El número 10 buscará dejar atrás sus constantes frustraciones y problemas físicos en su última oportunidad con la Canarinha.
El pasado 19 de mayo, todo Brasil se encontraba frente a su televisor, su celular, su computadora o cualquier pantalla que pudiera transmitir el ampuloso evento en el que se anunciaría la convocatoria de la selección del país para el Mundial 2026. La gran mayoría ansiaba escuchar un solo nombre entre los 26. Y cuando Carlo Ancelotti pronunció la palabra "Neymar", los festejos de la gente, dentro y fuera del ambiente del fútbol, llenaron las redes sociales. Niños corriendo por el patio del colegio eufóricos, familias de otros futbolistas del mismo plantel alegres, excompañeros y figuras del deporte... Nadie quiso estar afuera.
En términos puramente racionales, cuesta entender que el máximo campeón de Copas del Mundo esté tan pendiente de la presencia en el torneo de un extremo de 34 años que no es convocado a la Canarinha desde 2023 y cuyos constantes problemas físicos lo limitaron a jugar tan solo 15 partidos de 31 posibles en 2026. Pero Neymar trasciende lo racional. Aún en el ocaso de su carrera, el extremo emerge como uno de los últimos vestigios de un tipo de jugador que escasea en el fútbol actual: un regateador total, que busca constantemente el mano a mano con los defensores rivales y crear oportunidades todo el tiempo para sus compañeros y para sí mismo.
Las frustraciones que acompañaron su carrera, junto a las enormes expectativas que le fueron impuestas desde que era un adolescente, le valieron al número 10 un apodo que acompaña decenas de compilados de sus mejores jugadas en las redes sociales, pero que es tan elogioso como hiriente: "El príncipe que nunca se convirtió en rey". La denominación suena terminante, como si ya no tuviera oportunidades para realizar su potencial. Pero Estados Unidos, México y Canadá le otorgará a Ney una chance más para ganarse el corazón del pueblo brasileño y sobreponerse a los cínicos.
Brasil 2014: Estreno de local y amarga despedida
Es difícil determinar el momento exacto en que Neymar entró en el radar como una de las promesas más emocionantes del fútbol sudamericano. Lo cierto es que tenía apenas 11 años cuando se sumó por primera vez a las filas de Santos, y ya a esa edad su progresión entusiasmaba a tal punto que Real Madrid invitó al jugador a probarse en La Fábrica. Sin embargo, tanto él como su padre resolvieron que lo mejor para su carrera sería continuar su desarrollo en su país.
Jamás sabremos qué hubiera ocurrido si crecía en ese ambiente, pero los hechos demuestran que la decisión rindió frutos de gran manera. Ney debutó con el Peixe en 2009, con apenas 17 años, y de entrada tomó por asalto el Brasileirao a partir de sus trucos, sus gambetas y también sus goles: contribuyó con 10 de ellos en su primer año y aportó ¡42! en todas las competencias en el segundo, de camino a obtener una Copa de Brasil de la que fue el máximo anotador con 11. La negativa por parte de Dunga de convocarlo para Sudáfrica 2010 no lo afectó en lo más mínimo, sino que lo motivó hacia un logro aún mayor al año siguiente, cuando junto a otras estrellas juveniles como Danilo, Felipe Anderson, Alex Sandro y su mayor socio Ganso llevó a Santos a conseguir su primera Copa Libertadores desde los tiempos de Pelé.
Ese logro histórico, junto a sus icónicos y cambiantes looks y los incontables compilados que circulaban por todo Internet, pusieron a Neymar en el primer plano mundial. El interés por parte de Europa se disparó, más aún cuando el conjunto paulista se enfrentó al Barcelona de Pep Guardiola en la final del Mundial de Clubes, pero el extremo resistió los avances hasta finalmente pasar al conjunto Culé en 2013 tras 136 goles en solo cuatro años. Como antesala, el entonces número 11 se terminó de consolidar con su selección y también levantó su primer y hasta ahora único título internacional de mayores, la Copa Confederaciones.
