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El delicioso y miserable apostolado de cubrir a la Selección Mexicana desde hace 36 años

LOS ÁNGELES -- La Selección Mexicana. Cubrirla, pasó de ser un placer a ser un calvario. Tiempos hubo, en que era un gozoso apostolado. Tiempos son, en que es un miserable apostolado.

No se mal interprete: seguir noticiosamente a la selección nacional de cada país es un privilegio de este oficio de informador o informante deportivo. Normalmente otorga --u otorgaba-- condiciones de privilegio, entre copas del mundo, Copa América, Copa Confederaciones y, bueno, Copa Oro.

Pero la militancia del reportero pasó de ser un cronista diario a un chambelán ocasional, en la generalidad de los casos y los momentos. Es un círculo vicioso, hedonista y masoquista, del que no se quiere salir y al que no siempre es fácil entrar.

Todo ha cambiado, aunque las partes esenciales de las coberturas no han cambiado: el equipo, el cuerpo técnico y los jugadores.

Hace tiempo, surgieron los jefes de prensa que pasaron a convertirse en una aduana a veces infranqueable. “No se puede; fulanito no quiere; tú no debes”, es el estribillo frecuente. Cierto, a veces no depende de ellos, a veces son el escudo de divas.

Y el jugador ha cambiado. Se sube a un ladrillo y se encandila ante las luces de la TV, y ningunea de reojo al reportero que graba en un celular, o al que anota en una libreta o al que memoriza simplemente. Digo, ninguno va a disertar sobre el patrón tangencial de la moleculización del COVID-19.

Pero, al final, el jugador juega. Y eso es lo que exalta y enardece al consumidor final: el aficionado. No importa si la riqueza de expresión del ídolo de los 90 minutos inmediatos se emperra en: “todos los jugadores jugamos un buen juego... y los jugadores contrarios también jugaron un buen juego”.

Acompáñeme en un recorrido en el más fascinante de los oficios, el de reportero, que ya son ocho ciclos mundialistas con sus respectivos mundiales... y claro, sin el quinto partido, a excepción claro, del Mundial de 1986, por cuestión aritmética.

DESDE MÉXICO 1986
Tiempos de libertad absoluta. No había jefaturas ni jettaturas de prensa. Gira en 1984 por Sudamérica. Bora Milutinovic estaba ahí, disponible. Y los seleccionados mexicanos decían sí antes de preguntar. Y esos eran jugadores pensantes. Javier Aguirre, Fernando Quirarte, Félix Cruz, Tomás Boy, Miguel España, Manuel Negrete, Carlos de los Cobos...

No había misterios ni ante los misteriosos. Recuerdo que después de que el Tri juega ante Corinthians en el Estadio Pacaembú, Bora le susurra a Mejía Barón en los vestidores –sí, el reportero podía entrar al vestidor del Tri--: “¿viste al hijo (Luis Roberto Alves, en las juveniles corintianas) de Zague (ex jugador del América)?. Es mexicano, hay que darle seguimiento y avisarle a Pumas”.

Detrás de ellos, Ramón Martínez, vicepresidente americanista y jefe de la delegación, escuchó la charla. Teníamos la nota de que Pumas iría por Zaguinho. Ramón Martínez apresuró su pase a Coapa. Esa delicia de exclusivas, hoy, es imposible.

En plena Copa del Mundo México ’86, los entrenamientos se cubrían sobre la línea blanca. Centro Nestlé en Toluca. Se escuchaban las indicaciones claramente. Se leían los gestos de técnicos y jugadores. No se perdía detalle. El reportero ganaba, y el aficionado ganaba.

No había grandes secretos. Ni grandes sorpresas. ¿Por qué Luis Flores iba a la banca si Hugo llegaba resentido por aquella patada artera de Pierre Litsbarski? La práctica lo explicaba.

¿Por qué Mario Trejo y no Rafael Amador ante Bélgica y por qué el reacomodo de la media cancha ante Bulgaria con Miguel España? El entrenamiento lo puntualizaba.

¿Cómo se originan los dos goles de Fernando Quirate y cómo se trabajaron? La cancha no dejaba dudas. No había misterios al menos en lo elemental de cara a los partidos. El reportero cumplía y el aficionado estaba informado.

Y se perciben hasta detalles chuscos o intensos. Uno: Hugo Sánchez suma dos amarillas y se pierde el juego contra Irak. Bora detiene la práctica y da indicaciones. Hugo se acerca a opinar: “Yo creo...”. Luis Flores lo interpela: “Tú te callas, no vas a jugar...”.

O cuando hay visitas inesperadas. Lluvias copiosas, cancha enfangada. Y se entrenaba fuerte, A veces Bora o Mejía Barón debían controlar los ímpetus. Todos querían jugar. Cubiertos de lodo, pero entrenaban sin dar ni pedir tregua. Y la visita...

Aparece una mujer vestida con el uniforme del Tri. Rubia, ojos claros. La práctica había terminado. Ella era Belem Balmori, actriz y modelo, asignada a entrevistar a Hugo Sánchez para PlayBoy. Ella misma sería Playmate en 1991. Ya había entrevistado a Emma Portugal, esposa de Hugo.

Al acercarse sonriente y saludadora al grupo de seleccionados, los chamagosos y enfangados jugadores, trataron de mejorar su apariencia. Recuerdo a Javier Aguirre queriendo aplacar e higienizar, infructuosamente, aquella melena, y con el uniforme más próximo a la basura que a la lavandería.

