‘El Rey’ no ha muerto. Cada que vez que lo sentimos terminado, LeBron James se levanta para ofrecer un capítulo más de su grandeza.
LeBron James ganó un partido imposible. No el del sábado contra los Houston Rockets. Tampoco el del martes. LeBron ganó una batalla que ha sido imposible para la humanidad: vencer al tiempo. Sueñan los griegos, en vano, bañarse dos veces en un mismo río. Volver, en la adultez, a la adolescencia, al menos por un rato.
A esta altura, ya no importa quién es el mejor. No es eso lo que está en juego. Ni siquiera el legado. LeBron es el físico más dominante de todos los tiempos, por lo que le dio la madre naturaleza pero también por lo que trabajó para exprimirlo al máximo. Es un nivel de triple-doble a la edad en la que absolutamente todos están de vacaciones. LeBron jugó contra los padres y repite contra los hijos. Es el Rey. Pero más que Rey, ha sido el Dios Cronos, devorando sus versiones anteriores para construir nuevas.
Cada que vez que lo dimos por muerto, cada vez que lo sentimos terminado, se levantó para un capítulo más.
Perseverancia. Metodología. Control. Obsesión con las dietas alimenticias, con las horas de gimnasio, con la precisión del sueño. Con la recuperación en cámaras hiperbáricas. Todo está cronometrado, trabajado al detalle. Se llegó a afirmar que LeBron gastaba más de un millón y medio de dólares por año en su cuerpo. En esto, James ha sido un ejemplo incomparable para las nuevas generaciones: el único lugar en el que éxito está antes que trabajo, es en el diccionario.
Los Lakers, sin Luka Doncic ni Austin Reaves, estaban listos para poner la otra mejilla ante Houston. Lo sabía JJ Redick, lo sabían los rivales. Lo sabíamos nosotros. Pero LeBron, sin estar en Philadelphia, se disfrazó de Rocky Balboa. "Aún no escuché la campana", pareció decir de musculosa y pantalones cortos. Guió, en el segundo partido ante los Rockets en el Staples Center, a su equipo en puntos, rebotes y asistencias. Volvió, incluso, a superar a Kareem Abdul-Jabbar como el más veterano en la historia en tener un juego 25 puntos en playoffs.
Allá va de nuevo la leyenda de Dorian Gray en su versión deportiva. El cuadro envejece, pero el reflejo se mantiene intacto al paso de los años. Los músculos tensos, la mirada de lince, el vuelo rasante hacia el cilindro para volver a escuchar el alarido. Una constante en su carrera, el eterno resplandor de una mente que no necesita recordar. Porque el pasado es presente. Y su presente también parece tener futuro.
LeBron James es ahora una flecha que nos une a los perseguidores. En qué momento el tiempo se detuvo. En qué momento pasó tanto tiempo. Su reloj biológico no condice con el nuestro. Allá vamos, entonces, los que unimos fotogramas para formar el plano secuencia de un atleta infinito. La historia sin fin en su versión deportiva. De Nuestra NBA que dejó de ser nuestra. La suya que todavía le pertenece. Su reloj, que es diferente al nuestro. Nuestro reloj, que se parece al suyo, pero que viaja más rápido. La niñez, la pubertad, la adolescencia, la madurez. Los amigos, los padres, los hijos. Y LeBron James, como un Gran Hermano observándolo todo. Lo de él y lo nuestro. Una avenida de doble mano. Una pieza del rompecabezas de nuestras vidas en distintos escenarios. LeBron joven, LeBron adolescente, LeBron en plenitud, LeBron vigente. Pero nunca viejo. Nunca gastado. Nunca obsoleto.
Decía John Lennon: "La vida es aquello que pasa mientras estamos ocupados haciendo otra cosa". En la NBA, analogía de la vida para quienes amamos el básquetbol, LeBron James es la síntesis de todas esas cosas juntas.
41 años y contando.
Somos todos testigos de la historia.
