Mundial 1986: El partido más importante de la historia de los Mundiales

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Elijo creer: Argentina jugará con la camiseta azul ante Inglaterra (0:58)

A punto de cumplir cien años, las Copas del Mundo regalaron emociones de todo tipo a los que disfrutan a diario del fútbol pero también a quienes se suman a la fiesta para la ocasión. Y aunque no faltará el que lo discuta, no parece haber ningún partido en todo este tiempo que haya igualado en trascendencia al que se jugó el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca entre Argentina e Inglaterra. Ese día en el que un hechicero desplegó todos sus trucos y dejó marcado a fuego en la memoria colectiva un partido, que atravesó a la vez otras dimensiones bien distintas de las del fútbol.

Poco antes de que se vuelvan a ver las caras dos de los seleccionados más importantes del mundo, ese encuentro vuelve a ser una referencia ineludible. Sobre todo en Buenos Aires donde, como muestra de lo que aún hoy significa ese hito futbolero nacional, desde antes del Mundial se proyecta la película “El Partido”. Basado en el magnífico libro homónimo de Andrés Burgo sobre ese encuentro, el filme tiene a Jorge Valdano y Gary Lineker como narradores, y testimonios entre otros de Oscar Ruggeri, Julio Olarticoechea, John Barnes y Peter Shilton.

Tal fue la importancia que se le dio históricamente a ese partido que quedó más grabado en el recuerdo que la final de ese mismo torneo, en la que Argentina consiguió una dramática victoria 3-2 ante Alemania Federal para quedarse con su segundo título, el primero obtenido fuera de sus tierras.

Los dos llegaban muy bien

Con Diego Maradona en el mejor momento de su carrera, Argentina había alcanzado los cuartos de final sin dejar dudas sobre su nivel. Atravesó la fase de grupos con relativa comodidad luego de vencer 3-1 a Corea del Sur en el debut, igualar 1-1 tras haber estado en desventaja contra el campeón defensor, Italia, y superar con claridad por 2-0 a Bulgaria para asegurar el primer puesto de la zona. En octavos de final, aunque sufrió en el cierre, venció con absoluta justicia por 1-0 a Uruguay en el clásico rioplatense.

Por su parte, Inglaterra venía de reponerse de un comienzo fallido del Mundial, que había arrancado con una impensada caída 1-0 frente a Portugal y un también decepcionante 0-0 contra Marruecos. El 3-0 a Polonia en el último partido salvó las papas y aseguró la clasificación, y la victoria por el mismo marcador contra Paraguay en octavos de final ratificó la levantada. Además había aparecido con todo el goleador Gary Lineker, con un hat-trick en el primer tiempo contra los polacos y un doblete frente a los guaraníes.

Una previa con el fantasma de la guerra

Habían pasado cuatro años desde la Guerra de Malvinas. El conflicto bélico con Gran Bretaña, que dejó 649 muertos argentinos, era una herida abierta en la sociedad y el partido refrescaba una memoria incómoda. Los protagonistas, mientras tanto, trataban públicamente ante las consultas periodísticas de explicar que el partido no era más que fútbol. Pero sus palabras chocaban contra una marea muy difícil de frenar, e incluso contra lo que ellos mismos, en algunos casos, confesaban fuera de micrófono: era imposible abstraerse de aquello.

Algunos medios de comunicación, sobre todo en México, promocionaban frívolamente el partido como una reedición de la guerra. Dentro de ese clima, la victoria ante un país al que se consideraba casi unánimemente como un enemigo político -y donde, como en 1982, la primera ministra todavía era Margaret Thatcher- pasó a ser una obligación patriótica entre los hinchas argentinos.

Camisetas compradas de apuro y con el número cosido la noche anterior

Sabiamente, Carlos Bilardo trató de centrarse en lo que pasaba dentro del campo de juego y en ajustar todos los detalles posibles. Así fue como el entrenador notó que las casacas azules usadas por los argentinos frente a Uruguay habían absorbido el agua de la lluvia caída durante el partido y multiplicado su peso. Obsesivo como era, ordenó su inmediato reemplazo sin importar los costos, ya que Argentina iba a tener que vestir otra vez de azul frente a Inglaterra.

Cuentan que hubo que comprar de apuro en una tienda de la capital mexicana unas camisetas azules, a las que se les cosieron en la noche previa al encuentro el logo de Le Coq Sportif y los números de los dorsales -que fueron brillantes, como los del fútbol americano. Eso sí: permitían que el aire circulara, tal como quería Bilardo. Creer o reventar, la respuesta física del equipo en el final del partido fue mucho mejor que en el partido ante los uruguayos.

