Una investigación sobre las inferiores del futbol argentino que produjo a los vigentes campeones del mundo reveló que está plagado de explotación.
BUENOS AIRES, Argentina — Algo andaba mal en la casa amarilla de la calle Gallardo. Adolescentes entraban y salían. Adentro, un bar improvisado servía a los aficionados del club local de fútbol antes de que entraran al estadio ubicado a unas cuadras. La fachada tenía franjas naranjas y negras, camaritas de seguridad parpadeaban como si fueran ojos y, en la entrada, un mural colorido de palmeras y camionetas modernas.
Un día, un vecino informó a las autoridades que la casa estaba llena de niños viviendo en “condiciones infrahumanas”. La policía organizó un operativo, acompañada por un pequeño ejército de trabajadores sociales, psicólogos, inspectores municipales y médicos. Cuando entraron, la casa estaba oscura y silenciosa, la luz de la mañana filtrándose a través de periódicos pegados sobre las ventanas. Las habitaciones olían a ropa húmeda, adolescentes y botines.
Tres docenas de chicos, entre 12 y 20 años, vivían en la casa de una planta. El propietario era un hombre robusto conocido por el apodo de El Zurdo. Les dijo a los policías que era el tutor de cada uno de los chicos y que tenía los documentos para demostrarlo. “No soy el padre biológico, pero soy el padre de los chicos”, diría más tarde El Zurdo. Cuando los inspectores le pidieron los permisos, no pudo presentar ninguno.
Los chicos fueron reunidos en el comedor para ser indagados. Entre ellos sabían que, en ocasiones, no había suficiente comida y que El Zurdo podía ser temperamental. Pero no se lo dijeron a los adultos que habían ido a verificar su bienestar. Todos soñaban con volverse futbolistas profesionales, herederos de Lionel Messi y los campeones vigentes del mundo, y ese sueño vivía con ellos dentro de la casa amarilla.
Dos años después, en abril de 2025, visité la calle Gallardo, en la cruda periferia del oeste porteño. Para entonces había escuchado muchas historias sobre el sistema que produce jugadores de fútbol de primer nivel en Argentina. Algunos usaban palabras como “cruel” y “feo” para describirlo. Una madre me explicó cómo su hijo fue obligado a sobrevivir comiendo restos de pollo y arroz con insectos negros. Otra madre me entregó una grabación de audio en la que le suplicaba al dueño de un club denunciar al entrenador que abusó de su hijo.
“Esto pasa en todos lados”, dice el dueño en la grabación. “Yo lo vi en cinco clubes”.
La casa de la calle Gallardo se suponía que estaba clausurada. Después del operativo, la ciudad emitió una orden de desalojo en el plazo de los 10 días, según un documento investigativo. Pero en la cálida tarde en que me presenté, encontré a El Zurdo de pie en la cocina, con la casa llena de chicos.
EN MARZO DE 2018, Argentina despertó a la realidad de que, detrás de la intensa pasión nacional por el fútbol, había “un submundo de jóvenes que están bajo la tutela de adultos que no son sus padres”, como me dijo un legislador de Buenos Aires.
Independiente, uno de los principales clubes del país, había revelado que media docena de hombres abusaron sexualmente de algunos de sus futbolistas emergentes. Los chicos vivían en la pensión del equipo, el nombre para las casas de huéspedes donde se alojan jugadores desde los 10 años. Los pedófilos habían tratado la pensión como una especie de estanque en el que pescaban víctimas jóvenes.
Como muchas personas en Argentina, la investigadora principal del caso, María Soledad Garibaldi, nunca había oído hablar de una pensión de futbolistas. Ella y sus colegas entrevistaron a unos 50 chicos. Casi todos habían sido víctimas de grooming —o atraídos ilegalmente— por hombres a través de redes sociales; más de una docena habían sido abusados sexualmente, según descubrió. Garibaldi notó una coincidencia en los antecedentes de los jugadores. La mayoría había viajado grandes distancias desde el interior de Argentina, donde la pobreza ronda el 40%. No recibían pago por su trabajo, estaban aislados dentro de la pensión únicamente con sus compañeros y sus sueños. Los depredadores se aprovecharon de estas condiciones. Un chico de 15 años dijo que lo convencieron de realizar actos sexuales a cambio del pasaje en autobús para poder viajar a casa por el Día de la Madre.
“En este caso se juntó lo vulnerable con lo perverso”, explicó un psicólogo del equipo a Garibaldi.
Garibaldi amplió su investigación para incluir a otros siete equipos, entrevistando a unos 300 jóvenes promesas. Lo que descubrió fue una epidemia:
“Llegamos a la conclusión que un 60 por ciento de los chicos en algún momento recibió algún contacto. No digo que ya alguien le pagaba por sexo, pero sí casos de grooming, donde los contactaban para generar confianza y después les podían hacer alguna propuesta. Algunos piden fotos de partes íntimas, o esos adultos les mandan a ellos. Hay de todo un poco”.
Muchos argentinos admitirían fácilmente que el fútbol es la fuerza más poderosa en sus vidas. “El fútbol es sagrado”, me dijo Julio Conte Grand, Procurador General de la provincia de Buenos Aires, quien supervisó el caso Independiente. “En una organización con mucho poder, todas las actividades vinculadas a despejar el velo es complejo”.
Una serie de hechos inusuales obstaculizó la investigación de Garibaldi. Filtraciones en los medios dieron tiempo a los pedófilos para destruir evidencia; el teléfono celular de un sospechoso fue destruido a martillazos. Posibles testigos murieron. Garibaldi, una fiscal local poco conocida que recientemente había estado postrada durante un embarazo difícil, recibió amenazas hasta que colocaron guardias fuera de su casa.
