Uno de los deportes más populares en México espera —casi exige— tener representantes en la NBA o la WNBA, y en este 2026 todo indica que eso dejará de ser aspiración para convertirse en realidad.
Durante décadas, el baloncesto mexicano ha vivido entre el talento evidente y las oportunidades esquivas. La NBA, ese escenario que durante tanto tiempo pareció lejano, ha sido más un “casi” que una realidad constante. Sin embargo, esa historia está cambiando. Y hoy tiene nombres propios: Karim López y Gabriela Jáquez.
Antes de ellos, hubo pioneros. Y también contexto.
En 1970, Manuel Raga fue seleccionado en el draft por los Atlanta Hawks. Fue un momento histórico, aunque simbólico. Raga eligió la certeza de Europa sobre la incertidumbre de la NBA. No era falta de ambición: era entender su tiempo.
En esa misma generación, Arturo Guerrero —el “Mano Santa”— representaba otro talento de élite, contemporáneo directo de Raga, atrapado en una época donde simplemente no había puente claro hacia la NBA.
El primer golpe real llegó en 1997. Horacio Llamas debutó con los Phoenix Suns y rompió la barrera. Después, Eduardo Nájera la consolidó con una carrera larga y respetada.
En medio de esa transición, Omar Quintero vivió el proceso entre generaciones: después de Nájera, antes de Ayón, con acercamientos reales en un ecosistema que todavía no terminaba de abrirse.
Luego, Gustavo Ayón llevó el perfil a lo global. México avanzaba. Pero no terminaba de irrumpir. Hasta ahora.
Karim López representa el salto estructural. Su desarrollo en la National Basketball League bajo el programa Next Stars no es formación: es validación. Compite contra profesionales, entiende sistemas, defiende múltiples posiciones.
Datos duros: rotación constante en un entorno profesional, eficiencia ofensiva por encima del promedio de prospectos de su edad y evaluaciones de scouting que destacan su IQ, defensa perimetral y toma de decisiones. Hoy, su nombre no aparece por curiosidad en los mocks del Draft 2026. Aparece por mérito.
Pero si el lado varonil empieza a consolidarse, el femenil —por fin— está construyendo una línea clara de identidad. Antes de Gabriela Jáquez, hubo señales importantes.
Evina Westbrook hizo historia en 2022 al ser seleccionada por el Seattle Storm con el pick 21 del Draft de la WNBA, convirtiéndose en la primera mexicoestadounidense en llegar a la liga. Formada en las Huskies de UConn bajo Geno Auriemma, su camino no fue lineal: lesiones, cirugías y decisiones difíciles. Volvió un año más al colegial no solo por un título, sino por posicionarse mejor rumbo al draft. No era solo llegar: era llegar lista.
Después aparece una historia todavía más global.
Lou López Sénéchal, nacida en México, criada en Francia, con paso por Irlanda y consolidación en Estados Unidos, representa el perfil moderno del talento internacional. También formada en UConn, su impacto como tiradora y su madurez competitiva la llevaron al radar WNBA, confirmando algo clave: el talento con raíces mexicanas ya no tiene una sola ruta. Tiene muchas.
Y en ese contexto aparece Gabriela Jáquez. Su historia ya no es promesa: es impacto.
Con las Bruins de UCLA, Jaquez no solo compite, domina. Y en la final de la NCAA en Arizona dejó una de esas actuaciones que cambian narrativas: más de 20 puntos, 10 rebotes y 5 asistencias.
Un dato que pesa: esa línea estadística la coloca en un grupo extremadamente reducido en la historia del Final Four femenil. Jugadoras que no solo aparecen en el momento grande, sino que lo controlan en todas las facetas del juego.
Y además, lo hizo para darle a UCLA un campeonato inédito. Eso no es contexto. Eso es legado inmediato.
Hoy, su nombre está firmemente en la conversación rumbo al Draft de la WNBA 2026.
Karim López y Gabriela Jáquez representan algo que México nunca había tenido al mismo tiempo: talento élite, contexto internacional y timing perfecto. Porque ya no se trata solo de llegar. Se trata de pertenecer.
Y sí, el techo es alto: ambos proyectan incluso primera ronda, con posibilidad real de meterse al top 10 de sus respectivas generaciones.
Primero será el turno de Gabriela. El 13 de abril, su nombre puede hacer historia.
Después, el 22 de junio, llegará el momento de Karim.
El balón ya está en el aire. Y esta vez, México no sólo va a pelear el rebote: va a correr la cancha completa.
Si Raga fue el “pudo ser”, Llamas el “por fin” y Nájera el “sí se puede”, esta generación es otra cosa: normalidad.
Por primera vez, México no está tocando la puerta.
Está listo para cruzarla.
