El 22 de junio de 1986 no fue un día más para la historia argentina. En el Estadio Azteca, los cuartos de final del Mundial ante Inglaterra condensaban un clima espeso, flotando todavía en el aire el dolor y las heridas abiertas de la Guerra de Malvinas. La situación futbolística demandaba mística, pero las horas previas en la concentración de la Selección Argentina en el Club América se vivían bajo un clima de absoluta desesperación por un particular conflico textil.
Faltaban menos de 48 horas para el partido más importante de sus vidas y el equipo no tenía camisetas para salir a la cancha. Carlos Bilardo tenía un pedido imposible para Rubén Moschella, un legendario empleado de AFA que le contó en primera persona a ESPN.com cómo sucedieron los hechos en aquella Copa del Mundo en México.
México 86: la difícil misión que le encargó Bilardo a Moschella
Hoy camina con paso calmo por el predio Lionel Andrés Messi de la AFA en Ezeiza, lugar que preside con orgullo y que conoce como la palma de su mano. Rubén Moschella es una institución en sí misma; un hombre que sirve de puente generacional para unir a personajes tan pesados como Alfio Basile, Daniel Passarella, Marcelo Bielsa, Diego Maradona y Lionel Messi, entre otros. Éste último estaba a un año de nacer cuando se dio esta situación en el caluroso junio mexicano del ´86.
Para entender el calvario de la camiseta azul, hay que bucear en la bendita locura de Bilardo. El "Narigón" era un estratega obsesivo y precavido que entendía que jugar al mediodía y en la altura de la Ciudad de México requería ropa ligera. "Él peleaba con Grondona porque las camisetas europeas eran más brillantes de nylon y se le pegaban al cuerpo a los jugadores", recuerda Moschella. "Él decía: 'vamos a consumir más líquido, el jugador va a bajar más de peso'. Y determinó que teníamos que hacer las camisetas caladas, perforadas". Tras mucha insistencia con la firma Le Coq Sportif, lograron que confeccionaran la clásica celeste y blanca con tecnología respirable, pero el verdadero problema venía en los baúles de repuesto.
"En ese entonces todo era limitado. Nosotros teníamos un utilero, cinco cajones y diez bolsones. La marca te hacía diez juegos de la calada y cuatro juegos de la azul manga corta, pero la azul no era calada, era una camiseta pesadita", comenta Moschella en la entrevista con ESPN.com, dando inicio así al relato del conflicto con el pedido de Bilardo.
Esto estalló tras el partido de octavos de final contra Uruguay en Puebla, donde se usaron las pesadas camisetas azules por primera vez bajo una situación climática que no se parecía al calor de la altura del DF. Los jugadores terminaron intercambiando casi todas las prendas y el utilero se quedó prácticamente sin stock. Tres días antes del choque contra Inglaterra, la FIFA determinó en la reunión técnica que Argentina debía volver a vestir de azul. Al regresar a la concentración, explotó la bomba. Bilardo mandó a llamar a Moschella y al histórico utilero, Tito Benros. Al ver las únicas dos camisetas azules disponibles de manga corta, el DT sentenció que bajo el sol del Azteca aquello sería un yunque.
La solución de Bilardo rozó el absurdo: pidió unas tijeras. "Dobló la camiseta y empezó 'tac, tac, tac' a hacerle agujeros. Cuando las abrió, tenían unos huecos así", evoca Moschella entre risas. "Le digo: 'Carlos, acabás de romper dos camisetas, ahora hay dos jugadores que no juegan porque no tenemos ropa'. El utilero se agarró la cabeza y se fue", continuó. Ante la negativa de los dirigentes y las llamadas desesperadas a una marca que no tenía stock ni en Buenos Aires, Moschella se subió a un coche provisto por la FIFA con una sola orden del cuerpo técnico: "Arreglate y conseguí de alguna forma camisetas caladas azules".
