HARLEM, NY -- Siendo realistas, podemos decir que ningún niño crece con el sueño de convertirse en un Harlem Globetrotter.
El equipo de basquetbolistas-malabaristas fundado por Abe Saperstein en 1926 es un ícono de la cultura americana y de la lucha por la integración racial en el país que, sin embargo, no mucha gente conoce a fondo. En el imaginario popular, el equipo está compuesto por chicos que viven en Harlem, en Nueva York, que son buenísimos jugado básquetbol, pero que además imprimen un gran número de juegos y malabares a sus victorias.
Esto es una verdad a medias, y nadie mejor que Orlando Meléndez, “El Gato”, el primer jugador nacido en Puerto Rico en formar parte de este histórico elenco de reyes del entretenimiento con un balón en las manos, para contarnos la historia.
“Somos un equipo que comenzó en 1926, en Chicago, algo que mucha gente no sabe. En realidad no tenemos nada que ver con Harlem (no jugaron un partido en Harlem hasta 1968), pero se utilizó el nombre por el renacimiento de Harlem en los años 30. Lo de llamarnos Globetrotters fue una estrategia de mercadeo del dueño del equipo en aquel entonces (el empresario judío Abe Saperstein) para hacer entender que éramos famosos y viajábamos por el mundo, lo cual no era cierto entonces”, explica Orlando Meléndez a ESPN Digital una soleada pero gélida tarde de marzo paseando junto al Teatro Apollo, en Harlem.
“Somos un equipo que hace malabares con el balón. Es algo que incluye entretenimiento, comedia y mucha interacción con el público. Es un evento que lleva funcionando 93 años, que ha disputado partidos en 123 países, y nuestro objetivo es que la gente disfrute al vernos y se la pase bien con nosotros”.
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— Harlem Globetrotters (@Globies) 1 de noviembre de 2018
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Meléndez es un ala-pívot de 6’8” de estatura, que desde pequeñito en Juana Díaz, Puerto Rico, destacó por su habilidad con la pelota de baloncesto. En una isla donde todos se desviven por el béisbol, Orlando -a quien apodan “El Gato” por el séquito felino que solía seguirle en el trayecto desde su casa a las canchas de baloncesto en su natal Puerto Rico- decidió ir a contracorriente y dedicar todo su tiempo al baloncesto. Su sueño era jugar en la NBA, donde idolatraba a Michael Jordan o James Worthy, admiración que le haría decidir estudiar en la Universidad de North Carolina tras hacer su último año de secundaria en un intercambio en dicho estado.
“Era un sueño jugar en North Carolina. Por eso cuando recibí la oferta decidí aceptarla. Mis amigos se reían de mí, me decían que no estaba preparado, pero yo nunca dudé”, asegura Meléndez.
“El Gato” ya había destacado en Puerto Rico como un gran prospecto, pero quizás apostar por un programa tan competitivo como UNC era quizás algo demasiado arriesgado para él. Durante su carrera con los Tar Heels, donde compartió clase con Vince Carter o Antawn Jamison, no tuvo todo los minutos de juego que hubiera querido. El retiro del mítico entrenador Dean Smith nada más reclutarle para el equipo, seguro le pasó factura. Sin embargo, Orlando logró llegar a dos Final Four con su equipo universitario, en 1998 y en 2000.
“La aventura de ser un estudiante-atleta, disfrutar en un campus tan grande, es algo genial, y prepararte para March Madness. Es divertido porque sabes que está todo en la línea, que si pierdes te vas y que si ganas puedes seguir jugando y tienes posibilidad de llegar al Final Four”, cuenta Orlando. “Eso hace todo muy emocionante. Para mí la temporada 1999-2000 cuando llegué a mi segundo Final Four, fue inolvidable. Nadie esperaba que llegáramos tan lejos y poder recorrer todo el camino, desde abajo del bracket, fue algo espectacular que hasta el día de hoy celebro”.
Un paso por North Carolina
Su paso por North Carolina es algo que dejó tremendamente marcado a Orlando, que tras su carrera universitaria no logró entrar en el draft de la NBA y decidió continuar su camino jugando en Puerto Rico y en Europa. Sin embargo, sigue muy de cerca toda la actividad de los Tar Heels, pues él considera a la universidad parte de “su familia”, y por eso no se pierde un partido cuando están March Madness.