Al final, Hugo se negaría y Belem Balmori, mire usted, concertaría la entrevista con el Vasco Aguirre, que se publicaría hasta el mes de agosto.

Dos extremos de percepciones en un mismo escenario, en especial el primero, que reflejaba lo pesado, intenso y candente de ese vestidor, que sólo la habilidad de Mejía Barón podía atemperar, y por eso y su capacidad táctica lo había llevado Bora.

El mismo Milutinovic era un estuche de monerías. Antes del juego ante Bélgica se llevó aparte a los medios que hablaban francés. A preguntas idénticas, casi, a las de reporteros mexicanos, el técnico del Tri se explayó con detalles tácticos impresionantes. Este reportero, que mascullaba francés, se quedó con las respuestas más correctas.

En aquella gira por Sudamérica en 1984 el convivir con el Tri tan de cerca revelaba a los personajes. Bora jugando ajedrez con un asistente del chofer del autobús que trasladaba al Tri en Montevideo. O los seleccionados pumas avasallados en futbol por unos mozalbetes en las playas de Santos, Brasil, en su día libre, o buscando complicidad en el grupo de reporteros, para poder corresponder a las sonrisas tímidas de unas “garotas”.

Había ese recelo entre reporteros y el mundo del Tri, es inevitable. Pero cada quien jugaba su parte. México había sido eliminado en Monterrey ante Alemania. Viaje de regreso a la Ciudad de México. En el bar de la sala de espera del aeropuerto, Rafael del Castillo, entonces presidente de la FMF.

--¿Por qué México ganador del Grupo debía viajar a Monterrey y no quedarse protegido en el Estadio Azteca? Con el vaso con bebida entre las manos, voltea Del Castillo: “Porque nunca nos imaginamos que terminaría como líder del grupo. Creíamos (los directivos) que México iba a terminar segundo, y así planeamos el calendario del Mundial. Nos equivocamos y terminamos en Monterrey”.

...HASTA RUSIA 2018
Cierto, es de un extremo a otro. El Mundial de Francia ’98 empezó a endurecer las cosas. Manuel Lapuente notó que una televisora coreana había grabado todo el interescuadras, y entendió que no podía dar concesiones.

Para el Mundial Corea del Sur/Japón 2002 los clubes empezaron a forzar medidas de seguridad, y al paso de los siguientes torneos, la trinchera fue haciéndose más impenetrable en volumen, en tiempo y en espacio.

Incluso en plena competencia en los Mundiales de 1998 y 2002, hubo charlas confidenciales de grupos de reporteros con Lapuente y Aguirre. Libretas cerradas, y cámaras y grabadoras apagadas.

Lamentablemente, hubo infiltrados. Gente del medio que no respetó el pacto. Fotos y audios que se filtraron. Una palabra de honor grupal, violentada por uno o dos.

Para Rusia 2018 las cortinas se bajaron estilo Kremlin. Las peticiones de entrevistas eran resueltas al estilo de la KGB. Había cruce de itinerarios que a más de uno en el seno del Tri debió divertir.

A tal hora, en tal cancha y por tal puerta. Súbitamente, después de esperar un par de horas de pie, en la calle, modificaban la puerta de acceso, y a un lento, penoso, queloniano, auscultamiento por parte de la seguridad, que provocaba llegar tarde a conferencias de prensa.

Ojo: no era el Comité Organizador, y a veces ni la oficina de prensa del Tri o de la FMF, sino algún directivo dispuesto a alterar planes y horarios por capricho. Hasta Juan Carlos Osorio, el técnico del Tri, se sorprendía del reajuste de acercamiento con los medios.

Muchas veces esa misma estratagema era a veces provocada por algunos jugadores. Incluso se pensó que tras la victoria sobre Alemania se facilitaría esa relación... y fue peor.

Para entonces, las empresas con derechos de transmisión ejercían un control extra sobre la agenda del Tri. “Mira, tu acreditación y cómo hagas tu trabajo aquí dentro (en la concentración de México), lo deciden fuera de la FMF, lo deciden quienes tienen los derechos”, confió entonces gente al interior de la oficina de medios de la Selección Mexicana.

Un colega pidió una entrevista con un seleccionado nacional. Le preguntaron sobre el tema a tratar. Lo explicó con detalle. La respuesta es fantásticamente reveladora: “Déjame preguntar a ver si las televisoras con derechos no tienen este tema contemplado con este jugador, porque entonces ellos tienen prioridad”.

Momentos hubo en los que sólo se podían observar 15 minutos del Tri haciendo absolutamente nada que estirar el esqueleto durante el Mundial de Rusia. Y eran instantes en los que uno se preguntaba puntualmente “¿qué estoy haciendo aquí si no hay condiciones mínimas para trabajar?”.

Brasil, España, Alemania, Francia, Uruguay y hasta Argentina, a veces, ofrecen facilidades muchísimo más razonables que México, en todos sentidos, desde accesos a jugadores, entrenador y logística.

Por eso, alguna vez, frustrado, exclamé: “Si estos ‘muertos’ (selección mexicana y anexas) que no han ganado nada se comportan así, ¿qué tal el día que ganen algo?”.

¿Coincide? Después de saborear a plenitud ocho ciclos mundialistas, con sus respectivas Copas del Mundo, cubrir la Selección Mexicana pasó de ser un placer a ser un calvario. De ser un gozoso apostolado, a un miserable apostolado.