TORONTO -- La final que jugaron las chicas de vóley playa tuvo todos los ingredientes de un evento de gran magnitud. Argentina y Cuba, o lo que es lo mismo, Georgina Klug y Ana Gallay llenaron la cancha situada en el centro de Toronto. No cabía un alma en un graderío que fue testigo de una pugna de poder a poder.
Tres sets, dos 'tie breaks', una remontada de las sudamericanas, saques perfectos de las caribeñas, puntos imposibles, disputados e incluso alabados. Y entre la competitividad propia de unos Juegos Panamericanos y las pasiones desatadas tanto en la arena como en los asientos, la cosa se decidió con un oro para las argentinas y una plata para las cubanas. Y todas contentas.
Klug y Gallay por la alegría lógica del primer puesto. Por haber llevado la máxima presea a su país por primera vez en esta disciplina que debutó en unos Panamericanos en Winnipeg. Brasil contaba con tres de cuatro oros posibles (llegaron al bronce en esta edición). Cuba logró la gloria en Santo Domingo 2003.
El desfile por la zona mixta tuvo un sabor festivo. Las cubanas debutaban en una cita panamericana y llegar al podio era un logro en sí mismo. Las argentinas, porque además de la victoria también sintieron que no decepcionaron a toda una nación que vio en directo el partido. Cuatro medallas, cuatro sonrisas y cuatro ejemplos de amor a primera vista por una disciplina salada.
A diferencia de otros deportes, el vóley playa es uno de esos deportes en los que los atletas acaban participando por casualidad. Aquí no se cumple el 'yo quiero ser jugador profesional de vóley playa' de la misma manera y con la misma frecuencia que el 'yo quiero ser futbolista'. Cada una se inició de una manera diferente pero todas saben lo que es disputar una final panamericana. A todas les acabó llegando el amor por el vóley playa.
Klug era profesional de voleibol en sala. Vivía de ello y además de representar a la selección durante varios años, jugó en ligas de España, Italia, Holanda, Chile, Bolivia y Argentina. Casi nada. Entonces llegó el amor, y lo hizo por partida doble. Primero el corazón, casándose con su marido; y luego el carnal, el de la sensación de los pies en la arena.
"En la ciudad donde vive mi marido se juega al vóley playa y el entrenador me invitó a jugar", recordó la campeona. "Yo jugaba indoor (en pista) y vivía de eso. Me invitaron a jugar en el Preolímpico, así que debuté en un Preolímpico. Necesitaban a alguien que jugara con la dupla dos de Argentina, Ana (Gallay) jugaba en la uno. Fui con tres semanas de entrenamiento y debuté en un Preolímpico. Allí ganamos al equipo que había que ganar para que las chicas fueran a Londres", apuntó.
En 2013 optó por el órdago. Fue a por todas y apostó por probar suerte de una manera más exhaustiva.
"Mi mamá me decía: 'Qué es ese deporte nuevo que te acabas de inventar con 28 años casi 29'. Y me enamoré de la arena totalmente y dije: "Esto es lo mío. Cancha grande toda para mí, para defender, que amo defender. La sensación de tocar la pelota todo el tiempo a mí me encanta", explicó con la adrenalina a flor de piel tras la victoria.
Su compañera de batalla, Gallay, también sintió el cosquilleo del vóley playa de manera súbita. Concentrada de lleno en sus estudios de Educación Física, necesitaba subir su puntaje para ser profesora y optó por hacer un curso de árbitro de vóley playa. Cupido apareció en el primer partido que arbitró.
"Dije: 'este deporte yo lo sé hacer. Y al otro fin de semana me fui a jugar. Duré un solo día. Nunca más arbitré", confesó.
Aquello hizo 'click' en 2007 y desde entonces ha participado en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, en Preolímpico, en Grand Slams y torneos repartidos por el mundo hasta llegar a estos Panamericanos que tardará en olvidar.
UN PASEO HACIA EL VÓLEY EN LA HABANA
Con la presea de plata colgada con orgullo personal y patrio, la cubana Leila Martínez, se apoya en la valla que separa a periodistas y atletas para contarnos su historia de amor hacia el vóley playa. El suyo es un cuento marcado por la precocidad.
"Con 13 años de edad, me encontré con unas amiguitas por la calle. Fuimos a la playa y estaban entrenando vóley playa. Empecé a asistir día tras día. Empecé a ser campeona de los juegos escolares. En dos años pasé a integrar el equipo juvenil del equipo nacional. A los 17 años me pasaron al equipo nacional de Cuba", afirmó.
Recuerda con nitidez cuando su paseo hacia la playa de Fontán (como se conoce a la zona donde se encuentra el antiguo Círculo Militar, Gerardo Abreu Fontán) en La Habana acabó por cambiarle rumbo no sólo de aquél día, sino de su vida.
"Iba a la playa y ese día que estaban entrenando nos pusimos ahí también. Estaban los entrenadores Palomo, la China, Honoria que fueron las que empezaron conmigo desde niña", recordó.
A su compañera Flores, con la que lleva dos años jugando, las mariposas le llegaron poco antes de la mayoría de edad, con 17 años. La entrenadora, Mayra Ferrer la recluta para jugar al vóley playa. Su estatura y agilidad fueron clave para hacerla llegar al equipo nacional, aunque hubo algunas cosas que pulir.
"Aunque era un poco vaga, ella me ha ayudado hasta ahora".
Y es que en toda relación es necesario dejarse llevar, aunque sea un poco, por los requerimientos de la otra parte. Sin eso, las medallas de oro y de plata se convertirían en una simple quimera.