El caso se extendió durante años, alejándose de la conciencia pública. Cinco hombres finalmente se declararon culpables de abuso sexual, el último ocho años después de que surgieran las acusaciones. Otro, un árbitro de las inferiores, decidió llevar su caso a juicio, argumentando que sus víctimas habían consentido. Tras condenarlo, el tribunal emitió una dura crítica a las condiciones que fomentaron el abuso:
"Nos encontramos a los jóvenes víctimas del presente en un estado de suma vulnerabilidad… Juzgar que dichas decisiones son voluntarias sería como pensar que un esclavo vende su libertad por gusto o que alguien pone en comercio sus órganos en ejercicio pleno de su libre albedrío".
Argentina es tanto única como parte de un vasto sistema global. Es un fenómeno que he estado observando durante años: la búsqueda implacable de nuevos talentos en cada deporte importante, y los niños que se convierten en víctimas en el camino. Sin regulación, a menudo llevado a cabo en un contexto de pobreza y corrupción, esta búsqueda es un terreno fértil para el abuso. Un cazatalentos de las Grandes Ligas en Venezuela una vez me dijo que le gustaba examinar los dientes de un joven talento, como si fuera un caballo. Cuando la NBA estableció academias de entrenamiento en China hace algunos años, en búsqueda del próximo Yao Ming, algunos entrenadores chinos disciplinaban a jugadores jóvenes golpeándolos.
Este año, en la República Dominicana, ESPN reportó que equipos de MLB estaban haciendo acuerdos ilegales de palabra con niños de tan solo 11 años; un entrenador comparó a los clubes con “dueños de gallos de pelea.” Los problemas se extienden a Estados Unidos, en la cultura abusiva descrita por muchos patinadores y gimnastas, incluyendo los crímenes sexuales en serie del médico de USA Gymnastics, Larry Nassar.
ESPN examinó el sistema que produjo a los campeones defensores de la Copa del Mundo y encontró que está plagado de explotación. Miles de niños vulnerables —no remunerados, separados de sus familias, almacenados en pensiones no reguladas— enfrentan, en un extremo, la depredación sexual, pero también extorsión, hambre y abandono, según nuestra investigación, que se basó en más de 100 entrevistas, la revisión de miles de documentos y visitas a una docena de pensiones.
Esta historia comenzó como una exploración del abuso sexual en la institución más venerada de Argentina. En el camino se convirtió en algo más: un retrato de un país y su obsesión, los niños que sueñan con hacerse campeones del mundo y los adultos que fallen en protegerlos.
TOBÍAS PÉREZ RECIBIÓ su primera oferta para entrenar con un equipo profesional de fútbol cuando tenía 8 años.
Tobías era un chico tímido de campo, de pelo negro y un pie izquierdo explosivo. “Mirá cómo se para”, observó un amigo de su padre, Roque, durante un partido un día. “¿Te das cuenta que él ya tiene más noción de fútbol que cualquier otro chico acá?”. El amigo aconsejó a Roque que apoyara a Tobías en todo lo que pudiera: “El día de mañana te va a sacar adelante”.
La familia Pérez vivía en una comunidad agrícola llamada Vedia, en una pequeña casa azul sobre un camino de tierra, a 322 kilómetros al oeste de Buenos Aires. Roque era plomero y trabajaba en toda la zona, cavando zanjas e instalando tuberías. Desde temprana edad, Tobías empezó a entrenar con Newell's Old Boys, el club donde Messi comenzó. Pero Newell's estaba a tres horas de distancia, en la ciudad de Rosario, y era demasiado caro viajar. El club invitó a Tobías a vivir en la pensión.
“Quedó, quedó!”, pensaba Roque mientras él y Tobías regresaban de Rosario en auto. No podía esperar para contarle la noticia a la madre de Tobías, Andrea. “Ni sueñes”, respondió Andrea bruscamente. No había manera de que enviara a su hijo de 8 años a vivir con extraños.
Así que Tobías se quedó en Vedia, jugando para clubes locales. A los 10 años fue reclutado por un equipo llamado Atlanta, que tenía las mejores instalaciones de la zona y conexiones con equipos profesionales de élite.
Para cuando tenía 14 años, Tobías había conseguido pruebas con varios clubes importantes: River Plate, Club Atlético Banfield, Estudiantes de La Plata. Una oferta de cualquiera de ellos requeriría que su familia costeara la mudanza. El dinero era muy escaso. Algunos años antes, Roque había sufrido un terrible accidente de motocicleta en el que murió su hermano y lo dejó en estado crítico. No trabajó durante seis meses. La familia sobrevivió con la ayuda de amigos y familiares que organizaban rifas y llevaban bolsas de alimentos.
“Salí porque tengo un propósito y tengo que cumplirlo”, dijo Roque. Ese propósito giraba en torno a Tobías: “Él (Dios) por algo me trajo. Voy a llegar a verlo debutar en primera, si no, ya me hubiera ido".
En 2022, a los 15 años, Tobías firmó con Ferro Carril Oeste, un club de la Primera Nacional, el equivalente a la segunda división del fútbol argentino.
Ferro está ubicado en Caballito, un barrio arbolado en el corazón de Buenos Aires. El club es uno de los más antiguos de Argentina, con una historia venerable y aficionados famosos por su intensidad. Empleados irlandeses del ferrocarril Buenos Aires Western Railway fundaron el equipo en 1904. Una locomotora negra imponente se alza sobre la entrada principal de las instalaciones del club.
El contrato de Tobías lo vinculaba a Ferro. El equipo podía hacer lo que quisiera con él —incluso venderlo— pero no recibiría salario a menos que llegara al plantel profesional. Ferro tenía su propia pensión —un alojamiento estrecho ubicado debajo de las gradas del estadio con capacidad para 24,500 personas— pero eso estaba reservado para una docena de los más destacados jóvenes. Tobías, como otros 200 chicos bajo contrato con Ferro, tuvo que conseguir vivienda y comida por su cuenta.
