Ese quite quirúrgico, con el paso al frente de un tiempista excelso fue tanto más importante que un gol. El partido estaba 2-2, ya el reloj había superado los 90 minutos y Leandro Paredes cortó el contraataque que encabezaba Omar Marmoush, quien se iba rumbo a la victoria.
Después, llegó el agónico gol de Enzo Fernández que concretó la remontada y le dio el triunfo a Argentina, que venció 3 a 2 con mucha angustia a Egipto en el Estadio Atlanta, por los octavos de final del Mundial 2026 y avanzó en una competición en la que de a poco se acostumbra a protagonizar resurrecciones.
En los momentos en los que no aparecían las ideas, Paredes era el único que le aportaba claridad y precisión a un mediocampo que no encuentra el rumbo en la Copa del Mundo. Su inclusión como titular por primera vez en el torneo fue un acierto de Lionel Scaloni.
La presencia de Paredes, amo del centro del campo, liberó a Enzo Fernández y Alexis MacAllister, aunque los dos siguen sin mostrar sus mejores versiones.
La propuesta de Egipto, de salir a presionar hombre a hombre en tres cuartos, complicó la salida argentina desde el fondo. Paredes identificó el problema y ofreció soluciones al bajar unos metros a buscar la pelota para despejar el trabajo de los centrales.
El primer gol egipcio provocó que los africanos retrasaran sus líneas y Argentina estirara las propias. Allí apareció otro inconveniente para el equipo de Scaloni: el agrupamiento egipcio dificultaba la progresión en ataque, entonces "el 5 argentino" apareció con un par de pases filtrados con los que encontró a Lionel Messi y a Julián Álvarez para generar opciones.
El segundo tanto del conjunto africano, un golpe que parecía de nocaut, no volteó a Argentina. Y mucho tuvo que ver Paredes.
Encargado de construir desde la circulación clara de la pelota, de volver para clarificar, de intentar acciones diferentes, de retroceder para ayudar y luego avanzar, de plantarse para erigirse como dueño de la pelota. Así fue la actuación de un futbolista de máximo nivel, quien había quedado relegado pero se paró en el centro de la escena en el día señalado, en un partido inolvidable.
Fue abanderado en los malos momentos y mantuvo su alto perfil en la recuperación. Paredes nunca dejó de entregar su juego virtuoso, claro, efectivo. Los pases, su sello de identidad, generaron las mejores oportunidades de Argentina en ataque.
El quite cuando las agujas del reloj se clavaban punzantes, un robo preciso y veloz digno un avezado prestidigitador que no da señas de sus trucos, le quitó la victoria de los pies a Egipto. Esa jugada en la que parecía que la remontada se volvía a escurrir y la eliminación golpeaba la puerta. Paredes impidió el tercer gol del elenco africano.
Luego, el gol de Enzo Fernández transformó la agonía en éxtasis.
Paredes, impoluto, ya había hecho su trabajo. Fue, sin dudas, la cabeza y el corazón que sostuvo el sueño de Argentina en el Mundial.
