La memoria mundialista de James Rodríguez quedó congelada en una escena cruel. Era el 28 de junio de 2018, en el Samara Arena, cierre del Grupo H ante Senegal. Al minuto 30, el 10 de la Selección Colombia se fue al piso y golpeó con fuerza el pasto con su mano izquierda, en una señal inequívoca de que el cuerpo, otra vez, lo había traicionado. Falcao lo levantó, le dio una palmada en la espalda, y James caminó lentamente hacia el vestuario, cabizbajo, chocando apenas las manos con Luis Fernando Muriel, su reemplazo. Treinta y un minutos duró su último partido en una Copa del Mundo. Nadie lo sabía entonces, pero pasarían casi ocho años antes de volver a verlo en una cancha mundialista.
Aquel Mundial fue un calvario físico de principio a fin. James llegó a Rusia con una fatiga muscular en el gemelo izquierdo que apareció en la concentración de Milán y nunca lo soltó. Sin estar recuperado, jugó la media hora final de la derrota con Japón; ante Polonia regaló su mejor versión, con dos asistencias —a Yerry Mina y a Juan Guillermo Cuadrado— en el 3-0 que revivió a Colombia; y ante Senegal el sóleo dijo basta. "Estoy muy preocupado por James, es muy duro para el equipo esta situación", admitió José Pékerman esa noche, ya con el fantasma de los octavos encima.
El final fue todavía más cruel. James no se recuperó para el duelo con Inglaterra y lo vio desde un palco del Spartak de Moscú, sufriendo cada minuto de una eliminación por penales en la que Colombia resintió como nunca su ausencia. Tras el pitazo final, bajó al banco de suplentes y allí lloró; un fotógrafo captó la imagen que después él mismo publicó en sus redes, acompañada de un corazón roto. Esa foto, la del mejor jugador del Mundial anterior reducido al llanto por culpa de su cuerpo, es la última postal mundialista del capitán.
Por eso lo que está pasando en Guadalajara tiene tanto de revancha como de reencuentro. Ocho años después —2.912 días desde Samara hasta el debut—, James llega a su tercera Copa del Mundo en condiciones que en Rusia le fueron negadas: sin molestias físicas, después de completar toda la preparación mundialista junto al grupo y perfilado como titular para el estreno ante Uzbekistán, el 17 de junio en el Estadio Azteca. A los 34 años, el capitán completó la preparación a la par de sus compañeros, jugó los amistosos de despedida ante Costa Rica y Jordania —en este último participó en la jugada del segundo gol antes de salir ovacionado— y comandó el primer entrenamiento de la Tricolor en suelo mexicano, donde se robó el cariño de los niños tapatíos firmando autógrafos.
El James que llega a México tampoco se parece al de Rusia. Entonces entrenaba condicionado por las molestias y vivía pendiente de la evolución de una lesión que nunca terminó de desaparecer. Hoy llega como el eje futbolístico del equipo de Néstor Lorenzo, después de una Copa América en la que fue máximo asistidor y de una eliminatoria en la que volvió a asumir el peso creativo de la selección. En la recta final hacia el Mundial marcó el gol de la clasificación ante Bolivia, participó en la goleada sobre México y aterrizó en Guadalajara dejando una frase que resumió la ilusión del grupo: "¿Por qué no soñar con la final?".
Hay una razón por la que este regreso resulta tan especial. James fue el goleador de Brasil 2014, autor del mejor gol de aquel torneo y la gran figura de Colombia en las Copas del Mundo recientes. Sin embargo, nunca ha podido disputar una edición completa y en plenitud. En 2014 su recorrido terminó en cuartos de final ante el anfitrión. En Rusia 2018, una lesión le impidió jugar los octavos frente a Inglaterra. Entre una cosa y otra, Colombia se quedó fuera de Catar 2022.
Esa es la oportunidad que se abre ahora en el Azteca. El mismo estadio donde el fútbol ha consagrado a algunos de los números 10 más grandes de la historia recibe a un James sano, descansado y con hambre, rodeado de una generación —Luis Díaz, Jefferson Lerma y varios sobrevivientes de Rusia— que lo reconoce como su bandera. Ocho años después de abandonar la cancha de Samara golpeando el césped, el capitán vuelve a una Copa del Mundo con la posibilidad de escribir un capítulo distinto. Esta vez llega donde siempre quiso estar: en plenitud y dentro de la cancha.