Ferro le habló a Tobías de una “pensión externa” barata —es decir, una que no era operada por el club— ubicada a unos 30 minutos en autobús, en el barrio obrero de Liniers. Se mudaría, solo, de un pequeño pueblo de caminos de tierra, campos de trigo y lagunas estancadas a una metrópolis vibrante de unos 15 millones de personas. Tobías nunca había tomado transporte público.
Esta vez Andrea aceptó dejarlo ir. Cada año, miles de padres en Argentina enfrentan el mismo dilema: si dejan o no que sus hijos persigan una oportunidad que ofrece sola la posibilidad remota de hacer carrera en el fútbol profesional y una vida mejor para la familia.
Antes de que Tobías se mudara, la pensión requirió que sus padres firmaran un documento. Parecía casi como un permiso que los padres completarían para que su hijo fuera a una excursión escolar. Pero le daba al hombre que dirigía la pensión control sobre muchos aspectos de la vida de su hijo.
Específicamente, el documento notariado le daba autoridad para representar a Tobías ante “autoridades educativas, de salud y/o ante cualquier otro organismo público o privado que lo requiera”.
El nombre escrito en el documento era Gustavo Hernán Chozas, pero todos lo llamaban El Zurdo.
LA CRISIS POR LOS ABUSOS en Independiente en 2018 dejó al descubierto “un mundo que está poco regulado, poco visto, poco observado”, me dijo una tarde Sergio Siciliano, legislador de Buenos Aires. “Y en la medida que vamos adentrándonos en esto, nos encontramos cosas que son llamativas, peligrosas y preocupantes”.
El sistema ha existido durante décadas. Pablo Zabaleta, quien jugó en el equipo del Mundial de 2014, firmó con el Club Atlético San Lorenzo a los 12 años. En 2000, cuando tenía 14, se mudó a la pensión del equipo en Buenos Aires, a dos horas de su casa. Cincuenta chicos vivían hacinados, seis por habitación. Dijo que la comida era escasa y que algunos robaban sus provisiones y las de sus compañeros. Después de las 8 p.m., los jugadores quedaban encerrados dentro de las instalaciones.
“Me hizo madurar y crecer mucho como persona, y quizás eso sea algo bueno”, dijo. Pero de los 300 jugadores que pasaron por la pensión, solo cinco o seis lo lograron. “Lo he visto, lo he vivido”, me dijo Zabaleta. “Muchos chicos por desgracia terminan siendo muy vulnerables a situaciones ajenas en donde muchas veces es muy complejo y muy difícil”.
En 2018, un entrenador de 68 años fue acusado de abusar de jugadores en el Club Atlético Mac Allister, una academia de formación con pensión ubicada a 650 kilómetros al oeste de Buenos Aires. El club era operado por los hermanos Patricio y Carlos Mac Allister. Carlos es exjugador de la selección nacional y exsecretario de Deportes de Argentina, cuyo hijo Alexis es mediocampista del Liverpool en la Premier League inglesa y de la actual selección argentina.
Julieta Echenique inscribió a su hijo de 13 años en el Club Mac Allister por sus conexiones con clubes de élite. Le suplicó a Patricio Mac Allister que presentara cargos después de que el entrenador, Héctor “Patilla” Kruber, abusara de su hijo y de otros chicos. Echenique grabó la conversación en secreto.
“Pero tampoco nosotros podemos meternos en una situación que nos puede complicar”, le dice Mac Allister.
“Ustedes, como club”, responde Echenique.
“No, no, no”, dice Mac Allister, explicando que había visto abusos en al menos cinco equipos, incluyendo denuncias previas contra Kruber. “Yo estoy en el ambiente del fútbol; esto pasa en todos lados”.
“Paremos el tren,” le dice Echenique, con la voz desesperada. “Hoy fueron los nuestros y mañana van a seguir otros y pasado van a seguir otros y van a pasar los años y somos todos cómplices. Así está la Argentina. ¡Somos todos cómplices!”.
Echenique, quien está demandando a los Mac Allister por daños y perjuicios, acudió a la policía por su cuenta. Gracias a su testimonio, Kruber fue condenado a cuatro años de prisión. Los Mac Allister y su abogado no respondieron a las preguntas de ESPN.
En 2019, la principal liga profesional de Argentina, entonces conocida como la Superliga, inició su propia investigación sobre el sistema de desarrollo juvenil y contabilizó 1,014 chicos —algunos de tan solo 10 años— viviendo en 26 pensiones operadas por 23 equipos. El informe de 11 páginas sugería que los clubes estaban violando leyes de protección infantil. Un tercio de los clubes no proporcionó documentación de consentimiento de los padres. Varios no tenían información de contacto de jugadores o padres, una señal de que algunas familias no tenían idea de dónde vivían sus hijos.
“Nos encontramos una habitación con 16 chicos”, dijo Carolina Ramenzoni, una de las investigadoras. “Encontramos una pensión con 22 jóvenes y solo un baño”.
El informe recomendó que los clubes crearan regulaciones para “garantizar los derechos de niños, niñas y adolescentes”. Pero la Superliga se disolvió, trasladando la responsabilidad a la Asociación del Fútbol Argentino, el organismo rector que supervisa los clubes profesionales. No se tomó ninguna otra medida. Al preguntarle cómo se sentía, Ramenzoni respondió: “Desilusionada”.
Mis colegas de ESPN y yo intentamos repetidamente hablar con la AFA, a través de correos electrónicos, mensajes de voz por WhatsApp y, finalmente, presentándonos en la sede de la organización en el centro de Buenos Aires. La AFA nunca respondió nuestras solicitudes.
