Las mayores rivalidades en el fútbol suelen darse entre vecinos. Parece lo más natural esa pelea territorial, con la disputa entre dos clubes por sentirse dueños de un barrio o ser los más fuertes de la zona. Algunas nacen así y persisten aun cuando uno de los dos deja su zona de origen, como pasó en Argentina entre Boca y River o Atlanta y Chacarita. Pero a veces hay algo más. Muchas cosas más. Tantas como para explicar que el clásico más grande del fútbol internacional se dé entre dos seleccionados a los que los separan más de 11 mil kilómetros, como pasa entre Argentina e Inglaterra. Es el choque más caliente que se puede dar en cualquier Copa del Mundo. Para alegría de los futboleros de todo el mundo, pero sobre todo para los argentinos y los ingleses, esos dos universos paralelos colisionarán el 15 de julio nada menos que para definir un lugar en la final del Mundial 2026.
Como todo gran plato, el partido entre Argentina e Inglaterra se nutre de muchos condimentos que lo hacen genial y le dan un sabor único. Este se viene cocinando desde la llegada misma del fútbol a Argentina en el siglo XIX y su difusión posterior, en la que los británicos tuvieron un rol protagónico. Sumó picante en cada choque entre los dos equipos, y por si fuera poco los acontecimientos políticos se encargaron de meter la cola para crear una rivalidad perfecta.
El hijo rebelde que hizo su camino
Antes de los partidos de los argentinos contra los ingleses, estuvo el desafío a una manera de practicar el fútbol. Los que habían enseñado un juego directo a los locales, con una búsqueda vertical del arco contrario y la apelación al choque físico, encontraron por estas tierras a criollos que empezaron a apostar con sello propio a la fantasía y la gambeta.
Así lo explicaba en 1921 el descendiente de británicos Jorge Gibson Brown, gloria del Alumni que ganaba todo en los primeros años del fútbol en Argentina: “El football que yo cultivé era una verdadera demostración de destreza y energía. Un juego algo más brusco, pero viril, hermoso, pujante. El football moderno adolece de exceso de combinaciones hechas cerca del arco. El juego largo, en el que se formaron tantos jugadores invencibles, ya no se cultiva. Footballers eran los de antes”, se quejaba en una entrevista para El Gráfico.
Pensamientos como el de Gibson Brown fueron creando en Argentina una necesidad: la de hacerles entender a los viejos maestros que el alumno los había superado. Claro que para que fuera verdad había que demostrarlo en los hechos, y no era tan fácil.
Entre leyendas y goles imposibles en Argentina vs. Inglaterra
Buena parte de la mitología futbolera argentina se construyó alrededor de enfrentamientos con los ingleses. Tan grande era el deseo por estas tierras de superarlos que, en años en que Argentina rehuía de las competencias internacionales -tanto que renunció a participar del Sudamericano de 1949 y del Mundial de 1950- se arregló un amistoso en Wembley en 1951. Contra Inglaterra, claro, otro equipo que por esos años veía de reojo la posibilidad de ponerse a prueba contra otros países y arriesgar su autopercepción de que puertas adentro se practicaba el mejor fútbol del mundo. Bastante parecido a lo que ocurría en Argentina.
Fue la primera vez en que los ingleses recibieron en la Catedral del Fútbol a un seleccionado fuera de las islas británicas. Aunque Argentina empezó en ventaja por un gol de Mario Boyé, los locales lo dieron vuelta en el segundo tiempo y se impusieron por 2-1 pese a la heroica resistencia defensiva encabezada por el arquero Miguel Armando Rugilo, que desde aquel día sería para siempre “El León de Wembley”.
Dos años después se jugó la revancha en Buenos Aires y Argentina se impuso 3-1. También ese día se construyó una leyenda, a partir de un gol de Ernesto Grillo que fue calificado como “El gol imposible”. Durante años se habló en la prensa de un tiro ejecutado desde un ángulo muy cerrado contra la línea de fondo. Los videos de época muestran más bien un remate, si bien complejo, no demasiado alejado de otros que se han visto. Sí se presumió mucho tiempo de que Grillo había desafiado a la lógica y llevado al pasmo a los ingleses, que no podían entender cómo alguien remataba al arco cuando debía ejecutar el centro atrás. Una vez más, el alumno necesitaba mostrar que había superado a los maestros.
El disgusto a la Reina, los “Animals” y una venganza no tan recordada en el Mundial
Aunque en Chile 1962 se enfrentaron por primera vez en Mundiales, con victoria 3-1 para Inglaterra, el primer choque que hizo historia en Copas del Mundo entre los dos seleccionados se dio en 1966. Wembley volvió a ser el escenario de una cita que quedó en el recuerdo por la expulsión en el primer tiempo de Antonio Rattin por protestarle al árbitro alemán Rudolf Kreitlein, que motivó a la FIFA a la invención de las tarjetas amarillas y rojas para poder manejar de otra manera situaciones análogas.
