Hay algo del Boca Juniors de Carlos Bianchi que parece asomar en el horizonte: la capacidad de imponerse en territorio ajeno –especialmente en Brasil–, la mentalidad de hierro para soportar la presión, la inteligencia para saber cuándo aguantar y cuándo golpear y la convicción para transformar la jerarquía individual en una fortaleza colectiva. El Boca de Rodolfo Arruabarrena todavía no tiene los títulos internacionales que lo acerquen a aquel equipo, pero empieza a ofrecer imágenes que remiten a esa identidad. Y las exhibió en Brasil, nada menos.
Primero lo sufrió São Paulo, al que eliminó en los cuartos de final de la Copa Sudamericana. Después, Vasco da Gama, al que venció 3-1 en el Maracaná, para revertir una serie que había comenzado con resultado adverso y clasificarse a la final. Ahora, el equipo del “Vasco” tendrá por delante a Atlético Mineiro, en busca de una conquista que puede cambiar la dimensión de este ciclo. El partido se disfrutará en vivo por el Plan Premium de Disney+.
Hay un dato que alimenta la comparación: el Boca de Bianchi nunca perdió una serie de Copa Libertadores contra un equipo brasileño. El de Arruabarrena, por su parte, está invicto como visitante en la Sudamericana 2026 y tendrá rival brasileño en el partido que definirá la corona: hasta aquí superó a O'Higgins en Chile y a Recoleta FC en Paraguay, empató con São Paulo en Brasil y derrotó a Vasco da Gama en el Maracaná.
Son estadísticas de épocas y competiciones diferentes, pero ambas remiten a una característica reconocible: la capacidad de estar a la altura cuando el escenario presiona al máximo y exige las mejores respuestas. La comparación, sin embargo, no se sostiene solamente en los resultados. Hay un concepto que el técnico recuperó después de la festejadísima victoria contra Vasco da Gama y que Bianchi siempre consideró fundamental: la inteligencia. “Tengo un grupo de jugadores inteligentes y con ganas de hacer historia”, dijo Arruabarrena después del triunfo en Río de Janeiro.
La frase adquiere otra dimensión cuando se la vincula con el entrenador más ganador de la historia xeneize. En 2020, al recordar la conquista de la Libertadores de 2000, Bianchi fue clarísimo en una entrevista con Télam: “Siempre dije que en el fútbol se puede tener buenos, regulares o malos jugadores, pero si no son inteligentes no sirve de nada. Ese plantel tenía 20 jugadores inteligentes”. En ese plantel que ganó la Libertadores 2000 jugaba Arruabarrena como lateral izquierdo y brillaba Juan Román Riquelme en el mediocampo. Ahora, el Vasco dirige al Xeneize y JRR es el presidente del club.
La inteligencia como punto de partida para Boca
Para Bianchi, la inteligencia consistía en interpretar el partido, entender cuándo convenía arriesgar, aceptar un papel dentro del equipo y responder cuando llegaba la oportunidad. Ese plantel reunía grandes individualidades, pero necesitaba que sus integrantes comprendieran cómo ponerlas al servicio de un objetivo común. Fue un sello de su gestión. Fue, también, un sello de época de un Boca inolvidable. Aquel equipo de 2000 tenía futbolistas de enorme jerarquía, pero también una estructura capaz de sostenerse cuando faltaban piezas importantes.
El propio Bianchi recordó, de hecho, que Martín Palermo todavía no estaba disponible y Mauricio Serna y Jorge Bermúdez sufrieron lesiones en aquella temporada. Con la columna vertebral del equipo hecha pedazos, las respuestas aparecieron en lo colectivo. Arruabarrena parece encontrar un punto de contacto con esa concepción. Después de eliminar a Vasco da Gama, el entrenador no presentó la clasificación como el resultado exclusivo de su planteo. “Los protagonistas son los jugadores. Si ellos no están convencidos, es imposible”, explicó. Luego definió al grupo con dos atributos: inteligencia y ganas de hacer historia.
