Vozinha habla a la cámara. En sus ojos cansados descansa el sueño de los sin sueños. La persecución estéril de los siempre olvidados. Cabo Verde deja la Copa del Mundo, pero primero, antes de irse, pone en aprietos a Argentina.
El sueño de los héroes no muere por quedar a centímetros de la orilla.
Vozinha vuela y le contiene un remate imposible a Lionel Messi, leyenda del fútbol. Se levanta de un salto y sonríe. Su primer partido contra España y su último contra Argentina son dos puntas de un ovillo que se unen para conformar el círculo de una historia fantástica. Una nación que apenas pasa por los 500.000 habitantes, un electricista convertido en arquero, un presente sin contrato y un salto a la eternidad justo antes del retiro.
"Somos luchadores. Somos de un país pequeño y vinimos a competir. Crecimos con un montón de dificultades, nuestros padres y abuelos se sacrificaron mucho para criarnos. Y sabemos valorar las cosas. Mostramos la resiliencia de nuestro pueblo. Tenemos corazón", dice Vozinha.
Vozinha llegó como un ignoto, pero ganó el premio sin trofeo de jugador del pueblo. Porque su historia de superación genera empatía a lo largo y ancho del planeta. Este arquero, que ahora no duda en exhibir su emoción ante el implacable ojo de la cámara, se hizo profesional recién a los 26 años y creció con un abuelo alcohólico que le sirvió de ejemplo para nunca caer en problemáticas de ese tipo. Su progresión constante y su simpatía conmovieron al planeta.
Todos quisimos ser Vozinha: tipos normales con sueños increíbles. ¿Quién no imaginó alguna vez jugar un Mundial? ¿Quién no se tiró volando entre malvones y geranios para salvar a su país de una catástrofe deportiva de último segundo? Ahí es donde radica su magia: Vozinha es la concreción de una fantasía común. Un halo de superhéroe entre los muchachos de a pie. Empuja desde lo emocional, desde la superación, desde el deseo que convive con cada persona que alguna vez tocó una pelota por primera vez: ¿y si lo que era imposible finalmente podía hacerse realidad?
Vozinha es la prueba viva de esa utopía. Un arquero, claro, pero también un electricista. Un tipo común viviendo lo extraordinario. Un número de lotería con un premio que paga en emociones. Imagínenlo arriba de una bicicleta, tomando transporte público, levantándose a las seis de la mañana para llegar a un trabajo. Todo eso no solo es posible, sino que fue real hasta hace poco tiempo. Quizás esa sea la empatía que hoy abraza el mundo. Vozinha simboliza, desde su mirada tierna, lo que vive la mayoría en un mundo desigual. Lo suyo también es nuestro: disfruta la sorpresa mayúscula de haber caminado tanta tierra para pisar, en el último suspiro de su carrera, alfombras rojas.
Hay, entonces, una persecución colectiva. El deseo de ver a un muchacho nacido de las entrañas del pueblo, una Cenicienta vestida de amarillo, encontrando su clímax justo antes de decir adiós. Por eso aplaudimos, gritamos y hasta saltamos del sillón ante cada atajada, cada salto, cada movimiento inusual. El fútbol nos une más allá de las banderas y los idiomas.
Vozinha, cuyo apodo es el diminutivo de "abuela" en portugués, gana, además, la batalla del tiempo. Porque llega a lo más alto tras atravesar la frontera de las cuatro décadas, momento en el que el cuerpo empieza su inevitable curso descendente. Rompe así un imposible y deja una enseñanza: nunca es demasiado tarde para conseguirlo.
Vozinha levanta ahora a sus compañeros del piso. No permite que haya tristeza pese a la eliminación. Y está muy bien: han sido vencidos por Argentina, un peso pesado del fútbol mundial. Las tribunas celestes y blancas festejan la clasificación, pero los jugadores albicelestes, muchos de ellos ya leyendas, no permiten que Cabo Verde se vaya inadvertido del estadio. Se acercan y saludan uno por uno a sus rivales. Es un gesto de caballerosidad deportiva, pero más que eso es el reconocimiento a un equipo que no perdió ningún partido en los 90 minutos reglamentarios durante todo el torneo. Hay palmas, abrazos, sonrisas. Es la concreción de un ensayo de dignidad: los guerreros africanos sonríen de pie.
Y entonces, la cámara se queda con Vozinha. El arquero levanta los brazos al cielo y recuerda. Vuelve, por unos segundos, a ser un niño. El poder de los sueños es un motor que nunca se detiene. Lo que sospechó al principio, lo comprende ahora en el final: hay derrotas que son triunfos.
Y hay instantes que son y serán para siempre.
