Antonio Rattín murió este sábado 11 de julio de 2026, pero su nombre había quedado grabado para siempre en la historia del fútbol mucho antes de despedirse de las canchas y de este adiós terrenal. En una tarde de julio de 1966, “el Rata” desafió al árbitro alemán Rudolf Kreitlein y terminó convirtiéndose en el rostro de la resistencia y rebeldía argentina frente a la injusticia de lo que el periodismo de la época bautizó como el “despojo” de Wembley.
Con el paso de las décadas, esa imagen trascendió el resultado. El capitán de la Selección Argentina que participó del Mundial Inglaterra 1966 dejó de ser solamente el volante central de un gran equipo, para transformarse en el símbolo de una generación que sintió ser víctima de una injusticia. Y él jamás cambió esa convicción.
En la expulsión de Rattín estuvo, para la célebre revista El Gráfico, la clave de la eliminación celeste y blanca y el motivo por el cual ese partido pasaría a la historia. “Aquí estuvo el nudo argumental del encuentro y la razón decisiva de nuestra eliminación de la Copa. Con Rattín en la cancha era un partido. Sin Rattín fue una parodia de fútbol", escribió Juvenal, uno de los enviados del semanario que cubrió el Mundial.
“En la charla técnica previa al partido se les indicó a nuestros jugadores que ‘como se presumía que el referee iba a perjudicarnos’, ninguno de los jugadores debía hablar con el árbitro, canalizándose todos los reclamos por vía del capitán del equipo, o sea de Rattín”, detalló Juvenal. “Este (en referencia a Rattín), quizá insistió demasiado en pedir el intérprete para explicarle al juez que los ingleses estaban jugando sucio y que el juez no los sancionaba de manera pareja con la severidad que usaba para penar y amonestar a los nuestros”, agregó.
Lo que ocurrió luego, aún sin televisaciones en vivo, pasó a la historia, con agregados, mitos y algunas cuestiones que se transformaron en leyenda. Rattín, empecinado en que convocaran a un intérprete. La rebeldía del capitán argentino y su lentitud para salir del campo de juego. Y la supuesta barbarie: las afrentas hacia la alfombra de la Reina y hacia la bandera británica. También, el calificativo de “animales”, de parte del entrenador británico hacia los albicelestes.
Un sorteo arbitral bajo la sombra de las sospechas
“Ese Mundial estaba preparado para que lo ganaran los ingleses”, afirmó muchos años después en el tradicional 100 x 100 de El Gráfico. “Fijate que después no volvieron nunca más a jugar una final de Mundial o Eurocopa. Nada de nada. Y en la final contra Alemania le dieron un gol fantasma”, agregó en referencia a la coronación inglesa en la Copa del Mundo 1966.
Argentina, dirigida por Juan Carlos “Toto” Lorenzo, terminó segunda en el grupo por diferencia de gol y eso, lamentablemente, la cruzó con el seleccionado anfitrión en los cuartos de final. Rattín estaba convencido de que ese detalle había condicionado el destino del equipo.
“Aquella Selección Argentina fue la mejor que integré, mejor que la que ganó la Copa de las Naciones. Si el Mundial se hubiese jugado acá, éramos los campeones. Una pena que terminamos segundos en el grupo por diferencia de gol, porque si terminábamos primeros, jugábamos contra Uruguay en cuartos y a Alemania le tocaba Inglaterra”, recordó.
Pero para él, las sospechas habían comenzado incluso antes del partido. “Con el sorteo de los árbitros ya la empezamos a ver medio fulera. Eso fue muy alevoso: el delegado nuestro y el de Uruguay fueron citados a las 7 de la tarde para el sorteo, pero llegaron y ya lo habían hecho a las 6. Una cargada”, explicó en su diálogo con El Gráfico. “Y justo se dio que Argentina-Inglaterra se lo dieron a un alemán y Alemania-Uruguay a un inglés. ¡Qué casualidad! Estaba todo cocinado”, insistió.
23 de julio de 1966, en Wembley
En un contexto de sospechas absolutas en la delegación argentina, el 23 de julio comenzó uno de los partidos más polémicos de la historia de los Mundiales. El encuentro era cerrado, áspero y de mucha fricción. Kreitlein sancionaba reiteradamente las infracciones de los argentinos.
"Era un árbitro asustado, queremos creer, pero fue un irritante elemento dentro de la cancha, puesto que teatralizó cada sanción contra los argentinos y fue impasible con los ingleses. Estos cometieron 33 fouls. Los argentinos, 19", escribió el periodista Fontanarrosa, en el editorial de El Gráfico, en referencia al alemán.
Rattín hizo lo que estaba pautado con su entrenador. “Lorenzo me había dicho que, si el juez cobraba mal, pidiera un intérprete, porque yo era el capitán y existía una parte del reglamento que me amparaba”, remarcó muchos años después, en la entrevista con El Gráfico. “Pedí el intérprete porque el hijo de puta de Kreitlein cobraba todo para ellos. No hice ningún foul violento, no insulté a nadie, sólo pedí el intérprete para que nos dejara de embromar, por eso le mostraba la cinta de capitán”, afirmó.
“El tipo no me daba bola, se iba, hasta que me echó”, resumió. En 1966 todavía no existían las tarjetas amarillas ni las rojas. La expulsión se comunicaba de palabra y casi nadie entendía qué estaba ocurriendo. Iban apenas 38 minutos del primer tiempo.