En el Maracaná, Boca mostró que podía utilizar diferentes recursos para resolver el partido. Lautaro Di Lollo abrió el marcador con un cabezazo tras un córner de Lautaro Blanco. Miguel Merentiel amplió la ventaja con un contraataque fulminante y, después del descuento brasileño, el capitán Leandro Paredes convirtió el gol que selló la clasificación. Los goles llegaron por vías diferentes y en momentos determinantes. El equipo no necesitó dominar cada minuto para conseguir el resultado, pero sí interpretar qué requería la eliminatoria y aprovechar sus oportunidades.
El pragmatismo, en este contexto, no significa renunciar a jugar. Significa entender qué partido se está disputando, reconocer las fortalezas propias y encontrar la forma de imponerse. Es, de manera evidente, uno de los rasgos que permiten establecer un puente con el Boca de Bianchi.
Ganar en Brasil, una vieja costumbre de Bianchi y de Arruabarrena
El Boca de Bianchi construyó una parte de su leyenda en territorio brasileño. No solamente por los títulos que consiguió, sino por la manera en que afrontó eliminatorias que exigían personalidad, concentración y una enorme capacidad para tolerar la adversidad. En la final de la Libertadores de 2000, Boca empató 2-2 con Palmeiras en la Bombonera e igualó 0-0 en el Morumbí. Después se impuso por penales y conquistó América por primera vez bajo la conducción de “el Virrey”.
Un año más tarde volvió a cruzarse con el equipo paulista, esta vez en semifinales: empató 2-2 en la Bombonera y 2-2 en Brasil, y avanzó nuevamente desde los doce pasos. En 2003, también con Bianchi, la resolución fue diferente: contra Santos. Después de ganar 2-0 el partido de ida en la Bombonera, Boca se impuso 3-1 en Brasil y levantó otra Libertadores. No fueron tres partidos iguales. En 2000 y 2001, el equipo tuvo que resistir y definir desde el punto del penal. En 2003, en cambio, alzó el mayor trofeo continental con una victoria que confirmó su superioridad en el global de la serie.
Lo que los une es la capacidad para interpretar cada escenario sin renunciar a la convicción de que podía ganar. El balance de Bianchi frente a los brasileños en la Libertadores refuerza esa idea: nunca perdió una serie ante un equipo de ese país. El Boca actual empieza a recorrer un camino que recuerda a aquel, aunque todavía tiene que demostrar que puede sostenerlo.
Ante São Paulo, Boca ganó en casa y avanzó a “semis” con un empate en el Morumbí. Frente a Vasco da Gama, la exigencia fue diferente: había perdido en la Bombonera y necesitaba remontar la serie en Río de Janeiro. La respuesta fue una combinación de recursos.
Boca encontró el primer gol mediante la pelota parada, amplió la ventaja en un contraataque y, después del descuento brasileño, tuvo la capacidad de resolver el partido con un remate de Paredes, decidido a jugar pese a que habían transcurrido apenas 11 días desde que se desgarró el isquiotibial de la pierna derecha. No fue una demostración de superioridad permanente, sino una muestra de eficacia en momentos determinantes. Y lo hizo a través de su hombre-símbolo, como en las grandes épocas.
Ahora, el Xeneize jugará la final ante Atlético Mineiro, en Barranquilla, el sábado 21 de noviembre. La comparación con el Boca de Bianchi no garantiza ningún desenlace, pero permite identificar una semejanza que la final pondrá a prueba: la capacidad para afrontar un escenario adverso sin perder de vista el resultado que se necesita.
La simplicidad de Bianchi, un espejo para Arruabarrena
En distintas entrevistas, Arruabarrena recordó que Bianchi no necesitaba abrumar a los jugadores con indicaciones tácticas. Tenía conceptos claros, repetía pocas ideas y procuraba que el grupo las incorporara. La simpleza, ante todo. En el caso del Vasco, la ecuación era clarísima en la cabeza del Virrey: primero debía defender y después, si el partido lo permitía, recién atacar. Eso le transmitió. Eso le inculcó.
Esa simplicidad y el trato mano a mano con cada jugador es algo que Arruabarrena guardó en su memoria. Ahora, más maduro que en su primer ciclo en el equipo azul y oro, el entrenador procura recuperar aquel mandato de los mensajes simples y claros. De ese modo, se gana confianza en lo individual y se solidifica lo colectivo. Más allá de esa apuesta por la simpleza, el Vasco también mostró personalidad. El manejo de la situación de Leandro Paredes en el partido de vuelta de semifinales ofrece un ejemplo contundente.