Sus estadísticas en secundaria eran muy buenas. Era un jugador que destacaba mucho por sus cualidades físicas y por su potencia, por eso recibió más de 10 ofertas de diferentes universidades americanas.
“Era un jugador muy atlético, con muchos atributos físicos”, recuerda el comentarista de ESPN, Carlos Morales, quien fue entrenador en Puerto Rico durante la época en que Meléndez debatía entre cumplir su sueño o ir a otro programa. “Su salto era impresionante y su habilidad para las volcadas le abrieron los ojos a mucha gente. Quizás si hubiese escogido un programa que le hubiera permitido desarrollar mejor otras deficiencias de su juego hubiese sido un mejor jugador colegial y quien sabe cuán lejos hubiese llegado. Pero North Carolina lo atrasó porque lo que jugaba eran dos o tres minutos con el partido decidido”.
Pero Meléndez quiso siempre jugar en UNC. Tanto así que ni siquiera la perspectiva del tiempo, y el pensar que quizás en otra escuela con un programa menos competitivo hubiera tenido los minutos que le hubieran permitido progresar más como jugador y llegar a la NBA, le hacen titubear acerca de la decisión que tomó en 1997.
“Siempre uno tiene esos pensamientos, obviamente. Pero ser parte del programa de North Carolina es un privilegio -y no es fácil-. Muchos jóvenes, incluyéndome a mí, soñamos con llegar a esa universidad, jugar dos Final Fours, tener una educación… es algo increíble”, explica.
“El Gato” jugó con muchos de los equipos profesionales en Puerto Rico tras su aventura colegial, ocupando sus veranos en jugar en Europa. Tuvo la suerte de hacerlo en Luxemburgo, Irlanda o Alemania, una experiencia que seguro le preparó para la apretada agenda de viajes que luego debería afrontar durante las temporadas competitivas de los Harlem Globetrotters. Sólo en 2007, el año en el que acabaría uniéndose al mítico equipo americano, logró ganar un campeonato con los Cangrejeros de Santurce.
Pero más allá de su carrera a nivel club, a Meléndez le llena de orgullo rememorar los años en los que tuvo la suerte de representar a Puerto Rico en el equipo nacional.
“El mejor momento de mi carrera fue ganar la medalla de oro en el Centrobasket de 2001 representando a Puerto Rico. Llegar de vuelta a tu país, con la gente aclamándote y ver lo mucho que te adoran, es una gran sensación. Ganar con tu país es algo espectacular”, confesó el de Juana Díaz.
Ese orgullo patrio es parte de lo que le empuja en su trayectoria con los Harlem Globetrotters. Orlando es el primer boricua nacido en la isla que forma parte del equipo, siguiendo así la estela de Orlando Antigua, primer latino (nació en el Bronx pero su mamá era puertorriqueña) y jugador no afroamericano que se enroló en las filas de los trotters.
“Conocí a Orlando cuando él jugaba como profesional en Puerto Rico, pero luego me entero que era parte de los Harlem Globetrotters. Cuando supe de su historia fue un honor conocerlo y poder continuar con su legado. Él fue el primer latino, ahora yo tengo la suerte de ser el primer boricua. Es impresionante y me gusta ser capaz de mantener ese sabor latino en el equipo”, nos contó “El Gato”. “No represento sólo a los boricuas, sino a todos los hispanos, al ser parte de un equipo tan afamado que, en realidad, se dedica a hacer feliz a la gente. Ahora estoy paseando por Nueva York, donde hay tanto boricua, y la gente me sonríe, me saluda, pero en realidad a mí me gustaría poder saludarlos y darles las gracias a ellos por permitirme ser parte de esta familia tan grande. Es un verdadero honor llevar tantas cosas buenas alrededor del mundo como puertorriqueño”.
El sueño de ser un Globetrotter
La oportunidad de convertirse en un Globetrotter le llegó en 2007. Un antiguo coach, Sam Worthen, a quién Orlando conocía desde los 15 años, le comentó de la posibilidad, pues él era el entrenador de los Washington Nationals, el histórico rival de los de Harlem. “El Gato” reconoce que no sabía mucho del equipo y su historia, “sabía que había una caricaturas en la televisión”, pero poco más. Sin embargo fue invitado a unas pruebas y a una entrevista de trabajo, pues los jugadores tienen también la responsabilidad de promocionar al equipo cuando no están de temporada. Allí empezó su gran aventura, que le ha llevado a viajar a más de 70 países por todo el mundo, que le permite seguir disfrutando de su pasión a los 40 años, y que además le ha enseñado más de un truco malabar con la pelota.