Mitos completos: la alfombra, la bandera y el “animals”
Lo que siguió terminó construyendo una de las escenas más recordadas de la historia de los Mundiales. El capitán argentino se negó a abandonar inmediatamente el campo de juego. Protestó, caminó lentamente hacia la salida y protagonizó un episodio que dio la vuelta al mundo. Décadas después lo reconstruía con la misma naturalidad.
“El partido estuvo parado como 30 minutos. Salí, me senté en la alfombra, ni sabía que era de la Reina, y cuando me iba para el vestuario me empezaron a tirar chocolates. Justo estaba la bandera inglesa en el córner y la estrujé; entonces, en vez de chocolates, empezaron a tirar latas de cerveza”.
Aquella imagen terminó siendo mucho más poderosa que cualquier fotografía del partido. Para miles de argentinos representó la negativa a aceptar una decisión considerada injusta. Con el tiempo, el gesto se convirtió en un símbolo de rebeldía frente al poder futbolístico de la época. Luego, en un vestuario apesadumbrado, hubo inclusive alusiones al orgullo nacional.
“Los ingleses no se conforman con habernos robado las Malvinas, ahora también roban partidos de fútbol”, dijo un dirigente mientras el plantel, derrotado, trató de envalentonarse y cantó el Himno Nacional.
La resistencia con 10 hombres y la consagración de la polémica
Sin Rattín, Argentina intentó sostener el empate con un futbolista menos, hasta que Geoffrey Hurst marcó el único gol de la tarde a los 33 minutos de la segunda mitad. Inglaterra avanzó a las semifinales y terminaría conquistando el único Mundial de su historia en una final que también quedó grabada entre los episodios insólitos.
Días más tarde, Hurst fue un hombre récord: convirtió 3 tantos en una final de una Copa del Mundo, y uno de ellos fue el famosísimo “gol fantasma”, en el suplementario contra Alemania. La pelota pegó en el travesaño, picó sobre la línea y salió, pero el árbitro, luego de consultar a uno de los jueces de línea, convalidó el tanto para el local.
Claro que todo eso ocurriría días después. Primero, Inglaterra debía vencer a Argentina en el primer cruce eliminatorio. “La idea del Toto era enfriar el primer tiempo y atacar en el segundo. Igual, Inglaterra no podía perder ese partido de ninguna manera; el árbitro cobraba cualquier cosa”, insistió Rattín.
Incluso, “el Rata” afirmaba que los propios ingleses comprendieron lo sucedido. “La gente se dio cuenta de la injusticia, porque el inglés es un tipo leal. Al día siguiente no me quisieron cobrar el taxi ni tampoco en las tiendas Harrods. Entraba a un lugar público y firmaba autógrafos".
El insulto de Ramsey y el nacimiento de las tarjetas rojas y amarillas
La tensión continuó una vez finalizado el encuentro. El entrenador inglés Alf Ramsey evitó que sus futbolistas intercambiaran camisetas con los argentinos y poco después calificó a sus rivales de “animals”, una expresión que profundizó todavía más el resentimiento entre ambos países y alimentó la idea de que aquella eliminación había excedido largamente lo futbolístico.
Con el tiempo aparecieron nuevas generaciones, cambiaron los reglamentos y el fútbol se transformó por completo. “Gracias a ese ‘flor de lío’ que armé tuvieron que inventar las tarjetas amarillas y rojas, porque hasta ese momento se anotaba todo en una libreta. Eso me lo deben a mí, aunque no creo que los jugadores estén muy contentos”, decía entre risas.
Sin embargo, más allá de su recuerdo humorístico, por aquellos días de 1966 las relaciones futbolísticas y políticas se tensaron y hubo sentimientos nacionalistas de ambas partes. Los ánimos seguían caldeados. “Ganadores aún vencidos”, tituló El Gráfico, que convocó al público a recibir a la delegación celeste y blanca.
“Ezeiza es una cita de honor para el deporte argentino. Los futbolistas albicelestes merecen la gran recepción que se han ganado en Inglaterra”, destacó la revista, que tanto en su editorial como en el interior utilizó la palabra “despojo”.
El legado imborrable de un capitán que hizo frente a la injusticia
Sesenta años después de aquel partido de cuartos de final entre Inglaterra y Argentina, el debate sobre el arbitraje de Kreitlein probablemente nunca encuentre una respuesta definitiva. Lo que sí permanece intacto es el lugar que aquella tarde ocupa en la memoria del fútbol argentino.
Antonio Rattín dejó mucho más que una actuación o una expulsión. Dejó una imagen emblemática, de esas que atraviesan las décadas y corren de boca en boca. Algún pibito la escuchó del abuelo. O de un tío con el que siempre iba a la cancha. La imagen de un capitán que, convencido de que a su selección la estaban perjudicando, decidió plantarse frente a la autoridad.
Para varias generaciones, esa actitud terminó siendo el emblema del “despojo de Wembley”, una de las páginas más controvertidas de la historia de los Mundiales.Y la que encumbró para siempre la figura de un capitán argentino que falleció este 11 de julio mientras se disputaba el Mundial 2026, en el cual la celeste y blanca y los ingleses podrían volver a verse las caras en una Copa del Mundo. La figura de Antonio Rattín estará para siempre emparentada a la rebeldía argentina contra la injusticia deportiva, para hacerle frente a un árbitro y, también, a un seleccionado que parecía “bendecido” para ganar un Mundial en casa.
