A días de su debut en el Mundial, la Selección Colombia llega con una certeza ofensiva que había extraviado durante buena parte de las Eliminatorias. La Tricolor volvió a encontrar en los centros, los córners y los tiros libres al área una fuente constante de gol, la misma fórmula que la llevó hasta la final de la Copa América de 2024 y que reapareció en el tramo final de la clasificación.
Los números respaldan. Siete de los 25 goles anotados en sus últimos nueve partidos tuvieron su origen en un balón enviado al área. Algunos terminaron en cabezazos, otros en rebotes o segundas jugadas, pero todos nacieron de una misma idea: generar peligro a partir de centros, pelotas quietas o disputas aéreas en campo rival.
Por esa vía llegó uno de los goles más importantes del proceso reciente. En el partido que aseguró la clasificación al Mundial, Santiago Arias lanzó un centro desde la derecha que encontró a James Rodríguez para abrir el marcador ante Bolivia. Días después, en Maturín, un córner ejecutado por el capitán terminó en el cabezazo de Yerry Mina para iniciar la remontada frente a Venezuela. En ese mismo encuentro, Richard Ríos envió un balón al área, Luis Díaz ganó el duelo aéreo entre los centrales y la peinada dejó servido el empate para Luis Suárez.
La tendencia continuó en los amistosos de preparación. Ante México, un tiro libre de James encontró a Jhon Lucumí en el área chica para el 1-0. Frente a Australia, un córner derivó en un rebote que Jefferson Lerma aprovechó llegando desde atrás. Contra Costa Rica, Luis Díaz apareció como asistidor con un centro preciso para el cabezazo de Davinson Sánchez. Y en la despedida frente a Jordania, una jugada construida por James y Lerma terminó en un desborde de Santiago Arias y un centro que encontró a Jhon Arias en el punto penal.
Lo llamativo es que la fórmula se mantuvo aunque cambiaron los protagonistas. Si durante buena parte del ciclo los principales beneficiarios habían sido delanteros y volantes, en este tramo aparecieron los defensores centrales. Mina, Lucumí y Davinson marcaron por esa vía, mientras que otros goles nacieron de peinadas, rebotes o llegadas desde segunda línea. Más que un rematador específico, Colombia recuperó un mecanismo colectivo para generar ocasiones.
Detrás de esa producción también aparecen nombres recurrentes. James participó directamente en tres de las siete acciones de gol, todas ellas originadas en pelota parada. Santiago Arias aportó dos asistencias y volvió a convertirse en una pieza importante por el costado derecho. Luis Díaz, por su parte, sumó una asistencia y una peinada decisiva en la jugada que terminó en el gol de Luis Suárez ante Venezuela.
La recuperación de esta vía ofensiva adquiere relevancia porque durante el bajón de las Eliminatorias prácticamente desapareció. En una racha de cinco partidos sin victorias, Colombia apenas encontró una vez el gol a partir de un balón enviado al área. Menos posesión significó menos intervenciones de James, menos centros y menos oportunidades para explotar una de las fortalezas que había acompañado al equipo desde el inicio del proceso.
La Copa América de 2024 fue la máxima expresión de esa fórmula. Cinco goles llegaron por acciones nacidas en el juego aéreo y James terminó el torneo como máximo asistidor, con seis pases de gol, cuatro de ellos tras centros o pelotas quietas. La sociedad quedó reflejada en el debut ante Paraguay, cuando un tiro libre magistral encontró la cabeza de Jefferson Lerma para encaminar la victoria. Y volvió a aparecer en la semifinal contra Uruguay, cuando otro cabezazo de Lerma, nuevamente tras un envío de James, clasificó a Colombia a una final continental después de 23 años.
Aquella campaña dejó una conclusión clara: cuando los partidos se cerraban, Colombia encontraba soluciones llevando el balón al área. Los últimos meses sugieren que esa herramienta vuelve a estar plenamente vigente. No se trata de una novedad táctica, sino de la recuperación de una de las fórmulas más productivas del ciclo Lorenzo. A pocos días del estreno mundialista, la Tricolor llega con la certeza de que, cuando necesita generar peligro, vuelve a tener una receta conocida para hacerlo.
