Lionel Messi levanta los brazos ante la euforia generalizada. Estamos en Dallas, pero esta tarde bien podría haber sido sobre la alfombra verde de Lusail. O una noche templada en el Maracaná. O una mano apoyada sobre una pared fría, abrazada a una escalera, mientras una brisa catalana nos encuentra en el Camp Nou. O bien podría ser, por qué no, el olor de lo nuestro a la orilla de una cancha de tierra en Rosario.
Todos los Messi confluyen en este Messi. Todos los escenarios, todas las canchas, todos los compañeros. Todos los rivales y todos los hinchas conforman un único código que los representa: el fútbol. Y el combate tan humano, tan desigual, de la lucha contra el tiempo.
Son 39 años de una historia en continuado. Están los futbolistas del mundo y después está él. Solo, en una cima que solo conocen los elegidos de verdad. La suya es una película poco probable. Hecha de trazos, de recortes, de fragmentos unidos a la manera que tocó: algunos con precisión milimétrica y otros desgarrados a tirones.
Están ahí, sobre la mesa, todos desparramados. Hay un poco de todo: está Newell's, está Barcelona, está París. Está también Miami. Están los padres, están los hermanos, están los hijos. Están sus amigos, está su mujer. Están sus lágrimas y su sonrisa.
Son una multitud de imágenes que conforman, unidas, la reliquia final. Casi un metatexto: desde el lugar que uno elija, puede contar la historia. El armado de un rompecabezas extraño, casi surrealista, que no debería haber encontrado alquimista capaz de equilibrar los momentos y encastrarlos. Porque esta historia debió no ser. Porque esta historia, de superación extrema, encontró la manera de ser.
Porque Lio supo ser la Pulga. Un niño que no crecía, que no podía, que no alcanzaba. Un cruce al otro lado del océano, hacia Barcelona, con un sinfín de preguntas buscando respuestas. Y una multitud de respuestas, halladas a la intemperie, que obligaron a nuevas preguntas.
El fútbol-arte de un obsesivo del gol. La zurda de trazo fino, la velocidad sobrenatural, la excelencia dentro de un grupo de excelentes. Messi ve antes a sus compañeros. Ve antes la acción. Y también supo verse antes a sí mismo.
Desde chico entendió cuál era su motor para llegar.
La persistencia detrás del genio
La grandeza de Messi siempre estuvo en mostrar una cosa al principio y sorprender con otra al final. La obsesión por jugar siempre, por estar cuando lo vitoreaban, pero mucho más cuando los fantasmas de las dudas eran frecuencia. Los gritos, los festejos, los dolores. La excelencia allá y la crítica acá. Las ganas de ser argentino. Las dudas, las lágrimas, las frustraciones. Quedarse sin energía. Recuperarla para levantarse ante cada caída. La señal de la cruz y los brazos al cielo en cada gol. Las finales perdidas. Los golpes recibidos. La sensación de no llegar nunca. El amor desmedido para continuar. La capacidad de empujar pueblos enteros y transformar dolor en belleza.
La ruta a la gloria está en nunca detenerse.
Quizás el triunfo ante Austria sea la enseñanza perfecta de lo que significa Messi para el fútbol, pero mucho más que eso para la vida. Todos, absolutamente todos, deseamos probar la miel de ser Messi al menos por unos segundos. En cualquier cosa que hacemos, que hicimos o que alguna vez haremos: poner la pasión justa para que algo, lo que sea, nos salga perfecto. La palabra exacta a tiempo, la decisión sin arrepentimiento, la acción pequeña que conduce al éxito mayúsculo. Recuperar algún instante maravilloso que vive dentro de cada uno para siempre.
La risa que se une con el llanto.
Las lágrimas hechas de nostalgia que provocan sonrisas.
Esa perfección de Messi, esa capacidad de producir momentos de eternidad y subir a ese barco a un pueblo entero, es única. Pero no es azar ni magia. Es trabajo. No es solo talento. Es determinación. Y la prueba cabal de su carrera está en estos noventa minutos, en el epílogo de su genialidad: el primer gol contra Austria es una obra maestra del estilo, de la plasticidad, de la frescura. No es un tiro: es un pase a la red.
Pero llega después de una frustración, después de un penal errado. Messi entonces se levanta, como hizo siempre. El Ave Fénix que regresa de las cenizas para volver a ser protagonista.
Y es el segundo gol la explicación de por qué Messi es Messi. Recibe la pelota como puede. Remata, hay rebote, y no espera. No baja los brazos. No hunde los hombros. No se frustra. Messi no frena: avanza. Va en busca de lo que quiere y entonces sí, con empuje, con coraje, con insistencia, transforma una oportunidad perdida en gol. El talento solo tiene sentido cuando lo alimenta la persistencia.
La vida, explica Messi con su fútbol, no es de los que dicen. No es de los que quieren. Es de los que hacen.
En la tierra de Diego Maradona, Lionel Messi encontró su propia forma de eternidad.
39 años y contando.
La pasión es el combustible de sus milagros. Hacer costumbre lo imposible es la síntesis de su grandeza.
