociable desde el acto. Pilar y Agustina entienden que la capitanía se ejerce con el cuerpo: en el esfuerzo de cada sábado y en la renuncia de cada semana. "Se te pone la piel de gallina en todos los partidos. Lo más lindo es que las más chicas te vean disfrutar; si te ven ahí, dándolo todo por la Primera, van a querer ser parte, van a querer subir", reflexiona Casiello. Su compañera de mando asiente: "Es todo por el ejemplo. Cuando uno deja todo de lado porque el sábado a las cinco de la tarde hay que ponerse la camiseta y jugar por la familia del club, eso se transmite solo. Esa es la línea que queremos dejar clara".

El sueño del grito final

La charla deriva inevitablemente en el deseo. Ese que habita en las vitrinas pero, sobre todo, en las noches de insomnio de quienes visten la cinta. Para las capitanas de la legión rosarina, el éxito no es un dato estadístico, es una imagen sensorial que ya tienen proyectada en la mente. Al preguntarles por el sueño máximo, la respuesta no tarda un segundo en salir, cargada de una emoción que humedece la mirada: "Salir campeonas de todo lo que juguemos". “Nos imaginamos jugando una final y escuchando a la gente gritando el 3-2-1 cuando se termina el partido... se me ponen los ojos llorosos. Es el sueño de mucha gente que pasó por esta Primera y no pudo lograrlo. Todo el club sueña con eso; es pelear por eso todos los sábados. Ojalá se nos dé”, cerró Guillamet.