Pero más allá de la victoria por 1-0 de los locales, que luego se consagrarían campeones, de ese día se recordarán por siempre el desafío del capitán argentino, que en su marcha a los vestuarios estrujó la bandera británica de los banderines del corner, y el árbitro alemán retirado a los vestuarios escoltado por la Policía, mientras los jugadores de la Albiceleste buscaban increparlo. Todo mientras la Reina Isabel II observaba el espectáculo desde su palco. El entrenador inglés, Alf Ramsey, lanzó desde el vestuario un calificativo que quedó registrado a fuego: “Animals”.
No se recuerda tanto que dos años más tarde, con el recuerdo muy fresco de aquel encuentro, un equipo argentino, Estudiantes de La Plata, consumó en Old Trafford una suerte de venganza. Se quedó con la Copa Intercontinental al empatar 1-1 en ese escenario ante el Manchester United, capitaneado por Bobby Charlton, figura en el Mundial 66. En las notas previas al partido, Carlos Bilardo, ya recibido de médico y por entonces volante de ese Estudiantes, se ufanaba ante los periodistas ingleses de los títulos universitarios de los jugadores de aquel plantel. “Acá no hay ‘animals’, señores”, sentenciaba el Doctor.
Argentina vs. Inglaterra: Las Islas Malvinas y Diego Armando Maradona en México 86
Pasó un tiempo y la rivalidad se mantuvo latente aunque sin episodios deportivos significativos, más allá de un choque en el Mundial Juvenil de Australia 1981, con empate 1-1 e incidentes entre hinchas de los dos seleccionados. Hasta que llegó en 1982 la Guerra de Malvinas, que marcaría desde entonces las relaciones entre los dos países y atravesaría también al fútbol.
Aunque en 1984 el fantasma ya había circulado alrededor del enfrentamiento que Independiente le ganó 1-0 a Liverpool por la Copa Intercontinental, no fue nada comparado con lo que se vivió en México 1986 con la victoria 2-1 de Argentina y un doblete mágico de Diego Maradona. Dos goles que sirvieron, a su modo, para edificar la narrativa ideal para Argentina: uno hecho con la mano y que se volvió la venganza por robarle al ladrón que había arrebatado las Islas; otro, el mejor de la historia de los Mundiales, para mostrar eternamente -como si eso fuera posible- dónde estaba el mejor fútbol del mundo.
Si algo faltaba, la furia del arquero Peter Shilton, que permanece hasta hoy, terminó de darle a la historia el broche que los argentinos necesitaban. Aunque en fútbol nada es definitivo, ese capítulo, hasta ahora la única victoria de Argentina contra los ingleses en Mundiales en tiempo regular, quedó marcado a fuego en la rivalidad y en el terreno de lo irrepetible.
"El que no salta es un inglés", el clásico en la hinchada de Argentina
Las sonrisas se repartieron desde entonces. La Albiceleste consiguió volver a imponerse en 1998, en ese caso por penales. Fue el día en que Diego Simeone exageró una agresión de David Beckham y consiguió que lo expulsaran, lo que alimentó en Inglaterra la conveniente fama de tramposos de los argentinos. Cuatro años más tarde, los británicos se vengaron con una victoria 1-0 en fase de grupos, gol de Beckham de penal mediante.
Hoy la historia parece bien distinta de la de aquellos enfrentamientos. Lionel Scaloni se encargó ya de aclarar que se trata “solamente de un partido de fútbol” -algo que, aunque tal vez no convenga recordarlo, también se dijo antes del choque de 1986. Por si falta algo para confirmar que los tiempos cambiaron, cinco titulares de Argentina juegan en la Premier League y son ampliamente reconocidos por los hinchas de sus equipos.
Pero la rivalidad, inevitablemente, sigue ahí, tanto que en cada partido de Argentina se escucha a los hinchas cantar que “el que no salta es un inglés”.
Ocurre que la historia argentina, y no sólo la del fútbol, está inevitablemente atravesada por la relación con Inglaterra. En un país que no va a la guerra habitualmente, algunos de los conflictos armados más importantes de la historia argentina tuvieron enfrente a Gran Bretaña. Sobre dos de ellos, este año se representan obras de teatro en Buenos Aires. Son “Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires”, sobre la invasión inglesa de 1806, y “Campo Minado”, acerca del conflicto en Malvinas, que reúne en el escenario a veteranos de los dos países.
También en el plano de las artes visuales, en Buenos Aires se encuentra en cartel “El Partido”, película basada en el brillante libro homónimo de Andrés Burgo, con testimonios de jugadores de los dos seleccionados sobre el choque de 1986, que todos los fanáticos de los Mundiales ubicarán sin duda entre los más importantes de la historia de la competición.
Lo más curioso acaso sea que, aunque a muchos argentinos les costará admitirlo, debe haber pocos pueblos con un sentimiento tan similar al de ellos hacia el fútbol como el inglés. Como muestran miles de imágenes en diferentes documentales, cuesta encontrar en el mundo gente que viva de manera tan parecida los partidos.
Pasiones compartidas, pero con colores diferentes. Tal vez ese sea el condimento secreto de esa enorme e histórica rivalidad continental. Esa que construyó el clásico más grande del mundo.
