El arquero que clasificó a Costa Rica al Mundial Sub-20 reveló que, antes de cobrar el penal decisivo, volvió a sentir la compañía de su padre, fallecido meses atrás
Cuando Ian O'Rourke caminó hacia el punto de penal, el país entero contenía la respiración.
Costa Rica estaba a un disparo de volver a un Mundial Sub-20 después de casi una década de ausencia y el arquero, con apenas 20 años, cargaba sobre sus hombros una responsabilidad que pocos imaginan.
Pero él no se sentía solo.
Mientras miles de aficionados observaban la tanda desde las gradas o frente al televisor, Ian tenía la certeza de que alguien más caminaba con él.
"Siempre siento que mi papá está ahí acompañándome"
Esa fue la confesión que hizo días después de convertirse en el héroe que devolvió al fútbol juvenil costarricense a una Copa del Mundo.
Una historia mucho más grande que un penal
El guardameta no solo tuvo una actuación decisiva durante los 120 minutos frente a Haití.
Atajó cuando Costa Rica más lo necesitó y transmitió tranquilidad.
Y cuando llegó la definición desde los once pasos, también asumió una responsabilidad poco habitual para un portero: ejecutar el penal definitivo.
Lo hizo con una seguridad que sorprendió a muchos.
Pero él ya lo tenía claro.
"Yo sabía que si hacía mi penal íbamos a ganar", recordó.
Y así fue, la pelota entró. Costa Rica volvió al Mundial.
E Ian simplemente explotó en emociones.
Meses antes de esa noche inolvidable, Ian sufrió el golpe más duro de su vida.
Su padre, James O'Rourke, falleció en un accidente de tránsito.
Desde entonces, cada entrenamiento, cada partido y cada paso dentro de una cancha tienen un significado distinto.
Antes de ejecutar aquel penal decisivo volvió a pensar en su familia.
En su mamá.
Y especialmente en él.
"Yo siento que siempre tengo una ayuda extra, que es él".
Hay un recuerdo que todavía guarda con enorme cariño.
El último mensaje que recibió de su padre fue la reacción a una fotografía donde Ian aparecía mostrando orgullosamente el apellido O'Rourke en sus guantes.
Su respuesta fueron unos ojos llenos de estrellas.
Ese mensaje nunca volvió a borrarse de su memoria.
Del Polideportivo al Mundial
Curiosamente, Ian nunca soñó con ser portero.
Todo comenzó jugando mejengas en el Polideportivo de San Francisco junto a su hermano Ryan.
Fue precisamente él quien un día prácticamente lo obligó a ponerse bajo los tres palos durante un torneo escolar.
Nunca volvió a salir.
Después inició su proceso en la Universidad de Costa Rica, pasó por Guadalupe y, cuando apenas tenía 12 años, decidió aceptar el llamado de Saprissa.
Allí comenzó una formación que hoy lo tiene como el tercer guardameta del primer equipo morado, bajo la guía de Roger y Joao Mora.
Ellos le enseñaron algo que hoy resume perfectamente su personalidad.
Ser arquero de Saprissa implica convivir con la presión.
Y precisamente esa fortaleza mental fue la que apareció cuando todo un país dependía de un penal.
