El olvidado goleador de los Mundiales que jugó en Barcelona y tiene un récord que ni Messi podrá alcanzar

Lionel Messi no sólo hace cosas inverosímiles con la pelota en sus pies. Esa magia se traslada a los números de su carrera, que también parecen escapar a lo humanamente posible. Genera la impresión de que no habrá marca que le quedará por derribar. Mucho se habló de que con su triplete con Argentina ante Argelia alcanzó la línea de Miroslav Klose como máximo goleador de la historia de los Mundiales, un sitio reservado para unos pocos elegidos. También del hecho de que ese hat-trick era el primero que conseguía en las Copas del Mundo tras algunos dobletes. Pero hay un récord que, aunque parezca mentira, ya está fuera del alcance de Leo. Lo estableció un goleador que, por esas omisiones que a veces tiene la historia, es prácticamente un desconocido incluso para muchos futboleros.

Algún desprevenido podrá creer que la alusión es al enorme Just Fontaine. Pero el cañonero nacido en Marruecos, que representó al seleccionado de Francia, no aplica de ninguna manera a la descripción: él sí es una personalidad de las Copas del Mundo que aparece en todos los libros. La culpa es de sus 13 goles en Suecia 1958, récord para una sola edición, que aunque luce muy difícil de equiparar -incluso para Lionel Messi- no podría calificarse de imposible.

Kocsis, el goleador olvidado

Distinto es el caso de Sandor Kocsis. Ni siquiera es el jugador más conocido del seleccionado que integró, aquella Hungría de Los Magiares Mágicos, que tenía como indiscutible figura a Ferenc Puskas y en 1953 le quitó el invicto histórico en Wembley a Inglaterra con un humillante 6-3. Un año después, en Suiza, aquel equipo prodigioso era el gran candidato para quedarse con el Mundial. Sin embargo, se tuvo que conformar con el subcampeonato al caer 3-2 en la final frente a Alemania Federal, pese a haber contado con una ventaja de dos goles cuando apenas iban 10 minutos de partido.

Aunque una frase gastada hable del presunto olvido al que están condenados los segundos, aquel equipo quedó instalado para siempre en la memoria futbolera, muy por encima de su vencedor en Berna. El poderío ofensivo de Hungría fue uno de los grandes responsables de que esa Copa del Mundo resultara la de mayor promedio de gol de toda la historia. Ese equipo ostenta todavía el récord de más goles conquistados en un Mundial, con 27, a pesar de que apenas disputó cinco encuentros en Suiza. La media asusta para los parámetros de cualquier época: anotó 5,4 goles por encuentro.

Kocsis fue una de las grandes estrellas de aquel equipo. Convirtió nada menos que once tantos, lo que lo convirtió en el goleador del quinto Mundial de la historia. Empezó con un triplete (como Messi ante Argelia) en el 9-0 frente a Corea del Sur que es una de las mayores goleadas de la competición. En el restante encuentro de la fase de grupos, se despachó con cuatro goles en el 8-3 a la Alemania Federal que luego sería campeona. Todavía faltaba: metió un doblete en cuartos de final para el 4-2 a Brasil, subcampeón en la edición anterior; y por último, los dos tantos que definieron en tiempo suplementario la semifinal ante Uruguay, que defendía el título, con triunfo también por 4-2.

"Cuando tenga una larga barba blanca, seguiré hablando de Kocsis, el hombre que apuntilló a Uruguay gracias a su juego de cabeza único en el mundo", describió Roque Máspoli, arquero de Uruguay en ese partido también mítico.

La final fue el único encuentro de Suiza 1954 en el que Kocsis se quedó con las ganas de gritar goles y también de festejar, porque ese día todo quedó en manos de los alemanes.

El récord Mundial que Messi no podrá conseguir

En aquel tiempo ya lejano, Kocsis se quedó al menos con el honor de quedar como líder de la tabla de goleadores de los Mundiales realizados hasta ese momento, además del de haber sido el jugador que más tantos había anotado en una sola competición. Le duró poco: ambas marcas fueron superadas en 1958 por Fontaine.

Pero hubo un récord que estableció y al día de hoy ningún jugador pudo batir: el de mejor promedio de gol en las Copas del Mundo, al haber convertido 2,20 por partido. Todo en el marco de aquel Suiza 1954 que fue el paraíso de los amantes del fútbol ofensivo: el torneo también es el de mayor media de tantos por encuentro (5,38, resultado de 140 gritos en apenas 26 partidos). También tuvo el partido con más anotaciones, con el 7-5 de Austria al local en cuartos de final.

El registro de Kocsis supera apenas por 3 centésimas a los 2,17 de Fontaine, que marcó 13 goles pero en seis encuentros. El último escalón de ese podio imaginario es para un grupo de jugadores que marcó dos goles por partido e integra el argentino Guillermo Stábile, goleador de Uruguay 1930 con ocho tantos en cuatro encuentros.

Esta vez a Messi le toca mirar de bien lejos la cima de la tabla. Su impresionante cantidad de goles, con 16 en 27 encuentros, le alcanza para un promedio de 0,59. Espectacular, sobre todo para alguien que en sus primeros cuatro Mundiales apenas había podido sumar seis festejos. Pero aunque, como desean los argentinos, mejore mucho el número durante la presente edición, es impensable que pueda siquiera aproximarse a la media goleadora de Kocsis. De hecho, con la cantidad de partidos que jugó, para llegar al promedio de 2,20 debería tener 44 goles más.

Barcelona, el punto en común

Con el estallido de la Revolución Húngara en 1956, buena parte de los jugadores del plantel de 1954 siguieron sus carreras en el exterior y ya no regresaron a su país. Uno de ellos fue Kocsis, que así dejó intacta su marca en los Mundiales. Mientras su compañero Puskas se incorporaba a Real Madrid, él pasaba al clásico rival, Barcelona.

Los catalanes disfrutaron su talento y sus goles nada menos que durante ocho temporadas. En esa ciudad permaneció hasta su muerte en 1979, cuando apenas tenía 49 años.

Pasó un tiempo hasta que en 2004 debutó con la camiseta azulgrana un chico llamado Lionel Messi, destinado también a regalarles goles a los hinchas de Barcelona y de su seleccionado. Casi no le quedó récord por quebrar. Aunque no faltará el que recuerde que Kocsis todavía lo mira desde arriba.