“De esto sí que no sabía nada. Los trucos y los malabarismos los aprendí cuando fui al campamento de entrenamiento. Una vez te conviertes en Harlem Globetrotter te ayudan a aprender lo básico, pero luego se va complicado todo un poco más y hay que practicar mucho”, explicó Orlando. “Cuando no estoy de temporada trabajo todo el día en las promociones del equipo en diferentes medios y cuando vuelvo a casa por la noche es cuando hago mis workouts. Normalmente son de 45 minutos, pero a veces, si he viajado mucho, lo dejo en 30 minutos y trato de descansar. Siempre trato de darle cariño al cuerpo, pero también de mantener la habilidad con el balón bastante afinada”.
Lo de llamar histórico a los Harlem Globetrotters no es algo superficial. Ahora se ha convertido más en una actuación que en un equipo puramente de baloncesto pero esto no fue siempre así. El equipo fundado por Saperstein fue el primero profesional que utilizó a jugadores afroamericanos en Estados Unidos, fue el campeón del Torneo Mundial de Baloncesto Profesional de 1940 --considerado el torneo más importante del mundo hasta la aparición de la NBA en 1946--, y fue el equipo para el que jugó Wilt Chamberlain cuando decidió dejar la carrera universitaria y tuvo que esperar un año para llegar a la NBA. Por eso aunque ahora el enfoque del equipo no sea sólo el baloncesto, el boricua no ve eso como algo negativo para un jugador con su trayectoria.
“Estoy feliz con mi carrera. Ser un Globetrotter es algo que me ha abierto muchas puertas. Mis hijas están orgullosas de lo que hago. Especialmente la menor, que ve que esto no es sólamente un trabajo. Ella ve que hago a la gente feliz, que viajó por el mundo, y eso la llena de orgullo. Por eso estoy feliz de esta carrera y de poder representar a los latinos de una forma positiva”, explicó Meléndez. “Ahora me siento mejor básquetbolista, mejor persona, y por supuesto que no puedo pasar por alto el factor de entretenimiento que conlleva mi trabajo. Todas estas facetas personales se han visto mejoradas por esta gran experiencia”.
Durante la temporada, que dura más de seis meses, Orlando se la pasa de gira por todo el mundo y no tiene tiempo para ver a sus hijas todo lo que quisiera. El boricua es papá soltero, por lo que tiene que planificar mucho con la mamá de sus pequeñas para poder lograr manejar el loco balance de viajes y compromisos que significa ser un Globetrotter.
“Es algo que se basa en la comunicación. Es importante tener una buena relación entre mamá y papá, e intentar ser un ejemplo positivo para mis hijas. Ven que otros niños disfrutan con mi trabajo, y aunque sea un poco irónico porque eso significa que no podemos tanto tiempo juntos como querríamos, lo entienden y están felices por ello”.
Ese orgullo de las hijas es la fuerza que hace continuar a Orlando “El Gato” Meléndez disfrutando de su pasión por el baloncesto a los 40 años recién cumpidos. El boricua está feliz con todas las experiencias que ha tenido en su carrera, y ni siquiera no haber llegado a jugar en la NBA es algo que le quite el sueño por las noches. Sobre todo, porque este Globetrotter, el primer boricua en los 93 de historia del equipo, está convencido que de haber tenido un poquito más de suerte, podría haber llegado al mejor campeonato del mundo.
“Claro que sí tenía nivel para la NBA. Pero hay cosas que yo no puedo controlar. En mi carrera universitaria hubo dos cambios de entrenador. Estaba también en una situación en la que no quería cambiar de escuela, perder un año, sólo por intentar tener más minutos de juego y así más chance de llegar a la NBA”, aseguró el boricua. “Mira, después de haberme probado con gente como Michael Jordan, Vince Carter, Jerry Stackhouse, Rasheed Wallace o Antawn Jamison, y habiendo competido con ellos, a la par, siento un gran alivio. Siempre me digo: ‘a lo mejor no estoy en la liga, pero pude competir con los mejores de los mejores’. Eso supone un alivio emocional y mental”.
