¿La de Scaloni es la mejor Selección Argentina de la historia?

Quizás la final contra España dejó un gusto amargo y empezó a empañarnos la mirada. Después llegaron las teorías conspirativas, alimentadas de manera sistemática en redes. Más tarde se corrió el velo sobre lo que había transitado Lionel Messi durante el Mundial, esperando los mensajes que nunca llegaban: los de Jorge, su viejo, quien murió el 8 de agosto.

La puñalada del paso del tiempo apareció cuando el capitán dijo adiós, hasta aquí llegué, con una carta de puño y letra, sobre papel, con una lapicera de Harry Potter.

En esta época todo pasa rápido. Demasiado rápido. Somos ansiosos casi por contagio. No hay tiempo de asimilar nada.

Pero hace no tanto tiempo hubo una noche eterna, después de la remontada épica contra Inglaterra: otro 2-1 tan mítico como el del Azteca. Messi cayó de rodillas sobre el césped, con los puños apretados y los brazos que se movían como si activara un martillo neumático.

Si en Qatar 2022 Leo pudo mirar a la tribuna y decir “Ya está, ya está”, ahora tuvo su victoria contra Inglaterra, su partido épico, su propia versión del triunfo que, en 1986, erigió a Diego Armando Maradona en prócer, según apuntó alguna vez ese hombre de goles inolvidables y palabras exquisitas llamado Jorge Valdano.

Aun así, Messi era el símbolo. Había algo de lo que era parte pero que también lo excedía. En un país acostumbrado al desacuerdo permanente, hubo, ese día, un misterioso consenso: Argentina ya no era el mejor seleccionado de fútbol de la historia de la celeste y blanca, sino el mejor equipo del deporte colectivo en la historia argentina.

¿La mejor Selección Argentina de la historia? ¿No estamos exagerando?

El ciclo Scaloni se mandó derechito al Olimpo, muy probablemente sobre la Generación Dorada, un equipo que revolucionó al planeta: Argentina fue la primera en vencer a Estados Unidos desde que los norteamericanos juegan con profesionales (Indianápolis 2002) y el único en arrebatarle a los NBA el oro olímpico desde que apareció el Dream Team, en 1992, hasta la actualidad (Atenas 2004).

Ahora, mientras masticamos la angustia por el retiro de Messi y contemplamos el Mundial 2026 sin la espuma ni la lava volcánica de aquellos días, es lícito y hasta esperable preguntárselo de nuevo y en serio: ¿la de Scaloni es la mejor Selección Argentina de fútbol de la historia?

La respuesta rápida es sí.

Y la lenta, más reflexiva y elaborada, es tan contundente como aquella: sí, sí y sí.

El cuerpo técnico también integrado por Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Fabián Ayala, permitió dejar atrás una dicotomía crecida hasta el hartazgo: la de César “el Flaco” Menotti contra Carlos “el Narigón” Bilardo, también campeones del mundo, aunque enfrentados en una guerra que terminó caricaturizándolos y desnaturalizando todo lo que podían aportar, aun en el disenso, al fútbol nacional.

¿Qué significa ser la mejor? Saquemos una hoja…

A la hora de definir qué significa “la mejor” también es posible hacerse muchas preguntas. ¿La Selección Argentina con mayor talento individual? ¿La que se impuso sobre los mejores equipos de su época? ¿La que produjo la obra futbolística más revolucionaria y perdurable?

Todo eso sería discutible. Y hasta pantanoso.

Si la etiqueta calza, en cambio, para la Selección Argentina más completa y más ganadora durante un ciclo prolongado, ahí “la Scaloneta” parece elevarse sobre el resto.

La vuelta olímpica en el Maracaná, en la Copa América 2021, fue romper la pared y dejar atrás 28 años sin títulos. Después llegó la Finalissima 2022, con un “pesto” antológico sobre Italia, y la coronación mundialista, la tercera estrella, en Qatar 2022. Y siguieron los éxitos: una nueva corona en la Copa América 2024, el “paseo” a Brasil en el 4-1 en el Monumental, sin Messi, y el Mundial de las remontadas y otra final en la Copa del Mundo 2026.

Ahí sí, no hay comparación posible. Ninguna de las selecciones nacionales anteriores pudo sostener, durante un lapso tan prolongado, una serie de éxitos semejantes.