El periplo por el Distrito Federal fue una odisea contrarreloj. Tras recorrer tiendas oficiales sin éxito y evaluar horrorizado unas remeras de fútbol americano que parecían un disfraz, Moschella recibió un dato clave del arquero Héctor Zelada: "Andate a Tepito". Sin saber que se estaba metiendo en uno de los barrios más peligrosos y picantes de la capital mexicana en ese entonces, el dirigente avanzó entre los puestos callejeros escoltado por un chofer. En el tercer local al que entró, una pequeña tienda, ocurrió el milagro: el comerciante guardaba tras el mostrador dos pilas de veinte camisetas Le Coq Sportif azules. Una tanda era gruesa como la que ya tenían; la otra, era de una tela brillante idéntica a la que Bilardo tanto odiaba.
Al día siguiente, a solo 24 horas del partido, Moschella regresó al predio con el botín. Bilardo frunció el ceño al ver la opción brillante y empezó a quejarse, argumentando que no se podía jugar con eso. Fue en ese instante de máxima tensión cuando el destino metió la mano. Apareció el capitán, el líder, la figura que unía el vestuario con un aura mística. En un búnker donde el Narigón controlaba hasta el más mínimo detalle de la vestimenta, Diego Armando Maradona irrumpió con total libertad y paso cansino.
Argentina vs. Inglaterra: apareció Maradona y liquidó el partido, como pocas horas después en el Azteca
La palabra de Diego Armando Maradona era sagrada y canceló cualquier debate. Entró a escena en ojotas, algo que no le gustaba mucho al DT, y cuando las vio lanzó su sentencia: "Está linda, Carlos. Con esta ganamos". Las dudas desaparecieron.
Moschella voló a comprar el lote completo de urgencia, pero el calvario no había terminado: las camisetas compradas en Tepito eran completamente lisas. No tenían números ni el escudo de la AFA. La tarde previa al partido se convirtió en un taller textil clandestino en el Club América. Consiguieron unos números grises brillantes, de los que se usaban en el fútbol americano, y reclutaron a las mucamas del establecimiento para pegarlos uno a uno con planchas domésticas. Para los escudos, recortaron los emblemas de camisetas viejas de entrenamiento, sacrificando incluso el detalle de los laureles dorados.
El clima de aquella medianoche combinaba el cansancio extremo con el presentimiento de estar haciendo algo histórico. Moschella recuerda de manera imborrable la frase que lanzó Jorge Burruchaga mientras observaba a sus compañeros y empleadas coser contrarreloj bajo los tubos fluorescentes: "Mirá, mañana jugamos contra Inglaterra y estamos acá haciendo las camisetas sin números y sin escudos. Si salimos campeones del mundo, nos tienen que hacer un monumento". A las doce y media de la noche, las 20 prendas artesanales finalmente fueron entregadas en mano al utilero.
Al día siguiente, mientras el planeta entero se paralizaba con la obra de arte del "Gol del Siglo", el Director de Selecciones Nacionales vivía el partido desde una perspectiva completamente insólita. Moschella, que debía encargarse del control antidoping, no estaba fascinado por la gambeta infinita a los ingleses, sino aterrorizado por la fragilidad de la ropa: "Yo vi el gol, pero miraba otra cosa. Vi que Diego iba corriendo al córner, con el icónico ‚10‘ en la espalda y Burruchaga lo agarraba de la camiseta. Yo gritaba en la tribuna: '¡No se la rompan que no tenemos más!' Si se rompía, no teníamos repuesto para que siguiera jugando".
Esa indumentaria de emergencia, comprada en un local apurado de Tepito por unas pocas monedas y armada con retazos y planchas prestadas, terminó transformándose en el santo grial del fútbol mundial, subastada décadas más tarde por más de nueve millones de dólares.
Rubén Moschella concluyó su crónica con los ojos vidriosos y el corazón en la mano: "Yo nunca imaginé que esa camiseta pasaría a ser el 'manto sagrado'. Hasta el día de hoy me emociona. Hace poco mis hijos me regalaron una réplica exacta por mi cumpleaños porque yo jamás me había quedado con una. Verla es recordar que, junto a Diego y todo ese grupo, vivimos una historia que parece increíble".