Con su primera temporada en un gigante europeo a sus espaldas, el delantero tenía un desafío mayúsculo y emocionante para encarar después: su debut en un Mundial, en su país. Neymar ya emergía como el líder y mayor inspiración de una nueva generación de futbolistas brasileños que sucedía a los campeones del 2002. La aventura comenzó de la mejor manera posible, con una fase de grupos casi perfecta y grandes goles contra Croacia y Camerún. El camino siguió en la fase eliminatoria, pero el final arrojó los primeros grandes golpes de su carrera. Primero, con la lesión en la columna contra Colombia que terminó con su participación en el torneo entre lágrimas y un gran dolor físico y emocional. Y segundo, con la humillación histórica que Alemania le propinó a sus compañeros en la semifinal, un 7-1 que sumió de inmediato al fútbol brasileño en una crisis mayúscula.
Rusia 2018: En busca de ser el mejor
Los años posteriores serían más generosos para Neymar, al menos a nivel de su club. A su creciente asociación y posterior amistad con Lionel Messi se le sumó Luis Suárez, con quien terminaron de conformar la delantera "MSN", uno de los tridentes ofensivos más letales de la historia. Esa asociación rendiría frutos de inmediato con un histórico triplete bajo la conducción de Luis Enrique en su primer año juntos, y el número 11 se dio el lujo de convertir el gol que confirmó la obtención de la Champions League ante Juventus. Aquellos años en Barcelona representarían el mejor momento futbolístico del extremo a nivel cifras: en las tres temporadas posteriores al armado de la delantera aportó 90 de los 364 goles del histórico ataque Culé, que sumó otra Liga y dos Copas del Rey a aquel triplete de 2015.
Sin embargo, un partido clave marcó el final anticipado de la sociedad. En 2017, Barcelona firmó una de las remontadas más espectaculares de todos los tiempos cuando revirtió un déficit de 0-4 en la ida de octavos de final de la Champions League ante PSG con un 6-1 en el Camp Nou. Neymar fue la figura indiscutida de esa gesta con un doblete, pero fue Messi quien se llevó gran parte de los elogios, incluyendo una foto memorable frente a los simpatizantes Blaugranas. Aquello fue suficiente para que el brasileño llegue a la conclusión de que, si quería valerse por sí mismo en lo más alto, debía buscar otro destino. El propio conjunto parisino interpretó esa intención, y contrario a la voluntad de Barcelona, convirtió al futbolista en el más caro de la historia del fútbol al activar su cláusula de 222 millones de euros.
El pase tuvo un impacto mayúsculo en la historia del fútbol, al punto que casi una década después aún no ha sido superado. Pero en paralelo, Ney seguía dando pasos para crecer en el plano local e internacional. Una de sus grandes gestas, por ejemplo, se dio cuando los Juegos Olímpicos de Río 2016 le otorgaron una oportunidad de redención tanto del desastre en el anterior Mundial como del oro que se le escapó en la competición anterior en Londres, cuando México lo amargó en la definición. Esta vez, no obstante, el objetivo se consiguió a partir de una actuación memorable del 10, que anotó en todos los partidos de eliminación directa e incluso anotó el penal definitorio contra Alemania para colgarse la medalla dorada en el Maracaná.
Aquel logro, junto con una sólida campaña eliminatoria, sirvieron como envión ideal para que una Brasil revitalizada bajo la conducción de Tite llegue a Rusia 2018 como principal candidata. A pesar de firmar una temporada brillante a nivel individual, con 28 goles en 30 partidos, una lesión cuatro meses antes del torneo amenazó con la presencia de Neymar, pero finalmente llegó en condiciones al torneo, que arrancó con una cómoda actuación de la Verde-Amarela en su grupo con Costa Rica, Suiza y Serbia. Mientras era el blanco de varias críticas por su presunta exageración al recibir faltas, el extremo respondía con goles, como el que le convirtió a los centroamericanos y el que aportó en los octavos de final ante México. Sin embargo, la campaña culminó en los cuartos ante Bélgica, donde un gigantesco Thibaut Courtois amargó el sueño del futbolista y su país.
