Durante muchos años, a la Selección de España la desvelaba una obsesión incómoda: volver a la cima que había alcanzado con aquella generación extraordinaria que, entre 2008 y 2012, conquistó dos Eurocopas y ganó el primer Mundial de la historia de la Roja.
Aquella selección de Xavi, Iniesta, Busquets, Xabi Alonso, Villa y Casillas, entre otros, había quedado convertida en una referencia difícil de igualar. Un tótem casi inalcanzable.
Ahora, España volvió. Y lo hizo a lo grande: ganando el Mundial 2026.
Entonces, la obsesión se renovó. Ya no tiene que demostrar que nuevamente está sentada en la mesa de la élite contemporánea. Después de llegar a lo alto, la misión es naturalmente distinta: mantenerse en la cúspide y, quizás, reeditar una dinastía como la que condujo el entrenador Vicente del Bosque.
Luis de la Fuente, el técnico campeón en 2026, tratará de gestionar el equipo para conseguir que la coronación en Nueva York sea el punto de partida de un nuevo ciclo victorioso y no un techo.
La Roja ya recuperó la corona. Desde ahora, en la primera fecha FIFA, seguramente tratará de demostrar que su regreso a la cima no fue una cuestión aislada o efímera.
La primera diferencia: España ya no está buscando una identidad
Hay una frase de Luis de la Fuente que permite entender buena parte de lo que sucedió durante este ciclo. Después del empate 0-0 ante Cabo Verde en el debut mundialista, cuando aparecieron las primeras dudas alrededor del equipo, el entrenador respondió: “Somos campeones de Europa, que nadie se olvide”.
Fue, sobre todo, una declaración de principios.
De la Fuente nunca presentó a esta España como un proyecto experimental. Antes de la cita mundialista de 2026, su ciclo ya había cosechado la Eurocopa 2024 y el oro olímpico en París. Ya era una potencia consolidada y creciente. Por eso, cuando apareció el primer obstáculo, no modificó esa convicción.
España siguió insistiendo con su modelo. Intentó controlar los partidos, dominar desde la posesión de la pelota y someter al rival a partir de su estructura.
Finalmente, esa identidad la llevó hasta el título.
Sin embargo, en todo lo narrado falta algo: la España campeona de 2026 no es la España que dio la vuelta olímpica en Sudáfrica 2010 después del gol de Andrés Iniesta contra Países Bajos cuando ya se escurrían los últimos minutos del tiempo suplementario.
Quizás allí esté una de las claves para entender qué puede ocurrir después del reciente Mundial.
No volvió el tiki-taka: se consolidó una idea actualizada
La España que dominó el fútbol mundial entre 2008 y 2012 tenía una identidad extraordinariamente reconocible. Xavi, Iniesta, Busquets y Xabi Alonso construían una estructura en la que la posesión funcionaba como el auténtico principio rector del juego, mucho más allá de ser un simple recurso identitario.
Había, además, un núcleo muy concentrado alrededor de determinados clubes –especialmente de una era celestial de Barcelona- y una generación que había crecido compartiendo códigos futbolísticos durante años. Aquella España podía reconocerse casi inmediatamente. La actual es bien diferente. Rodri, Pedri, Fabián Ruiz, Dani Olmo y Lamine Yamal forman parte de una generación mucho más híbrida, con jugadores provenientes de distintas “escuelas” y contextos.
España puede controlar, pero también puede acelerar. Puede tener la pelota y, al mismo tiempo, atacar directamente. Puede instalarse en campo contrario o encontrar espacios con jugadores capaces de romper una estructura defensiva.
Y más allá de esa impronta colectiva, posee individualidades que, sin tener demasiado protagonismo, pueden quebrar la historia. Mikel Merino es acaso el mayor exponente.
En el Mundial multisede 2026, el delantero suplente ingresó y liquidó dos partidos cerradísimos: primero contra Portugal, en octavos de final, y luego frente a Bélgica, en cuartos de final. Una eficacia letal.
En ese plano, esta selección española no ganó el Mundial copiando o asemejándose al equipo de Xavi e Iniesta. En 2026 conquistó el título mediante una actualización contemporánea del modelo de control, desmarcándose de la réplica exacta del equipo de 2010.
Esa diferencia es fundamental. No se puede vivir de la nostalgia. De la contemplación de aquel equipo prodigioso.
Precisamente, el Mundial 2026 puede haber sido el punto de quiebre definitivo de una nueva España: la que logró liberarse de unas expectativas que pesaban como ladrillos dentro de una mochila.
El caso Lamine: la bendición que también puede convertirse en un problema
Hay una segunda cuestión que España deberá administrar con mucho cuidado. Tiene nombre y apellido: Lamine Yamal.
A los 19 años, el futbolista ya no es simplemente una promesa ni una aparición extraordinaria. Es una de las grandes figuras del campeón mundial y, por lo tanto, a partir de ahora todo tenderá a pasar por él: cada partido, cada comparación, cada derrota y cada actuación.
De la Fuente tiene claro que el pibe al que Lionel Messi bañó cuando era un bebito –en una increíble sesión de fotos de UNICEF– debe ser integrado dentro de un engranaje colectivo que lo sostenga.
El entrenador español deberá encontrar el equilibrio. Podrá darle la responsabilidad que merece y se ganó, por un lado, pero también tendrá que evitar que el funcionamiento de la selección dependa excesivamente de lo que genere un futbolista que aún está en etapa de crecimiento y maduración.
