Mal día para los nostálgicos: esta vez Leo Messi sí se va

Amaneció frío, gris, opaco. Mal día para los nostálgicos. Mal día para los pesimistas que despertamos convencidos de que no habrá otro igual.

Leo se va. De verdad se va esta vez.

Esa horrible imagen se repite en loop y provoca un retorcijón en el estómago. Messi se desploma sobre el césped, esta vez sí con un semblante rendido, sabiendo que todo terminó. Baja la cabeza, traga saliva espesa y, seguramente, todas las fichas empiezan a caer.

Ya se sacó los botines cuando el sonido lo obliga a erguir la cabeza. Entonces hace contacto visual con los argentinos en New Jersey que le cantan, orgullosos, a una Selección que logró conmoverlos. Le cantan a él, que nos eligió, a pesar de todo y para siempre.

Es ahí cuando las lágrimas siguen cayendo, pero ya no son las mismas. Con una sola mirada, Leo sella la reconciliación definitiva con quienes alguna vez se atrevieron a cuestionarlo. La gratitud de millones lo abraza en el coro de apenas unos miles que pudieron llegar al MetLife.

El 10 se transformó, sin buscarlo jamás, en un modelo de perseverancia porfiada, de genialidad humilde y de liderazgo intrínseco. Se puso la camiseta más pesada de la historia y la honró, multiplicando su grandeza hasta el infinito, hasta volverla casi imposible de usar.

Se va llorando, triste y frustrado por no levantar la Copa una vez más. Y esa es, posiblemente, la parte más antipática de toda esta historia. Se va porque alguien dice que hay una edad para irse. O porque quiere irse pleno.

Se va porque siempre puso al equipo por delante de sus intereses y porque ya no puede dar garantías de lo que sucederá dentro de cuatro años.

Pero, ¿quién puede dar garantías en estos tiempos?

¿Por qué se va?

Por favor, que se quede un rato más.