Qatar 2022: Un sueño que se esfumaba
Los años posteriores no serían fáciles para Neymar. A pesar de sostener un alto nivel de rendimiento en PSG, la esquiva Champions League de los parisinos y los problemas de lesiones que se hacían cada vez más recurrentes fueron alejando al extremo de la consideración para el Balón de Oro que tanto anhelaba. Tal es así que incluso se perdió el más reciente título de Brasil, la Copa América que ganó como local en 2019, debido a un esguince de tobillo.
Con el paso de las temporadas, la tendencia de alto rendimiento en pocos partidos de la primera se repetiría una y otra vez, al punto en que el número 10 nunca llegó a superar los 31 partidos en todas las competencias y los 22 en Ligue 1. Y en dos ocasiones quedó dolorosamente cerca de alzar los títulos que más buscaba sin éxito: llegó a la final de la Champions en 2020, donde cayó por 1-0 ante Bayern Munich, y también hizo lo propio con la Canarinha en la Copa América 2021, de nuevo como local pero a puertas cerradas por la pandemia, en la que fue la figura indiscutida de su equipo pero salió vencido por Argentina, liderada por su excompañero y amigo Messi, por 1-0.
La reunión con el rosarino llegó precisamente al término de ese torneo, con el inesperado arribo de la Pulga a París, pero la sociedad entre los dos y Kylian Mbappé nunca terminó de fluir, y estuvo acompañada de más decepciones en la máxima competencia europea. Todo eso significó que Qatar 2022 se presentó como la gran oportunidad de Ney, a sus 30 años, de aprovechar al máximo su último pico con Brasil. En cambio, se volvió a repetir la historia de Rusia: un plácido inicio, aportes goleadores importantes, pero una nueva decepción. El extremo fue evidentemente el mejor jugador de su equipo e incluso firmó un gol clave ante Croacia en los cuartos de final, pero los europeos finalmente se impusieron por penales. La última chance de Neymar parecía haber pasado.
El cierre de ese curso, a mediados de 2023, marcaría el fin del periplo europeo del extremo, y el comienzo del período más difícil de su carrera. Su arribo a Al Hilal por 100 millones de euros lo convirtió en el jugador más caro de la historia en pasar a un club fuera del Viejo Continente, pero apenas llegó a jugar siete partidos en un año y medio por un golpe brutal. Mientras jugaba eliminatorias con Brasil ante Uruguay en octubre de ese año sufrió una devastadora rotura de ligamentos cruzados y meniscos de la rodilla izquierda que frenó en seco su carrera, y de la que al día de hoy aún lucha por volver en plenitud.
Para comenzar ese camino, Neymar sintió la necesidad de volver a su primer amor, y a principios de 2025 rescindió su contrato en Arabia Saudita para regresar a Santos. En otro año atravesado por los problemas físicos, que además siguieron demorando su regreso a la selección, el Peixe estuvo sumido en una angustiante lucha por la permanencia en el Brasileirao, pero O Príncipe antepuso su amor por la camiseta por encima de su salud para contribuir cuando más se lo necesitaba y lograr la salvación.
Su objetivo de largo plazo, no obstante, estaba en tener una última chance con Brasil en el Mundial 2026, un clamor que también venía acompañado por gran parte de sus compatriotas. Y tras seis meses más de lucha, Ancelotti lo convocó por primera vez en dos años y medio, justo a tiempo para la cita máxima. Para el júbilo suyo y de millones de brasileños, pendientes de que su ídolo, el líder de una generación frustrada pero que nunca se rindió ni dejó de poner la cara y el cuerpo por su país, ofrezca un último baile en Estados Unidos, México y Canadá.