Funcionarios de bienestar infantil de Buenos Aires iniciaron su propia investigación sobre pensiones en la capital en 2019. Descubrieron que había muchas más que solo las operadas por los equipos. Los clubes firmaban rutinariamente a cientos de jugadores, sabiendo que no tendrían que alojarlos ni pagarles. Adolescentes como Tobías eran almacenados en pensiones externas.
“No podía creer que el fútbol y la sociedad permitan que los chicos estén así”, dijo Germán Onco, Presidente del Consejo de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, quien encabezó la investigación. “Estas residencias se aprovechan de las necesidades de la gente, gente que vive en el interior del país, que no puede viajar, y manda a sus hijos a estos lugares”.
Onco estimó que él y sus colegas inspeccionaron 17 instalaciones. Algunas estaban limpias y bien gestionadas, otras “prácticamente inhabitables”. Una pensión externa era manejada por “una señora que les hacía favores sexuales”, dijo Onco. En otras, “no les daban de comer prácticamente”, afirmó. La ciudad obligó a cerrar al menos dos pensiones.
Lorena Oliva, periodista de investigación, analizó las pensiones externas para La Nación, uno de los diarios más grandes de Argentina: “Las pensiones de fútbol son las únicas instituciones que tienen niños a su cargo sin que ningún organismo controle o regule lo que pasa en cada una de ellas”, me dijo. “No hay reglas, no hay protocolos, ni ningún tipo de control”.
Durante meses, nuestro equipo de ESPN se propuso encontrar pensiones, revisando redes sociales y reportes de noticias y hablando con personas que se habían encontrado con ellas. Las encontramos a plena vista en todo el Gran Buenos Aires —en barrios acomodados y en villas, en casas privadas y apartamentos. Algunas eran impecables y bien gestionadas, otras estaban sobrepobladas y llenas de escombros. En una casa, 10 chicos vivían en una habitación estrecha sin aire acondicionado, con literas alineadas tipo cuartel ocupando todo el espacio. Otra tenía jardines cuidados y baños privados, con solo dos o tres chicos por habitación. Los costos variaban tanto como las condiciones, desde 200,000 pesos hasta más que 500,000.
La ola anual de menores no acompañados que llegan a la capital es como la migración de estudiantes que se van a la universidad —solo que más jóvenes, más pobres y con un objetivo más incierto. La demanda de alojamiento para estos niños es implacable. Encontramos una pensión externa que era efectivamente un edificio de cuatro pisos lleno de más de 50 niños y niñas. Los propietarios habían añadido una estructura de tres pisos en la parte trasera y seguían construyendo. “Todavía está en construcción”, me dijo el dueño a modo de disculpa mientras caminábamos por un patio lleno de plantas al azar, bicicletas viejas, escombros y tendederos cruzados llenos de ropa. “La otra mitad aún no se ha construido".
Una tarde sofocante de febrero, en pleno verano argentino, conduje hasta Moreno, un suburbio de Buenos Aires, para observar una prueba que involucraba a cientos de chicos. Una madre estaba sentada a la sombra tomando mate, la tradicional infusión que se toma en un recipiente de calabaza con una bombilla de metal. Había venido con su hijo de 15 años desde Santa Fe, a unos 480 kilómetros al norte, junto con decenas de chicos esperaban ser fichados por un equipo. El captador que los trajo había alquilado un autobús completo. La madre y su hijo estaban eufóricos: esa semana le habían ofrecido un lugar en un club de segunda división. La madre nos dijo que estaba a punto de mudarlo a la pensión del equipo.
Unas semanas después, cuando yo estaba de regreso en Estados Unidos, recibí un correo electrónico de ella. Quería compartir su historia. Solicitó anonimato para proteger a su hijo.
Antes de mudarlo a la pensión, contó la madre, le habían mostrado fotos impresionantes en internet. Ella y su hijo llegaron a una “realidad totalmente diferente”. La pensión tenía un techo colapsado y electricidad pirateada y había llena de “30 adolescentes viviendo uno encima del otro”, dijo la madre. La mayoría de los jugadores no estaban inscritos en la escuela.
Dentro de la habitación de su hijo había cuatro camas para cinco chicos. “No entrábamos; en una cama tenían que dormir dos”, dijo. Su madre tomó fotografías de la comida, que incluía restos de pollo y arroz blanco con pequeños insectos negros.
“En mi casa ni mi perra comía carcasa de pollo y acá tuve que ver a mi hijo comer esas comidas”, dijo llorando.
Después de dos semanas, lo llevó de regreso a casa.
Un argumento que a veces escuché durante nuestra investigación era que el sufrimiento e incluso el abuso eran como ritos de iniciación que los jugadores debían soportar. La madre también había oído esa teoría.
“Les lavan el cerebro diciéndoles que van a llegar lejos pasando por esas situaciones”, me dijo. “Es un fraude, por donde lo mirés. El problema es que no hay ningún marco legal que regule el manejo de estos lugares. Entonces, ¿qué iba a pasar con una denuncia”?
EL VIAJE EN AUTOBÚS DE TOBÍAS desde Vedia a Buenos Aires fue de 4 horas y media. Cuando llegó a la Terminal de Ómnibus de Retiro en agosto de 2022, la ciudad se abalanzó sobre él —“gente, gente, gente…”—, sus ojos muy abiertos, su cabeza girando ante el movimiento y el ruido.
La vida dentro de la pensión en la calle Gallardo no era menos caótica. El nuevo hogar de Tobías hervía con chicos de todos los rincones de Argentina y de otros países, como Colombia y Ecuador. Tobías compartía el cuarto con media docena de compañeros y unos 30 más vivían en la amplia casa. Los jugadores se disputaban el baño y las cantidades limitadas de comida. “Siempre había alguien con hambre”, dijo Tobías. Cuando su padre, Roque, lo visitó, notó que algunos chicos recibían menos comida que otros. “Me sentí mal al dejarlo; pensé: ‘Mi hijo va a tener que pasar por esto también’”. Roque llamó a su esposa para asegurarse de que tenían suficiente dinero para cubrir sus propios gastos, luego salió a comprar “azúcar, yerba, té, pan, galletitas, lo que nos alcanzó”. Distribuyó la comida entre Tobías y sus amigos.
