El fantasma de Italia 90: la conexión (¿caprichosa?) de esta Argentina con el Mundial más mágico de la historia

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Yakin sobre Argentina: "Va a ser un partido muy interesante en lo táctico" (0:32)

Magia. Si hubiera que resumir la sensación que atravesó a Argentina durante el Mundial de 1990, la mayoría apelaría a lo sobrenatural. Porque desde la lógica era muy difícil explicar la supervivencia de un equipo que en todo momento parecía al borde de la eliminación y atravesó todos los escollos hasta llegar a la final, con el apoyo clave de un Sergio Goycochea iluminado, al que le quedaría para siempre su fama de atajador de penales.

Entre los que tuvieron la suerte de vivir aquello y también el tránsito difícil de la Selección en este Mundial, más de uno hizo la conexión con aquel torneo que, aunque irrepetible, tiene algunos puntos de contacto con este.

Conviene igual, en nombre de la justicia, aclarar algo que no cuentan los resultados: esta Argentina, incluso con sus dificultades, se encuentra futbolísticamente muy por encima de aquella, que entre otras cosas tuvo una mano grande del azar en partidos como el de octavos de final ante Brasil, cuando los palos la salvaron tres veces antes de ganar 1-0.

Siempre el 10

Diego Maradona había dejado la vara tan alta con su actuación en 1986 que hay quien asegura que nadie podrá volver a alcanzar ese nivel. A 1990 llegó con 29 años que no eran los de ahora para los deportistas profesionales y un tobillo hinchado a niveles inadmisibles para alguien que quisiera no ya jugar al fútbol sino caminar con normalidad. Así y todo, el 10 se las ingenió para ser otra vez el gran emblema de un equipo que, como siempre, lo necesitaba. No alcanzó el nivel que había tenido cuatro años antes -tal vez lo único imposible para él- pero siguió siendo fundamental con las herramientas que podía dar. Con una corrida memorable para dar el pase del gol a Claudio Caniggia en la victoria contra la verdeamarela, tan épica como injusta de acuerdo al trámite del partido. O también, aunque no se lo recuerde tanto, para forzar en cuartos de final ante Yugoslavia la expulsión a Refik Sabanadzovic.

La Argentina de hoy vuelve a girar al compás de otro 10 que hace posible lo que parece imposible. Uno que en el Mundial pasado jugaba en PSG y ahora lo hace en Inter Miami. Pero el retroceso profesional que eso podría implicar no se vio en su nivel dentro del campo de juego. Lionel Messi tal vez no muestre hoy el nivel casi perfecto que mostró en Qatar, algo que haya tenido tal vez como principal síntoma los dos penales que no pudo convertir en este torneo. Pero eso es apenas una mácula en un Mundial en el que marcó 8 goles y se convirtió en el máximo anotador histórico de la competición, sumado a que lleva nueve partidos consecutivos anotando. Sigue siendo clave en el funcionamiento de Argentina e incluso aparece como ante Egipto, después de haber jugado mal casi todo el partido, para meter 20 minutos finales impresionantes y hacer su magia otra vez.

Como aquel Maradona, Messi es el emblema de un equipo que va para adelante y se resiste a dejar de ser el campeón del mundo.

Bajar el nivel está permitido pero perder no

“Nunca subestimes el corazón de un campeón”. Aquella gran declaración de Rudy Tomjanovich, director técnico de Houston Rockets, luego de ganar el título de la NBA en 1995, fue una de las más escuchadas por estos días luego de que la Selección diera vuelta el encuentro contra Egipto.

Salta a la vista que la Argentina de este Mundial no alcanzó, al menos por ahora, la excelencia de los rendimientos del campeón del mundo de 2022. El juego no fluye de la misma manera, aparecieron falencias defensivas importantes y se depende mucho de lo que pueda generar Messi para llegar al gol. Pero ya quedó claro también que cuando las cosas no salen aparece ese valor intangible de los grandes equipos que, cuando no pueden jugar bien, activan los resortes necesarios para no perder. Aunque sea con Julián Álvarez para marcar como lateral izquierdo, Lautaro Martínez con un desborde y centro perfecto como si fuera extremo, y Enzo Fernández para cabecear contra un palo con el oficio de un 9 de área. Las razones del corazón de un campeón.

En 1990, después de la inesperada caída 1-0 en el debut frente a Camerún, todo apuntaba a que Argentina no pudiera superar la fase de grupos. Pero entonces apareció un equipo que se juramentó no quedarse ahí. Carlos Bilardo metió cinco cambios en la alineación titular para el partido contra la Unión Soviética, en el que no había mañana, y se consiguió la victoria 2-0 que hacía falta para sobrevivir. Desde ahí se construyó una épica que fue clave para poder seguir adelante cuando la lógica decía lo contrario. Las razones, otra vez, del corazón de un campeón.

Ocurre que a veces, como dice otra frase, “el corazón tiene razones que la razón no alcanza a comprender”. Se atribuye ese pensamiento al francés Blas Pascal, y es un lindo detalle que se trate de un matemático y filósofo. Alguien que buscaba entender la vida desde la ciencia pero que comprendió que no todo se puede explicar desde la lógica. Y mucho menos, como sabemos ahora, un juego tan ilógico como el fútbol.

Argentina, un equipo que obliga a creer

Como aquel equipo del 90, la evolución de esta Scaloneta en el Mundial hace por momentos sentir que es imposible que pierda, aunque esto desafíe lo racional. Claro que ayudaría alcanzar una mayor estabilidad en lo futbolístico, aunque a cambio se sabe que es un seleccionado que buscará por todos los caminos necesarios evitar esa derrota que algún día -y ojalá sea después de esta Copa del Mundo que ya regaló momentos inolvidables- inevitablemente llegará, como pasa siempre en el deporte.

Al margen de lo que ofrezca el futuro, la Argentina del Mundial de Italia y esta del Mundial 2026 ya tienen como mérito imborrable haber extendido dos ciclos espectaculares. De equipos que fueron campeones del mundo y van en busca de la hazaña de repetir. Quedará, al final, agradecer a esta Scaloneta como a aquellos héroes del 90 por haber ratificado la sana costumbre argentina de hacerse sentir con fuerza en la gran cita del fútbol. Y, sobre todo, por hacer más largos esos viajes mágicos que habían comenzado cuatro años antes.