Menotti llegó al Everest: subir a la cima no significa poder sostenerse

Quizás la mayor huella de César Luis Menotti, a la par de la corona en el Mundial Argentina 1978, sea la de haber conseguido que la Selección fuese prioridad para el fútbol nacional. Que las mezquindades internas, especialmente de los “clubes grandes”, quedaran archivadas.

Además, “el Flaco” le dio su impronta al equipo, porque pretendía que representara cierta identidad nacional: un fútbol creativo y ofensivo, cercano al pueblo, al hincha. Logró, además, un rendimiento físico a la altura de las potencias europeas, algo que, hasta allí, parecía inalcanzable para la celeste y blanca.

Llegó cuestionado a la etapa final de la preparación mundialista, pero pudo sacar lo mejor de su repertorio y lo trasladó al equipo, cincelando un equipo que rugió en el Monumental en una inolvidable final contra Holanda, para darle a Argentina su primera Copa del Mundo.

Al año siguiente, Menotti condujo al seleccionado que, con Maradona como estrella, ganó el Mundial Juvenil 1979.

El problema fue que todo el resto del ciclo estuvo enfocado en el Mundial de España 1982. La Selección llegó cargada de expectativas. Tenía la base de los campeones de 1978 y se le sumaba Maradona en su esplendor.

La derrota frente a Bélgica, en el debut, fue la primera señal de alarma. Luego llegaron los triunfos sobre Hungría y El Salvador. La segunda fase la dejó cara a cara contra Italia y Brasil: cayó 1-2 con la Azzurra y 1-3 con la Verdeamarilla, en un partido en el que Maradona terminó expulsado, ya que, debido a su frustración, metió un alevoso planchazo.

De la vuelta olímpica en casa, a una amarga despedida mundialista, el ciclo Menotti se fue quedando sin luces.

Bilardo y su olfato: el Narigón de los Mundiales

Durante la Copa del Mundo 2026, la comparación fue inevitable. Las historias mundialistas de la Argentina de Scaloni se parecían a la de Bilardo: consagración épica en la primera cita de cada uno, en México 1986 y Qatar 2022 –después de un comienzo errático en ambos casos–, y equipos que llegaron a la final del Mundial siguiente parchando sus falencias, lejos de la plenitud, cargados de mística ganadora, en Italia 1990 y en el multisede 2026.

También podría tenderse un puente entre los Mundiales ganados por el Diego y Messi: ellos como centro del universo futbolístico, pero con equipos argentinos con identidad clara, partidos de enorme nivel técnico colectivo y finales ganadas con fútbol y guapeza, superando los golpes de tenerlo casi ganado y casi perdido, hasta que Jorge Burruchaga y “Cachete” Montiel, cada uno a su modo, sellaron el pasaporte a la eternidad.

Maradona pasó a ser “D10s” en el Azteca y Messi se sacó la mochila para siempre en Lusail. “Ya está, ya está”.

Líneas paralelas entre Scaloni y Bilardo

La cuestión, sin embargo, es analizar esos ciclos sin Mundiales. Bilardo, polemista, se escandalizaría con esta propuesta. Pero aquí, en estas líneas, debemos hacerlo.

Con campañas irregulares y críticas despiadadas hacia la falta de solidez del equipo –la clasificación mundialista fue agónica, contra Perú–, “el Narigón” adelantó la partida hacia la gira previa a México porque temía que lo derrocaran antes del Mundial.

La gloria llegó después. “Perdonanos, Bilardo”, fue gorro, bandera y vincha.

Aun así, la Copa América 1987, jugada en casa, fue paupérrima: un triunfo en cuatro partidos y un cuarto puesto para el olvido. En 1988, la Selección ganó apenas uno de sus siete partidos. Al año siguiente, dos triunfos en 11 juegos. ¿Y en el ’90? Un partido ganado sobre cinco disputados antes del Mundial.

Lo curioso y a la vez meritorio fue que “el Narigón” olfateó mejor que nadie cómo encarar cada partido de sus dos Mundiales: en un ciclo de ocho años deslucido en cuanto a fútbol y resultados, consiguió que las Copas del Mundo fueran sus obras cumbres.

Si Qatar fue la obra futbolística más redonda del ciclo Scaloni, el 2026 puede ser leído como la demostración de que esta generación también sabía competir cuando el juego colectivo y virtuoso ya no alcanzaba para resolverlo todo.