Luego estaba el bar, que atendía a los aficionados de Vélez Sarsfield, un club de primera división cuyo estadio domina el barrio. “Tenía miedo de que entrara un borracho a la pensión”, dijo Roque.
Los jugadores seguían un cronograma estricto. Temprano por la mañana, alrededor de las 5:30 o 6, salían de la casa para entrenar con sus respectivos clubes, regresando al inicio de la tarde. Después del almuerzo, asistían a una escuela del barrio durante 3 o 4 horas, luego volvían caminando a la pensión a tiempo para la cena. Tobías se sentía a menudo triste, llorando en su habitación. “No era fuerte de mente,”, dijo. “Extrañaba todos los días, lloraba, vivía encerrado. Llegaba de entrenar y me encerraba en el cuarto”.
Finalmente, decidió regresar a casa.
Su padre no podía creerlo.
“Acá en este pueblito no tenemos futuro,” le dijo Roque a su hijo. “Hace 40 años que trabajo y sigo igual, nunca mejoré ni nada, siempre igual. Esto es lo que te espera”.
Roque decidió llevar a Tobías a trabajar. Se levantaban a las 5 a.m. y viajaban a un pueblo cercano, para romper el pavimiento y retirar escombros bajo un calor sofocante. “Todo lo más pesado se lo dejamos que lo hiciera el”, dijo Roque. Después de cuatro días de 14 horas, Roque y Tobías se quitaban la suciedad y el sudor, luego se sentaban en la oscuridad compartiendo mate, pasándose el recipiente de calabaza en el patio. A Tobías le dolía la espalda.
“No trabajo más”, le dijo a su padre. “Me voy a jugar fútbol”.
Ferro lo recibió de vuelta y Tobías prosperó, emergiendo como el mediocampista más prometedor de la organización. Movía el balón con velocidad fulminante y parecía poseer una capacidad extrasensorial para saber hacia dónde dirigirlo, como si pudiera leer la mente de sus compañeros. Tras experimentar lo que enfrentó en Vedia, Tobías regresó al club con una nueva urgencia y disciplina. Había llegado a entender que el fútbol era su trabajo, aunque no le pagaran. Se hizo amigo cercano de otra promesa en ascenso, el delantero Lautaro Bordón, que lo ayudó a aliviar su soledad.
La vida en la pensión era menos estable. Tobías había regresado a la casa controlada por su arrendador y tutor, Gustavo Chozas, alias El Zurdo, quien dirigía tres pensiones en el oeste de Buenos Aires.
La tarde en que lo conocí, en abril de 2025 en la pensión de Gallardo, Chozas dijo que estaba pensando en añadir una cuarta.
“Mi idea era achicarme, tener un poco menos de chicos para estar un poco más liberado yo”, me dijo. “Pero siempre que enero vienen chicos nuevos”.
Chozas dijo que aproximadamente 3,000 jugadores habían pasado por sus pensiones. Además de los 60 que estaban actualmente bajo su cuidado, dijo que era tutor de otros 22 que ya no vivían con él.
“¿Es decir, eres padre de 80 y tantos chicos?”, dije.
“Sí, más o menos”, dijo, riendo.
Estábamos sentados frente a frente en el comedor. La pintura azul y blanca se descascaraba de las paredes desgastadas. Era temprano en la tarde y había pocas personas alrededor —madres que ayudaban en la casa, algunos chicos que no estaban en la escuela, incluyendo uno que me dijo tener 12 años y haber llegado desde Formosa, una provincia rural pobre en la frontera con Paraguay, a casi 1,000 kilómetros de distancia.
Mis colegas de ESPN y yo localizamos a Chozas después de oír sobre él de directivos de clubes, reclutadores y jugadores; su reputación lo precedía. “Es un señor de temperamento muy fuerte”, me dijo un captador que había tenido enfrentamientos con Chozas. Antes de la pandemia, dijo Chozas, tenía una heladería. Pero tenía contactos en el fútbol, y amigos le recomendaron abrir una pensión para chicos que llegaban a Buenos Aires a hacer pruebas. Pronto estaba operando múltiples pensiones a tiempo completo.
“Para muchos es un negocio, para mí no”, me dijo. “Tengo un compromiso personal – educar, cumplir un sueño. Lo que quiero es ayudar a que un chico crezca para convertirse en futbolista o profesional, y regrese a casa con un diploma y diga a sus padres: `Gracias por todo el esfuerzo que hicieron para que yo pudiera llegar aquí’. Eso es todo lo que quiero”.
Chozas dijo que cobra a las familias 350,000 pesos, unos $210 dólares al mes en el momento en que hablamos, una de las tarifas más bajas entre las pensiones de la capital. Negó que hubiera escasez de comida, pero dijo que debía tomar decisiones para asegurarse de que todos comieran. “Si aquí comemos carne de res, hay 15 chicos que ya no pueden comer”, dijo. “Si compramos carne de cerdo y trabajamos con cerdo, comemos todos. ¿Me entendés?”.
“Vos pensás que a mí me queda dinero de esto?”, continuó, elevando la voz. “Tengo un problema bárbaro todos los días. Sin embargo, sigo para adelante porque es mi trabajo. Y lo voy a defender hasta el día que me muera y de aquí me sacan con los pies por delante porque ninguno se ocupa de los chicos”.