Con VAR, no había primer gol… y tampoco segundo

Aunque Argentina fue algo mejor en el primer tiempo, hubo que esperar hasta el complemento para que esa superioridad se plasmara en el resultado. De los dos goles de Diego y su simbolismo se ha hablado y escrito hasta el hartazgo. Para muchos de los argentinos, el primer gol, convertido con la mano, fue reivindicado como “un robo al ladrón” que ocupa las Malvinas. Dentro de esa narrativa, el segundo, su contracara, es la muestra de la superioridad técnica sobre el adversario, con la consumación de una obra que sólo puede realizar un elegido.

Se dijo bastante que con las reglas actuales el primer tanto habría sido anulado por el VAR. Pero hay otra verdad más incómoda: tampoco hubiera sido convalidado el segundo ya que la jugada se inició con una clara falta de Batista a Hoddle que el árbitro ignoró, y a partir de ahí ya no hubo cambio de posesión hasta que Maradona dejó despatarrados a cuatro ingleses y al arquero Shilton para meter la pelota en el fondo del arco. Por suerte para Argentina y para el fútbol, esa historia ya está escrita y es inamovible.

Un relato inmortal para un gol inmortal

El segundo gol de Maradona encontró en la narración de Víctor Hugo Morales el acompañamiento perfecto. Aunque en los primeros años posteriores al tanto, el propio relator uruguayo renegaba del tema por considerar que no cumplía con las reglas profesionales, con el tiempo terminó por amigarse con ese maridaje perfecto.

Aún hoy se habla de Diego como el “Barrilete Cósmico” por la mención que hace Víctor Hugo en su relato. Durante años el gran público ignoró que aquello había nacido de una declaración de César Menotti en una entrevista previa al Mundial, en la que había afirmado que Diego estaba “un poco como un barrilete”, con un cierto tono despectivo. A Morales, que sostenía un agrio enfrentamiento con el entrenador campeón del mundo en 1978, aquello le quedó flotando y lo reconfiguró con un significado positivo.

Argentina encontró el equipo, con un reemplazo que hizo el otro milagro

Para el partido ante Inglaterra, Bilardo se vio obligado a reemplazar en el lateral izquierdo al cuestionado Oscar Garré, que contra Uruguay había visto la segunda tarjeta amarilla y debía purgar una fecha de suspensión. En su lugar ingresó Julio Olarticoechea, que ya no dejó la titularidad hasta el final del torneo. El Vasco prefería jugar como volante central, pero en ese puesto era inamovible Sergio Batista, y entonces encontró su lugar en otra de las funciones que cumplía muy bien.

Le tocó al por entonces jugador de Boca ser el protagonista de una de las jugadas históricas de ese partido. En los minutos finales y ya con el resultado 2-1 a favor de Argentina, John Barnes desbordó por enésima vez por la izquierda para sacar un centro llovido al segundo palo que superó al arquero Nery Pumpido y cayó justo a la cabeza del goleador Lineker, que ya había anotado el descuento. Olarticoechea improvisó un recurso llamativo: saltó delante del inglés e impactó con su nuca la pelota, que siguió hacia la derecha.

Algunos llegaron a hacer una analogía con el primer gol de Diego y hablaron de “La nuca de Dios”. Aunque pueda parecer demasiado, esa parte puntual de la anatomía de Olarticoechea, en apariencia tan poco propicia para el fútbol, salvó a Argentina de un empate seguro.

Sin la magia del 10, hoy no sería El Partido

Las circunstancias en las que se jugó aquel choque de cuartos de final de 1986 son irrepetibles. El contexto de la guerra cercana y un protagonista de las características de Diego Maradona, que trascendía la escena del fútbol y jugaba en el tablero político, lo volvieron especial. Pero es lícito presumir que lo que hizo inmortal a aquel partido fue no sólo el contexto, sino lo que un jugador con la camiseta número 10 hizo dentro del campo en esas circunstancias tan especiales. Sin esa magia de un artista único, tal vez aquel partido podría haber quedado como uno más en la rica historia de los Mundiales.

No tiene demasiado sentido pensar cómo se podría haber escrito la historia. Lo que pasó, pasó, como diría el poeta. Sólo cabe disfrutarlo y esperar que el miércoles llegue una nueva historia para alegrar los corazones, aunque siempre será imposible compararlo con aquel partido de hace 40 años que marcó la vida de tantos.