En ese plano, ambas selecciones –la de Scaloni y la de Bilardo– mostraron otra dimensión de los grandes equipos: la capacidad de llegar lejos incluso sin estar permanentemente en su versión más brillante.

La comparación más potente: picos vs. duración

Los picos de Menotti y Bilardo fueron enormes. La diferencia de Scaloni fue la duración. “El Flaco” pintó la primera estrella en Argentina 1978. Bilardo tiene su México 1986 y, competitivamente, el milagro de Italia 1990.

Scaloni posee algo distinto: un ciclo entero instalado en la élite. Eso es probablemente lo más difícil de conseguir.

Ese vuelo supone otra dimensión. E implica renovación, gestión de egos, adaptaciones tácticas de torneo a torneo y dentro de un mismo campeonato y, en definitiva, una interminable capacidad de reinventarse sin perder competitividad.

Scaloni y el fin de la grieta Menotti-Bilardo

A esta altura, ya no es solamente que Scaloni ganó más. Él heredó las dos grandes tradiciones del fútbol argentino y construyó una tercera vía. Scaloni logró una síntesis entre el lirismo de Menotti y la obsesión táctica de Bilardo.

Como jugador, de hecho, pasó por Newell’s y Estudiantes, un elemento muy singular que rescató el periodista y escritor Alejandro Wall en su libro “Revolución Scaloni”.

“Así como Newell’s tenía la marca de su escuela futbolística, un club con formadores como Griffa y Bielsa, Estudiantes también tenía una línea marcada en la tradición iniciada por Osvaldo Zubeldía y continuada por Carlos Bilardo”, sintetizó.

“Scaloni, el entrenador que curó la grieta del fútbol argentino”, tituló FIFA.com el 2 de julio pasado, cuando el entrenador cumplió 100 partidos al frente de la Selección. “Con su impronta, curó una grieta que parecía definitiva. Su figura reúne la mirada sencilla del futbolista y la complejidad analítica del entrenador estudioso”, destacó ese texto.

“Scaloni construyó mucho más que un equipo ganador. Reunió tradiciones que parecían irreconciliables, convenció a una generación de futbolistas y devolvió a la Selección Argentina a la cima del mundo. En un país acostumbrado a discutir de qué lado de la grieta futbolera está cada uno, él encontró una rara excepción: convertirse en el punto de encuentro”, añadió ese artículo de FIFA.

De Menotti a Scaloni, la parábola completa

Menotti, como director de Selecciones, brindó un respaldo clave al ciclo Scaloni. El actual técnico de la celeste y blanca dijo que al “Flaco” le estarán eternamente agradecidos.

En su biografía oficial, escrita por el periodista Diego Borinsky, Scaloni contó la primera reunión con Menotti en la AFA. “Una pregunta fue qué sistema de juego era su preferido. ‘A mí me gusta el sistema de juego que me lleva a ganar’, nos respondió”, explicó el hombre nacido en Pujato.

De Menotti, “el otro Lionel” parece haberse llevado la confianza en cada futbolista, el amor por la pelota, el valor del juego, la búsqueda de una identidad.

De Bilardo captó el estudio del rival, la preparación, la obsesión por los detalles, la adaptación y el pragmatismo.

Igualmente, Scaloni no es simplemente una mezcla matemática, una suma de las cualidades del “Flaco” y el “Narigón”. Es la flexibilidad sin perder identidad. Lo que antes parecía una discusión filosófica y hasta ideológica, pasó para él a ser una cuestión práctica.

Se corrió de esas dos veredas opuestas. Del jugar o ganar. De la estética o el resultado. De Menotti o Bilardo.

La Argentina de Scaloni fue campeona mundial en 2022 y subcampeona en 2026 jugando partidos extraordinarios pero también sufriendo, pasando por arriba a sus rivales o con remontadas casi inverosímiles, con dibujos tácticos prodigiosos o con tandas de penales que generaron infartos por doquier.

Menotti le dio entidad absoluta a la Selección y fue el primero en ganar un Mundial. Bilardo la llevó al extremo de la preparación y los detalles, mientras disfrutaba de la que seguramente fue la mejor actuación individual de un futbolista sobre la Tierra: la del Maradona en 1986.

Scaloni los sintetizó y edificó el ciclo más exitoso de una Selección Argentina que fue capaz de ganar en modo celestial o de volver del infierno para sentirse en el cielo.

Y lo hizo durante años, sin abandonar jamás la excelencia.