El Zurdo era difícil de interpretar. Se comportaba como un peleador y cuando se agitaba hablaba con un lenguaje de violencia y amenazas. Después de que la escuela de Tobías en Vedia tardara en entregar un documento necesario, Chozas le dijo a Roque: “Si no te lo quiere dar, rómpele la boca, pégale un puñetazo; tu hijo está luchando por un sueño y vos no se lo querés cumplir, amigo”.
“Zurdo, acá no es lo mismo que allá”, dijo Roque que respondió. “Acá se habla. No nos vamos a andar peleando por una cosa así”.
Chozas respondió cuestionando su hombría, llamándolo “Huevitos”, según Roque. Gritaba tanto que cada vez que su nombre aparecía en el teléfono, Roque y Andrea se paralizaban y se lo pasaban como si fuera una papa caliente, para evitarlo.
Pero Chozas también podía ser sorprendentemente tierno, paternal y amable. “Ese primer año bastante miedo”, dijo Roque. “Después yo tuve una charla con él a solas y me explicó un montón de cosas que uno no sabe”.
En ese momento, dijo Roque, estaba pasando por una etapa difícil, cuestionando su voluntad de vivir después de su accidente de motocicleta. Chozas le brindó consuelo y consejos.
“Me dijo que él mismo había perdido todo y que no se puede renunciar, hay que seguir luchando”, dijo Roque. “Me dijo: ‘Tenés un hijo que vale oro. Si te rendís, a tu hijo se le puede terminar el sueño. Si vos no podés, acá está el segundo papá”.
EN UN MARTES NUBLADO, 4 de abril de 2023, Tobías, que entonces tenía 16 años, llegó a la pensión después del entrenamiento, con el bolso colgado al hombro. Planeaba almorzar con sus amigos antes de ir a la escuela. Encontró la casa llena de adultos —algunos armados y uniformados, otros con batas blancas y ropa de trabajo. Eran policías e investigadores de media docena de agencias de Buenos Aires. Quince chicos ya estaban en el comedor. Tobías fue enviado a unirse a ellos.
A las 11 de la mañana, las autoridades habían llevado a cabo operativos sin aviso en Liniers —uno en un edificio donde Chozas operaba un pequeño restaurante llamado “Lo del Zurdo”, el otro a la vuelta de la esquina, en la pensión de la calle Gallardo.
“La presente intervención nace a partir de una denuncia de un vecino, el cual dice vio entrar y salir muchos niños del lugar, y que estos vivirían en `condiciones infrahumanas’ ”, según un resumen de la investigación preparado por el fiscal local y obtenido por ESPN. Chozas “se muestra angustiado” cuando llegó la policía, decía el documento, pero accedió a cooperar. Les dijo que tenía “todo en regla”.
En la pensión, los chicos fueron entrevistados durante ocho horas y sometidos a exámenes médicos. Representantes del Consejo de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes trataron de determinar su bienestar. Agrupados en el comedor, los chicos empezaron a temer que los enviasen de vuelta a casa. Eso era lo último que querían.
Mientras estaban juntos, me dijo Tobías, hicieron un pacto: “No estábamos bien. Pero dijimos entre nosotros: ‘Vamos a cubrirlo para que no cierren la pensión’".
Un médico forense concluyó que los chicos parecían estar sanos y estaban escolarizados. “Todos ellos manifiestan que Gustavo es su tutor, dado que tiene permisos firmados por sus padres y/o madres”, decía el informe. “Este sostiene que cada permiso tiene validez judicial por firma de juez de paz”.
Pero los investigadores podían ver las condiciones por sí mismos. “Las ventanas se encuentran tapadas con diarios o papel para imposibilitar la vista de afuera hacia adentro. Se registra que los jóvenes se encuentran hacinados y las camas disponibles no alcanzarían con la cantidad de chicos”.
La Agencia Gubernamental de Control de Buenos Aires emitió una orden de desalojo tras determinar que la casa no tenía licencia para operar como pensión, según el informe. La pensión debía cerrar en un plazo de 10 días.
“Escuchamos que hubo un allanamiento”, le dije a Chozas mientras estábamos sentados en el mismo comedor donde los chicos habían sido interrogados dos años antes.
“¿Aquí?”, dijo.
“Sí, aquí en la pensión”, dije.
“Sí”, dijo. “Hubo una falsa denuncia….Me revisaron a todos los chicos, a ver cómo estaban. Estaban todos los chicos impecables, sino no estaría acá yo”. Le entregué a Chozas el documento que indicaba que había sido desalojado. Se enfureció.
“¿Sabés por qué no se aclaró?”dijo, agitando el documento. “¿Sabés por qué nunca se aclaró? ¡Porque nunca más vinieron a tocar la puerta!”.
Funcionarios de Buenos Aires no pudieron explicar por qué la pensión seguía abierta. Ninguno parecía estar al tanto de que la casa había sido allanada. Chozas leyó un mensaje de texto que dijo provenía de un abogado, indicándole que su caso había sido “cajoneado”, un término ambiguo que puede significar “cerrado” o “archivado sin avanzar”.
Esa temporada, Tobías fue ascendido al equipo de Reserva de Ferro Carril Oeste, un paso por debajo del santo grial, La Primera. Esto también es parte del modelo económico del fútbol argentino, que se inclina fuertemente a favor de los clubes. Los jugadores del equipo de Reserva (y de todos los niveles inferiores) generalmente no reciben salario. Los jugadores promovidos al primer equipo ganan al menos 1 millón de pesos, aproximadamente $700 dólares al mes, dependiendo del tipo de cambio altamente fluctuante en Argentina.
A medida que crecía el potencial de ingresos de Tobías, fue cortejado por personas que querían ayudarlo a conseguir representación. Uno de ellos era Chozas, dijo Tobías. El Zurdo presionó a Tobías para que firmara con su hijo Joel, según el jugador y sus padres. “Le llenaron la cabeza a mi mamá y a mi papá de que otros representantes me iban a fallar”, dijo Tobías. Joel Chozas se convirtió efectivamente en el representante de Tobías, según él y sus padres. Tobías y sus padres dijeron que pidieron repetidamente una copia de un contrato a Chozas y a Joel, pero nunca la recibieron.
