Cada partido, un sufrimiento: Argentina volvió a jugar poco pero está en semis del Mundial 2026

Parece que el ser argentino viene inevitablemente de la mano del sufrimiento. Como se repitió tantas veces en estos días: "Si no se sufre, no vale". Esa frase, que parece una simple ocurrencia futbolera, en realidad resume una forma de vivir los Mundiales. No importa la época, el entrenador o los protagonistas. Cada Copa del Mundo tuvo su cuota de angustia. Y la victoria de Argentina sobre Suiza, que selló el pase a las semifinales de la edición 2026, volvió a demostrar que esta historia nunca cambia.

El sufrimiento, una marca registrada del fútbol argentino

Si se le pregunta a cualquier argentino futbolero, sin importar la generación que le tocó vivir, seguramente recordará un partido que lo hizo sufrir hasta el último segundo.

En el Mundial de 1978, las emociones estuvieron presentes desde la clasificación a la final y alcanzaron su punto máximo en aquella inolvidable definición frente a Países Bajos. Ocho años más tarde, en México 1986, el equipo de Carlos Bilardo parecía tener todo controlado cuando ganaba 2-0 la final. Sin embargo, Alemania reaccionó, empató el encuentro y obligó a vivir minutos de máxima tensión. Después apareció el inolvidable gol de Jorge Burruchaga para que Diego Maradona levantara la Copa.

Con el paso de los años, los ejemplos siguieron acumulándose. El más reciente quedó grabado para siempre en la memoria colectiva: la final de Qatar 2022. Aquella que muchos consideran la mejor de todos los tiempos. Cuando parecía perdido, apareció la atajada eterna de Emiliano Martínez sobre el cierre del suplementario y, otra vez, los penales transformaron el alivio en gloria.

Porque ser argentino también es eso: saber que, antes de festejar, siempre hay que sufrir.

Estados Unidos 2026: otro Mundial escrito con el mismo guion

El campeón del mundo llegó a la Copa organizada por Estados Unidos, México y Canadá con la ilusión de defender el título. El comienzo fue prometedor, aunque los propios futbolistas ya lo habían advertido: "Vamos a sufrir". Y el tiempo les terminó dando la razón.

Ante Cabo Verde, el conjunto de Lionel Scaloni mostró signos de desgaste, le costó encontrar juego y parecía quedarse sin respuestas. Pero apareció el de siempre. Lionel Messi volvió a rescatar al equipo y, acompañado por un grupo de guerreros, sostuvo la ilusión. Sobre el final, Cristian "Cuti" Romero puso la cabeza cuando más hacía falta y todo terminó en una fiesta en Miami.

Luego llegó Egipto. Muchos esperaban volver a ver al equipo que maravilló en Qatar, al que goleó a Brasil en el Monumental o dominó las Eliminatorias Sudamericanas. Sin embargo, apareció otra vez el viejo compañero de viaje: el sufrimiento.

Si frente a los Tiburones Azules fue un calvario, contra el seleccionado de Mohamed Salah fue una verdadera epopeya. La Albiceleste perdía 2-0 cuando restaban poco más de diez minutos y la eliminación parecía inevitable. Pero este equipo volvió a demostrar que nunca baja los brazos. Otra vez surgieron Romero, Messi y un enorme cabezazo de Enzo Fernández para firmar una remontada inolvidable y agregar un nuevo capítulo al diccionario del sufrimiento argentino.

Suiza volvió a poner a prueba el corazón argentino

Los cuartos de final parecían la oportunidad ideal para que la Selección Argentina consiguiera una clasificación sin sobresaltos. Durante un rato, dio esa sensación. El equipo salió decidido, dominó el comienzo y golpeó rápido para ponerse en ventaja antes de los diez minutos.

Pero el segundo tiempo cambió el escenario. Suiza encontró el empate y la incertidumbre volvió a instalarse. Una vez más, cada hincha sintió que el reloj avanzaba demasiado lento y que el sufrimiento volvía a apropiarse del partido.

Ni siquiera la expulsión de Embolo simplificó las cosas. Todo hacía pensar que el encuentro se jugaría cerca del área europea, pero el equipo de Scaloni chocaba una y otra vez contra sus propias limitaciones. Faltaban ideas, sobraban nervios y la angustia volvía a recorrer cada rincón del país.

Entonces apareció Julián Álvarez. El delantero sacó un remate espectacular, la colgó del ángulo y desató un grito contenido durante varios minutos. Después llegó el tanto de Lautaro Martínez, el que terminó de liquidar la historia y confirmó que la Argentina disputará su séptima semifinal mundialista.

La deuda futbolística y una identidad que no cambia

La realidad indica que el conjunto de Lionel Scaloni todavía está en deuda desde el juego. Por momentos espera demasiado, pierde el control de los partidos y permite que los rivales lo lastimen más de la cuenta. Es ahí donde vuelve a aparecer ese sentimiento que acompaña al fútbol argentino desde hace décadas.

Ahora el desafío será Inglaterra, otro gigante, otro examen y, probablemente, otra jaornada para el infarto. ¿Se podrá ganar sin sufrir? Nadie tiene la respuesta.

Lo que sí parece una certeza es que, cuando juega la Selección Argentina en un Mundial, el corazón de millones late al mismo ritmo. Da igual si fue en una casa, en un bar repleto, en una plaza o en cualquier rincón del país y del mundo donde hubo un argentino alentando. El sufrimiento volvió a hacerse presente. También el desahogo, los abrazos interminables, los gritos desaforados y hasta las lágrimas.

Porque el argentino no eligió convivir con el sufrimiento: el sufrimiento lo eligió a él. Y mientras al final del camino aparezca la ilusión de levantar otra Copa, cada angustia habrá valido la pena. Porque en la historia de la Albiceleste, nuestra historia, las páginas más gloriosas siempre se escribieron con el corazón en la mano.