<
>

Guillermo Ochoa, deificado en Salerno, satanizado en México

LOS ÁNGELES -- Diez atajadas ante el Inter de Milán. Nueve ante el AC Milan. Cincuenta intervenciones en 12 partidos con el Salernitana. Guillermo Ochoa, una deidad en Salerno, que despierta alaridos, admiración, idolatría. Guillermo Ochoa, un maldito leproso que es carcomido con odio y desprecio en redes sociales en México.

En la Serie A lo canonizan; el vulgo en México lo sataniza. En Salerno todos son Memos; en México todo son memes. El profeta en el arrullo de su propio destierro.

Allá, en su paraíso, en su casa de cara al Mar Tirreno, Guillermo Ochoa beberá la aristocracia del vino tinto de Catania y sus 25 mil hectáreas de cosecha, desde las islas hasta la prosapia volcánica de sus viñedos. Beberá y brindará, por los salernitanos que lo reclaman en adopción, y leerá, divertido e indulgente, las reyertas mediáticas entre quienes lo condenan y lo insultan y quienes lo condonan y lo indultan en los tendederos de su patria.

Nuevamente, Ochoa aparece en el Once Ideal de la Serie A, y el Salernitana urge a renovarlo, porque otros equipos italianos están urgidos de un rescatista. Allá le brindan asilo generoso, mientras en México lo suben al cadalso procaz del vituperio.

Hace apenas unos meses, el 22 de noviembre, en el Estadio 974 de Qatar, al minuto 58 de juego, con los corazones de millones de mexicanos, indecisos entre el colapso y el desenfreno, vieron al depredador Robert Lewandowski acurrucar el balón en el manchón del juicio sumario. La bestia polaca encarrera. Diez pasitos. Golpea el balón, y lo dirige abajo, a la izquierda del arquero. Guillermo Ochoa amaga a la derecha y se arroja a la izquierda. Interrumpe el bólido con un puñetazo que desmitificaba al mejor goleador europeo en ese momento. 0-0, 130 millones de resoplidos y 130 millones de ovaciones.

Ese día, Memo Ochoa fue trepado al altar, exaltado y exultado en el carnaval permisivo de la fe. México sobrevivía en Qatar a sus propios pronósticos. Hoy, al altar marchito, con el nicho abandonado, acuden a comulgar herejes con la hostia del odio y el vino del desprecio.

Porque, meses después Guillermo Ochoa ha sido arrojado a la indigencia. El americanismo lo desprecia por abandonar El Nido, a pesar de la ingratitud chaquetera de sus directivos. Ochoa no se fue, las hienas lo obligaron a irse. Lo expatriaron con la guadaña perjura de la deslealtad.

Y el resto de la fauna futbolera en México lo repele porque, a pesar de la traición del América mismo, aparecerá en el listado de leyendas de Coapa.

¿Por qué la repulsión, estrictamente visceral contra Guillermo Ochoa? No es sólo contra el portero, ese personaje bipolar de la cancha, mártir, héroe, villano y encallecido por la desgracia. Bajo prejuicios se metabolizan y se catalizan más sus daños que sus proezas. Porque la desgracia sataniza las memorias de sus errores, las convierte en enormes mausoleos. ¿Los aciertos? La puerilidad responde: “es que para eso le pagan”. ¿Y el que yerra tres goles por partido, para qué le pagan?

El guardameta, cualquiera, es el eterno y único titular en el equipo de la ingratitud.

Desde que, en 1709, Robert Ferguson editó la expresión de “vox pópuli, vox Dei”, hoy tan caduca ante la Torre de Babel de las redes sociales, se ha hecho creer a la turba que es dueña de la verdad absoluta. Y a veces, la turba, está más turbada que nunca.

En el balance impúdico entre lo justo y lo injusto, los orfeones se levantan vociferando sus errores, en una amnesia selectiva y obsesionada evidentemente contra sus aciertos. Reflejo de la vida: las monstruosidades generan más “likes” que las bondades.

Guillermo Ochoa trabaja para el Mundial 2026. Quiere estar en una sexta copa del mundo. ¿Lo merecerá? Cada semana sale al tribunal impávido, definitivo e insobornable de la cancha. Cierto, tiene una ventaja, en México se privilegian los mundiales para homenajear a los albatros del adiós. Ocurre cada cuatro años.

Hoy, sin duda, compite con Carlos Acevedo, y en las estadísticas lo supera. Claro, no es lo mismo resistir embestidas en Italia que en las zacapelas rústicas de la Liga Mx. Detrás de estos dos porteros no hay nadie. Asoman, con una indulgencia piadosísima, Luis Malagón, Julio González, Wacho Jiménez y hasta un casi desaparecido Sebastián Jurado.

Hay, sin embargo, una referencia puntual y cercana, que contrasta a Acevedo y a Ochoa. Ante Surinam, un balón, prácticamente en las mismas condiciones, es decir, elevado, con potencia, casi al borde del área chica, el arquero de Santos fue por él y lo controló sin problemas. Ante Jamaica, en un servicio idéntico, Memo se quedó anclado en su línea, su hábitat perfecto, creyendo que desde ahí puede atajar todo o casi todo, pero el desenlace fue el autogol de Edson Álvarez.

Además, al arquero del Salernitana aún lo acechan despiadados los reclamos de esos tres años hasta el Mundial 2026. Las coyunturas, los reflejos, las artrosis tan propias del futbolista y del portero, acecharán y se cebarán sobre el organismo del guardameta del Salernitana. Ni la mejor dieta mediterránea le podrá proteger plenamente de los mastines feroces del tiempo, la edad y el oficio.

Por otro lado, las versiones aseguran que Ochoa trabaja para aniquilar a su mejor enemigo y su peor defecto: las salidas por alto, que se han convertido en su gran némesis. Allegados afirman que su nueva excursión por Europa pretende prepararse de la mejor manera para sobrevivir hasta 2026, sin estancarse en la autocompasión y la autoindulgencia de que es un pecado capital insalvable ya, como lo parece, su juego aéreo.

En tanto, mientras en la encarnizada arena sin ley de las redes sociales se despedazan a puros sofismas y datos amañados, allá, frente al Mar Tirreno, Guillermo Ochoa vive una vida casi perfecta, con su familia, un buen vino, y observando las hojas secas del calendario, rumbo al 2026. Sí, el profeta disfruta de la elección sabia de su propio destierro