Cuando le pregunté a Chozas qué había pasado, reaccionó con enojo. “¡Yo no soy representante de jugadores, ni pienso serlo! No tengo un solo jugador”.
“¿Y no has presionado a chicos para que firmen con tus socios?”, pregunté.
“¿Me estás cargando?”, dijo.
“No, estoy preguntando”.
“¿Querés ver mi teléfono? Te lo pregunto en serio”, dijo. “¿Querés revisarlo? ¿Querés saber quién soy? Deberías leer todos los mensajes que tengo de gente que ya no viene y pasa por aquí a decirme: ‘Gracias por todo lo que hiciste’. Y lo hago de corazón”.
Su enojo seguía creciendo, Chozas me señaló con el dedo y dijo: “Hasta las seis de la tarde te vas a quedar aquí a esperar que los chicos vengan del colegio y vas a ver cómo están los chicos”.
Chozas envió a Joel a sacar a jugadores de la escuela para que hablaran a su favor. Dieciocho chicos entraron, de diferentes edades y tamaños, muchos con mochilas. Algunos saludaron a Chozas con un beso en la mejilla. Los jugadores formaron un muro detrás de él. Un par parecían asustados y estaban llorando. “Bueno, decile lo que pensás de mí”, le dijo Chozas a un jugador. El chico llevaba una camiseta negra de Nike y una gorra hacia atrás.
“El año pasado vine acá a jugar al fútbol, sin conocer nada ni a nadie; como la mayoría de estos pibes que están acá, con un sueño”, dijo. “Después de haber pasado por malas experiencias en otras pensiones, gracias a Dios me tocó con esta persona” —le dio una palmada en el hombro a El Zurdo— “que hoy en día es mi viejo en Buenos Aires”.
Chozas señaló a otro adolescente al que identificó como Mateo. El chico tenía mechones teñidos y dijo que había estado teniendo dificultades.
“Contale, Mati, que hicimos”, dijo Chozas.
“Yo estos días estuve mal porque extraño a mi familia”, dijo Mateo, con la voz temblorosa. “Gracias al apoyo de todos los chicos y de El Zurdo, yo me siento mejor”.
Empezó a llorar.
“Dale, no llorés”, dijo Zurdo, dándole una palmada afectuosa en la mejilla. Mateo sonrió.
“Es una persona hermosa”, continuó el chico. “Muy contento con ellos y muy agradecido por todo el apoyo”.
El mejor amigo de Tobías en Ferro, Lautaro Bordón, también me dijo que fue presionado por Chozas. Lautaro venía de Formosa, en el noreste del país. Su familia tardó más de un año en ahorrar el dinero suficiente para enviarlo a Buenos Aires. En su antebrazo llevaba un tatuaje del Divino Niño, a quien consideraba responsable de haberlo librado de una grave enfermedad y de haberlo guiado en su carrera.
En su primera temporada, Lautaro fue el jugador que marcó más goles en todo el club. Los representantes querían hacerlo firmar contrato. Pero después de escuchar la experiencia de Tobías, Lautaro rechazó a Chozas, afirmó. En ese momento, Chozas “empezó a tratarme mal”.
Lautaro había estado viviendo en otra pensión operada por Chozas, a aproximadamente 1,5 kilómetros al norte de la calle Gallardo. Las condiciones allí eran precarias. Lautaro dijo que él y sus compañeros a veces escuchaban disparos y se escondían en sus habitaciones. Un jugador salió una noche a buscar comida y fue asaltado a punta de pistola. Los chicos tomaron videos de la pensión. Uno mostraba colchones tirados en el suelo de la sala. Cuando hacía calor, dijo, los jugadores a veces dormían en el techo.
Después de rechazar a Chozas, cortaron el agua por un mes, según Lautaro. Él y sus compañeros tuvieron que comprar agua mineral y bañarse en Ferro o en una estación de servicio cercana. La cocinera se fue abruptamente, dejando a Lautaro a cargo de cocinar para 15 chicos. Cuando el captador que entrenaba a Lautaro, Ovegildo Santillán, intentó hablar con Chozas sobre las condiciones, El Zurdo respondió con “amenazas violentas”, según Santillán. Eventualmente, directivos de Ferro se enteraron de lo que estaba sucediendo. El equipo envió comida y agua y convenció a los padres a sacar a sus hijos de la pensión de Chozas, según Julián Nemirovsky, entonces director de desarrollo juvenil de Ferro. “Sentimos que era nuestra responsabilidad”, dijo Nemirovsky.
Chozas me dijo que no hubo agua durante tres días, no un mes, después de que se rompió un caño. Dijo que la cocinera se fue a otro trabajo y que tomó tiempo reemplazarla. Negó nuevamente que tuviera interés en ser agente. Más tarde, nuestro equipo de ESPN fue a filmar fuera de otra pensión que Chozas había abierto cerca de Fuerte Apache, una de las villas más peligrosas de Buenos Aires. Estábamos parados al otro lado de la calle cuando de repente Chozas salió furioso del edificio, con los brazos en movimiento. Nuestro guardia de seguridad lo interceptó.
“Tranquilo, Zurdo”, dijo el guardia.
“¿Tranquilo?”, gritó Chozas, “Les voy a romper la cabeza”.
“¿Por qué venís a romperme las pelotas?”, me gritó. “¡Se terminó, amigo! ¿Por qué me seguís?”.