El capitán quería jugar desde el comienzo, pero Arruabarrena decidió preservarlo para utilizarlo en el segundo tiempo, cuando el rival pudiera acusar el desgaste. El campeón mundial ingresó y marcó el gol decisivo. Luego, el técnico resaltó que creía que ese cambio en el momento apropiado podía darles un toque de distinción, aunque reconoció que había sido una decisión difícil, al tiempo que destacó el esfuerzo que hizo Paredes para volver.
Arruabarrena sostuvo un plan, administró a uno de sus futbolistas más importantes y encontró una respuesta en el momento decisivo, cuando la situación apremiaba. En este Boca, la jerarquía individual debe funcionar dentro de una estructura colectiva. Paredes puede organizar, dar claridad y hasta resolver un partido. Merentiel es capaz de atacar los espacios y convertir cuando “las papas queman”. Los defensores pueden aportar firmeza en el fondo y, además, convertirse en una amenaza en el área rival. Pero todas esas virtudes necesitan complementarse.
La capacidad del entrenador para definir roles y administrar los recursos forma parte de la construcción de una marca registrada. El tiempo dirá qué tan sólida es esa identidad.
Arruabarrena, un entrenador más maduro
Cuando asumió por primera vez como técnico de Boca, en agosto de 2014, Arruabarrena tenía apenas 39 años. Había sido protagonista de una etapa histórica del club como futbolista, conocía las exigencias de la Bombonera y contaba con la referencia de Bianchi, pero todavía estaba construyendo su carrera como entrenador. En aquel ciclo ganó el torneo local y la Copa Argentina de 2015. Sin embargo, las eliminaciones ante River en la Sudamericana de 2014 y la Libertadores de 2015 fueron tropiezos de los que no pudo enderezarse.
Los títulos no alcanzaron para consolidarlo en la comparación con los grandes ciclos continentales de Boca. En este regreso, el Vasco volvió con más experiencia. Ya no es solamente el exjugador que aprendió de Bianchi. Si bien la madurez no se mide únicamente por los años transcurridos, puede advertirse en la gestión de los momentos, en la lectura de los partidos y en la forma de comunicarse con el plantel.
Después de la clasificación a la final, Arruabarrena celebró el resultado, elogió a sus futbolistas y enseguida puso un límite a la euforia: todavía no habían ganado nada. Asimismo, reconoció que el club necesita una coronación, pero remarcó que no debían convertir esa necesidad en una presión. Entonces, pidió ir pasito a pasito.
La cautela tiene una doble lectura. Por un lado, protege al grupo de una expectativa que puede volverse contraproducente. Por otro, revela que el entrenador conoce la dimensión de lo que está en juego. Llegar a la final alimenta la ilusión, pero también aumenta la exigencia: si Boca no consigue el título, las comparaciones con el pasado pueden convertirse en un búmeran. La simplicidad que Arruabarrena admiraba en Bianchi quizá aparezca precisamente ahí: transmitir el mensaje que el equipo necesita escuchar en cada momento.
La herencia no alcanza: hay que hacer historia en Boca
El Boca de Arruabarrena sigue con posibilidades en los distintos frentes de la temporada. La final continental es una oportunidad excepcional. El Vasco lo sabe. Por eso, después de la clasificación, evitó presentar el pase a la final como una conquista. “No hemos logrado nada”, insistió. Adjudicarse el título de la Copa Sudamericana le daría otra dimensión a esta etapa y permitiría evaluar el recorrido internacional de Arruabarrena desde una perspectiva diferente.
En ese contexto, el legado del Virrey, el faro al que todos miran, no consiste en copiar un sistema ni en repetir una fórmula. Consiste en conservar aquello que puede atravesar generaciones: la inteligencia para competir, la claridad del mensaje, la jerarquía puesta al servicio del colectivo y la capacidad de resolver en los momentos decisivos.
Bianchi dejó una referencia difícil de igualar. Arruabarrena tiene la oportunidad de convertirla en algo propio, en un puente entre el pasado y la actualidad. Su Boca ya mostró que puede ganar en Brasil, revertir una serie y encontrar respuestas mientras la presión aumenta. Ahora necesita el título que transforme esas señales en una historia completa.