Para eso está el resto de la estructura, especialmente desde el mediocampo hacia el arco contrario. Con Rodri como referencia y con Pedri como conductor. Con Fabián como el ícono del equilibrio y con Dani Olmo como recurso ofensivo.
En este contexto, es evidente que la gran estrella de Barcelona puede ser el rostro de una generación, la figura marketinera, pero esa misma generación no puede depender de una sola cara. Ni de la magia que Lamine esconde en sus botines.
Hay una historia que España no puede olvidar
Quizás el antecedente más incómodo para esta selección esté a apenas 12 años de distancia. España fue campeona de Europa en 2008, alzó la Copa del Mundo en Sudáfrica 2010 y volvió a ganar el título de Europa en 2012. Después, no obstante, llegó el Mundial Brasil 2014 y el campeón cayó en la primera fase. Alpiste, perdiste.
En su libro “Ganar y perder: La fortaleza emocional”, Vicente del Bosque, entrenador de aquel equipo multicampeón, cuestionó varias de las explicaciones que aparecieron después de aquella eliminación.
No habló de una selección que hubiera perdido las ganas de competir. No atribuyó la caída a una supuesta soberbia de los campeones. Tampoco aceptó que hubiera existido un problema de convivencia dentro del grupo.
El problema, según su propia explicación, fue futbolístico. España simplemente no jugó como debía.
“Con la derrota más dolorosa que he podido vivir, la eliminación del pasado Mundial de Brasil, en el cuerpo técnico teníamos la sensación de que todo estaba bien preparado, que habíamos entrenado bien. Veíamos un espíritu igual o mejor que en Sudáfrica 2010”, escribió.
“Hubo quien opinó que estos jugadores estaban engreídos, henchidos en la victoria. Y no es así”, argumentó. “Se dudó y se insistió en que hubo una mala convivencia. No me cansaré de decirlo: eso no es verdad”, añadió.
“No perdimos por creernos mejores, esa superioridad tan mala para un deportista. Esa suficiencia de la que algunos nos acusan. Perdimos por cuestiones futbolísticas que no son fáciles de explicar. Pero la derrota hay que entenderla como parte de este juego”, sentenció Del Bosque.
Hay, en esas líneas de texto, una enseñanza incómoda sobre aquella experiencia: ganar no garantiza que un equipo campeón siga ganando. Ni siquiera cuando los futbolistas mantienen el hambre, cuando la preparación es buena o cuando el vestuario está unido.
Todo aquello que funcionó durante años puede dejar de hacerlo de un momento para otro.
Del Bosque fue particularmente crudo. Se recurrió a la falta de motivación, a la relajación y a distintos eufemismos. Según su análisis, todo se resumía en lo futbolístico: no habían jugado como tenían que jugar.
Si la Roja quiere estirar su reinado, deberá tener memoria sobre aquella enseñanza.
La defensa de la corona empieza mucho antes del próximo Mundial
La prueba de fuego, entonces, no será solamente llegar a 2030 y tratar de repetir el título mundialista. Empezará, por supuesto, mucho antes. Porque además, los ojos del planeta se posarán con mayor insistencia sobre el campeón.
Seguramente, Rodri seguirá siendo una pieza central, pero alrededor suyo habrá que construir la continuidad del ciclo. También habrá que determinar quiénes serán los referentes, cómo se repartirán las responsabilidades y cuánto podrá cambiar o flexibilizarse el equipo sin perder la identidad.
En ese sentido, el Mundial 2026 dejó señales: Rodri fue el MVP, Unai Simón se transformó en el arquero más destacado y Pau Cubarsí, el mejor jugador joven del torneo.
Aun así, con tantas variantes posibles, por supuesto estará Lamine. ¿Cómo se administra su protagonismo? ¿Hasta dónde puede llegar una selección que tiene a un futbolista de 19 años convertido ya en una de las figuras más determinantes del mundo?
Son preguntas que un equipo que todavía está celebrando un Mundial puede permitirse ignorar durante algunas de las próximas fechas FIFA. Pero no durante mucho tiempo más.
España: ¿Es posible una segunda dinastía?
La España campeona mundial de 2010 alcanzó una cima altísima. La había construido antes y la sostuvo durante algunos años. Construyó, sin duda, uno de los ciclos más extraordinarios de la historia del fútbol de selecciones, aunque también sufrió una caída abrupta.
La España de 2026 llega a ese mismo lugar desde otro camino. Tiene otro entrenador, otra generación, otra manera de jugar y una estrella de apenas 19 años.
Pero, sobre todo, tiene una experiencia que aquella selección no tenía: la posibilidad de mirar hacia atrás y aprender de lo que ocurrió en el pasado.
Tal vez esa sea la verdadera diferencia.
No se trata de evitar nuevas derrotas, porque eso es imposible. Del Bosque lo sabe mejor que nadie. En el fútbol también se pierde, incluso cuando se hace todo bien.
El objetivo pasa por construir una estructura capaz de resistir los tropiezos inevitables del juego. Porque España ya no jugará para demostrar que volvió a lo más alto. Lo hará –y todos lo saben– para demostrar que puede seguir surfeando en la cresta de la ola.
Y allí empieza el verdadero desafío: ¿puede esta nueva España construir una segunda dinastía?
El futuro está por escribirse.
