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Argentina creció a pasos agigantados en la AmeriCup

Los pibes crecen. Y vaya si crecieron. La Selección Argentina de básquetbol cerró su participación en la AmeriCup de Nicaragua con un sabor amargo por la derrota en la final frente a Brasil 55-47, pero con la convicción de haber dado pasos gigantes hacia adelante. El futuro a corto y largo plazo ofrece mucha más claridad en el horizonte que los nubarrones que se veían en la previa.

Para el torneo continental, el entrenador Pablo Prigioni jugó un pleno y acertó: decidió formar un plantel con mayoría de jóvenes con escasa experiencia para que adquirieran roce internacional de cara a los próximos compromisos. Y el equipo respondió con un nivel colectivo e individual superior al esperado.

El segundo puesto es un detalle que no modifica las conclusiones: Argentina ofreció, especialmente a partir de la fase de eliminación directa, actuaciones que generan ilusión. La victoria ante Puerto Rico en tiempo extra en cuartos de final y el triunfo contra Canadá en semifinales fueron los picos de un rendimiento con un saldo favorable.

"Con estos chicos no se puede poner ningún techo. Rompieron todas las expectativas y estuvieron muy cerquita de llevarse el oro", dijo Prigioni luego de la final.

"En algún punto de la preparación y del torneo, ellos cambiaron el objetivo y quisieron ganar la AmeriCup. Lo dijeron desde sus acciones, con la manera en la que fueron creciendo con su juego. Nos vamos con muy buenas sensaciones, orgullosos de cómo fue creciendo el grupo en estos 40 días juntos", agregó el entrenador.

Ese cambio que señala el director técnico se vio claramente a partir del duelo ante Puerto Rico, luego del deslucido triunfo frente a Colombia, con un plantel disminuido a partir de las sanciones por el escándalo del cierre del duelo contra República Dominicana.

Argentina construyó sus fortalezas desde la defensa con respeto por el plan táctico del cuerpo técnico, disciplina y actitud. Cuando todos los jugadores asumieron el desafío para proteger el aro propio, el resultado fue evidente: cumplió con el objetivo de dejar a rivales con jugadores de jerarquía alrededor de los 70 puntos.

Desde la solidez defensiva, especialmente en cuartos de final y semifinales, consiguió fluidez en ofensiva: obtuvo puntos de contraataque o de ventajas en los primeros segundos, lo que le permitió conseguir los puntos que le costaron mucho más en el ataque fijo cinco contra cinco.

Los pibes le hicieron un guiño a la historia del básquetbol argentino, no solo por ganar el 28 de agosto en el aniversario de la medalla dorada en Atenas 2004, sino por respetar el ADN de los equipos que tuvieron éxito: el compromiso defensivo es innegociable.

Más allá de cuestiones tácticas, Argentina creció porque compitió ante equipos de mayor experiencia, más fuertes físicamente y con jugadores con recorrido en las mejores ligas del mundo.

El segundo puesto, además, mantuvo a Argentina en la élite del continente: disputó su cuarta final consecutiva, es el seleccionado que más veces se subió al podio y se llevó una medalla en cada edición del torneo de las Américas desde 1999.

La decisión de Prigioni de no contar con los referentes del seleccionado que juegan en equipos de Euroliga -Facundo Campazzo, Gabriel Deck, Nicolás Laprovittola, Luca Vildoza y Leandro Bolmaro- fue un acierto por dos razones fundamentales: los jóvenes consiguieron experiencia internacional y consolidaron la base que disputará la clasificación para el Mundial 2027 a partir de noviembre.

Los jugadores del seleccionado argentino necesitaban sumar partidos de alta exigencia competitiva. El resultado final no era un condicionante, pero sí era necesario avanzar hasta el último día para completar el objetivo. La dolorosa no participación en el Mundial de 2023, seguida de la más lógica ausencia en los Juegos Olímpicos de 2024 podría haber confundido el camino a elegir. Sin embargo, Prigioni tenía clara su apuesta.

Entre el proceso de preparación -8 amistosos- y la AmeriCup -6 encuentros-, Argentina encontró confirmaciones de jugadores que serán importantes tanto cuando el equipo esté completo como cuando no lo esté: Juan Francisco Fernández, Gonzalo Corbalán y Francisco Cáffaro en el escalón más alto de los jóvenes, y Juan Ignacio Marcos y Alex Negrete con altibajos pero con destellos para cumplir con los roles solicitados. El aporte de los experimentados Nicolás Brussino, José Vildoza y Juan Pablo Vaulet fue y será determinante, especialmente en ausencia de los líderes antes mencionados.

El desarrollo de Gonzalo Bressan, Santiago Trouet, Juan Bocca y Dylan Bordón es una incógnita a futuro, ya que tuvieron menos protagonismo.

Los pibes crecen. Y vaya si crecieron.