INCLUSO MIENTRAS EL ZURDO nos amenazaba, me resultaba difícil no sentir empatía por él. Habíamos aparecido sin avisar, extranjeros irrumpiendo en su mundo, este torbellino de sueños. Era, después de todo, un empresario, un trabajador esencial en una industria dependiente de niños y no regulada por nadie. Todo el sistema colapsaría sin personas como él. Chozas habitaba un espacio donde la obsesión nacional chocaba con la pobreza, la fantasía, la vulnerabilidad y la codicia.
En noviembre de 2025, la legislatura de Buenos Aires finalmente aprobó una ley que regula las pensiones operadas por clubes y las externas en la capital. La ley buscaba proporcionar un conteo preciso de estas residencias y sus ocupantes, establecer estándares de salud y seguridad y detallar posibles sanciones por incumplimientos. No está claro cómo se aplicará la ley. No aplica a la provincia de Buenos Aires, fuera de la ciudad, donde se encuentran muchas pensiones, ni al resto de Argentina.
“Nada cambió”, dijo Lorena Oliva, la periodista de La Nación. Después de que se publicara su serie sobre pensiones externas, en 2024, ganó un importante premio de periodismo, pero fuera de eso dijo que la reacción fue silencio. Otras investigaciones que publicó, sobre distintos temas, incluyendo una serie sobre mujeres desaparecidas, resultaron en nueva legislación y atención nacional. Como periodista, estaba desconcertada. Como madre, estaba triste.
“Es la muestra más acabada de que parecería que a nadie le importa realmente”, me dijo. “Me quedo con el sabor amargo de sentir que lo que pasa con esos chicos--lo que está pasando ahora mismo mientras estamos teniendo esta conversación--parece no importarle a nadie”.
De las muchas personas que seguían presionando por reformas, ninguna estaba más desilusionada que Fernando Langenauer.
Langenauer supervisaba la pensión de Independiente en el momento del escándalo. Fue una de las primeras personas en conocer los abusos sexuales en 2018. Exdocente y actor, Langenauer y su pareja de años acababan de tener un bebé, y sabía que estaba sentado sobre una “bomba a punto de explotar” que podía poner en riesgo su futuro.
“Para mí no había zonas grises”, dijo. “O denunciás o sos cómplice. No hay mucha vuelta”.
Después de informar a la policía, Langenauer acompañó a los jugadores a dar sus declaraciones. Las entrevistas se realizaron detrás de un espejo unidireccional. Langenauer quedó horrorizado por el trauma que los chicos soportaron. Un psicólogo le dijo que relatar el abuso como que “te abran el pecho, te saquen todos los órganos, te los vuelvan a poner idénticos”.
Langenauer tuvo que acompañar a dos chicos a hacerse análisis de sangre porque uno de los acusados era VIH positivo (las pruebas fueron negativas). Otra víctima fue puesta bajo vigilancia por riesgo de suicidio.
Langenauer había imaginado que el caso tendría un final inspirador, “como una película americana”. Se imaginaba a las víctimas y sus familias abrazándose en la sala del tribunal. Pero solo hubo un juicio del caso Independiente, seis años más tarde. Ninguna de las víctimas testificó. Al final, no había nadie en la sala —ni Langenauer, ni los medios— ni siquiera el acusado, el árbitro de las inferiores, quien pudo seguir el proceso por Zoom.
La amarga experiencia cambió la vida de Langenauer. Fanático de Independiente de toda la vida, decidió abandonar la organización para fundar una ONG, Validando, que apoya a niños y hombres víctimas de violencia sexual. Cuando me reuní con él por última vez, estaba recaudando fondos. Él y su esposa ahora tienen dos hijas. Langenauer me dijo que nunca podrá volver a ver el fútbol de la misma manera.
“¿Sabés lo que sentí cuando Argentina ganó la copa del mundo en 2022?”, dijo. “La mayoría de estos chicos pasaron por pensiones. Esos chicos que estaban alzando la gloria, levantando la copa, ¿Cuál es el costo? ¿Por qué todos sufren? ¿Por qué los paradigmas del fútbol formativo en Argentina son así? Algo tiene que cambiar”.
En mayo de este año —apenas un mes antes de que Argentina comenzara a defender su título en el Mundial 2026 y ocho años después de que estallara el escándalo— Independiente informó que tres jugadores más habían sido víctimas de grooming. El club denunció los casos a las autoridades.
EN 2025, TOBÍAS obtuvo un lugar codiciado en la pensión de Ferro bajo las gradas. Él y su mejor amigo Lautaro compartían una pequeña habitación con vista al campo, a solo unos pasos, como si los jugadores pudieran extender la mano y tocar sus sueños.
La pensión está pintada con los colores de Ferro, verde y blanco, con lemas inspiradores en las paredes. MIENTRAS TODOS DUERMEN, NOSOTROS SOÑAMOS, decía uno. Cerca de la entrada está la camiseta número 17 de la selección nacional de Marcos Acuña, el alumno más famoso de la pensión. Una amable voluntaria de Ferro llamada Mariél Falcone dirige la pensión; los jugadores la llaman “Tía Mari”.
Tobías y Lautaro fueron convocados a la selección Sub-18 de Argentina, y ambos firmaron recientemente contratos profesionales. Lautaro firmó con un club de tercera división en Brasil, donde gana casi $500 dólares al mes. Ferro, a pesar de nunca haberle pagado, recibió una “cuota de derechos de formación”, que el agente de Lautaro estimó en $20,000 dólares. Tobías firmó un contrato con Ferro que le paga casi $1,000 dólares mensuales, según sus padres.
Contrató a un nuevo agente después de cumplir 18 años y poder tomar la decisión por sí mismo. Tobías envía parte de su salario a Vedia, para ayudar a sus hermanos.
Esta es una investigación realizada por el departamento de Investigaciones Espaciales de ESPN Estados Unidos. John Mastroberardino, de ESPN Researcher, contribuyó a esta historia, al igual que Juanita Ceballos, Macarena Gagliardi y Gert De Saedeleer.
