Los Blue Devils y las Huskies cierran como líderes del ranking, reafirmando dinastías que ahora deben sobrevivir al escenario más impredecible del deporte universitario
La temporada regular terminó con dos potencias en el número uno del ranking. Duke lidera el cuadro masculino y UConn domina el femenino. La historia, los números y la tradición están de su lado, pero marzo tiene una costumbre incómoda: convertir certezas en interrogantes.
La temporada regular del basquet universitario concluyó sin sobresaltos en la cima del ranking. En un deporte que cada año presume su capacidad para fabricar historias improbables, el cierre previo al torneo dejó algo más clásico que romántico: los programas acostumbrados a dominar siguen dominando. Duke ocupa el número uno del ranking masculino y UConn el del femenino.
No es una sorpresa ni una revelación. Es, simplemente, la confirmación de dos estructuras deportivas que llevan décadas demostrando que la excelencia sostenida no es casualidad, sino cultura competitiva.
En Durham, el estándar no es aparecer en el ranking: es competir por campeonatos. En Storrs, la perfección dejó de ser una anomalía para convertirse en una rutina estadística. Ambos programas llegan a marzo con algo más que talento en el roster; llegan con identidades construidas durante generaciones, con sistemas que sobreviven a los cambios de jugadores y con la expectativa permanente de que el torneo debe terminar con ellos en la conversación final.
El caso de Duke ilustra perfectamente lo que significa construir una potencia duradera dentro del deporte universitario estadounidense. Cinco campeonatos nacionales —1991, 1992, 2001, 2010 y 2015—, dieciocho apariciones en el Final Four y una marca histórica de 2363 victorias contra 935 derrotas (.716) explican por qué el programa rara vez atraviesa largos periodos de irrelevancia. Durante más de cuatro décadas, la identidad competitiva del equipo fue moldeada por Mike Krzyzewski, el entrenador que convirtió a los Blue Devils en una referencia permanente dentro del college basketball.
Pero una de las decisiones más importantes de Krzyzewski llegó incluso antes de su retiro: elegir quién debía encargarse de la siguiente etapa del programa. El elegido fue Jon Scheyer, un ex jugador de Duke, campeón nacional con el equipo en 2010 y alguien que entendía desde adentro la cultura competitiva del programa.
La transición no fue un experimento ni una apuesta improvisada; fue una sucesión cuidadosamente preparada durante años, con el propio Krzyzewski señalando públicamente que Scheyer era la persona indicada para mantener la identidad del programa intacta.
Ese contexto explica por qué Duke ha logrado sostener su competitividad incluso después de la salida de uno de los entrenadores más influyentes en la historia del deporte universitario. Scheyer heredó algo más que un roster talentoso; heredó un estándar competitivo que exige pelear por el título cada temporada. Y hasta ahora, el programa ha demostrado que la transición no significó una ruptura, sino una continuidad.
Esa cultura competitiva se refleja de forma especialmente clara cuando llega el momento más exigente de la temporada. Como sembrado número uno en el torneo de la NCAA, Duke posee un récord de 55 victorias y apenas 10 derrotas, una efectividad de .846 que revela una constante histórica: cuando los Blue Devils llegan al torneo como favoritos, rara vez colapsan bajo la presión. Marzo puede ser impredecible, pero Duke ha demostrado durante décadas que sabe navegar ese caos mejor que la mayoría de los programas.
Si Duke ya era uno de los favoritos naturales del torneo, la presencia de Cameron Boozer añade una narrativa que conecta directamente con la historia del programa. Su padre, Carlos Boozer, fue una de las piezas fundamentales del campeonato nacional que los Blue Devils conquistaron en 2001. Durante su carrera universitaria acumuló 1,506 puntos y registró un impresionante 63.1 por ciento de efectividad en tiros de campo, una marca que aún permanece como récord histórico de la universidad.
Ahora, más de veinte años después, su hijo Cameron Boozer lidera al equipo como freshman con números que normalmente pertenecen a jugadores mucho más experimentados. Boozer promedia 23.6 puntos, 9.3 rebotes y 3.7 asistencias por partido con un 58 por ciento de efectividad de campo, cifras que reflejan no sólo talento, sino una madurez competitiva poco común para un jugador de primer año. No parece intimidado por el escenario ni por el apellido que lleva en la espalda; al contrario, juega como si estuviera decidido a ampliarlo.
La narrativa se completa con la presencia de su hermano Cayden Boozer, quien aporta minutos importantes desde la rotación exterior. Si Duke logra conquistar el campeonato esta temporada, los Boozer podrían convertirse en la segunda dupla padre-hijo en ganar el título nacional con la misma universidad.
Hasta ahora, sólo Marques Johnson (1975) y su hijo Kris Johnson (1995) lograron esa hazaña con los Bruins de UCLA. Es una historia atractiva, pero marzo tiene un largo historial de ignorar relatos atractivos.
Otros que tienen campeonatos en combo de padre e hijo: Scott y Sean May, Henry y Mike Bibby, además de Derek y Nolan Smith. Pero todos ellos en distintas universidades.
UConn: cuando dominar el deporte se vuelve rutina
Mientras tanto, en el basquet femenil, la conversación gira alrededor de un programa que lleva décadas redefiniendo el concepto de dominio competitivo. Las Huskies de UConn cerraron la temporada regular invicto, clasificadas como el equipo número uno del país y con una racha activa de 47 victorias consecutivas. Su margen promedio de victoria —37.8 puntos por partido— resume la magnitud de su superioridad: no solo ganan, sino que controlan los partidos con una autoridad que rara vez permite dudas.
El contexto histórico amplifica aún más ese dominio. UConn posee doce campeonatos nacionales, la mayor cantidad en la historia del básquet universitario femenino, además de veinticuatro apariciones en el Final Four y una marca histórica de 1316 victorias contra 239 derrotas. Detrás de esa maquinaria competitiva se encuentra Geno Auriemma, el entrenador que transformó el programa en una dinastía capaz de sostener su éxito incluso cuando las generaciones de jugadoras cambian.
Auriemma ha repetido durante años una idea que resume perfectamente la naturaleza del torneo: el mejor equipo no siempre gana en marzo; gana el equipo que logra unirse en el momento correcto. UConn ha demostrado durante décadas una habilidad extraordinaria para encontrar exactamente ese punto cuando el calendario marca el inicio del torneo.
Marzo siempre tiene la última palabra
Así comienza el mes más impredecible del calendario del college basketball: con dos programas históricos ocupando la cima del ranking y con argumentos sólidos para sostener esa posición. Duke busca confirmar que su tradición sigue vigente y, al mismo tiempo, podría escribir un capítulo familiar único en la historia del torneo. UConn, por su parte, intenta reafirmar algo aún más intimidante: que su hegemonía no pertenece al pasado, sino que continúa definiendo el presente del deporte.
El ranking ya está establecido y las estadísticas ya están escritas. Pero el torneo NCAA existe precisamente para recordar que, en marzo, ninguna de esas certezas garantiza absolutamente nada.
Porque en el college basketball hay una regla que nunca cambia: la historia pesa… hasta que el balón se lanza al aire.
