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Alemania 2006: Tres músculos para sonreír

“Un médico afirmaba que para fruncir el entrecejo se necesitan poner en juego 64 músculos, mientras que para reír son suficientes tres. El dolor es, por consiguiente, más deportivo que la alegría”.

César Vallejo

MÉXICO -- Hay partidos en Copas del Mundo que parecen intrascendentes. Que hacen mover más el entrecejo, que los tres músculos que provocan la alegría. Casi nadie apostaría a que un Corea del Sur contra Togo jugado en Frankfurt a las tres de la tarde, pudiera tener algo de sobresaliente. Sin embargo, resultó importante para una persona.

Ahn Jung-Hwan fue un delantero centro de Corea y llegó a este juego calado por la fama en su país y obligado por su veteranía a contribuir en el campo, aunque no fuera titular. Muchos lo reconocían por los comerciales y programas de televisión porque a esas alturas, entendió que, para su vida, era más fácil sonreír en las pasarelas de modelaje y anuncios que fruncir el entrecejo con el futbol.

Corea del Sur perdía el juego 1-0 ante una guerrillera Togo, debutante en un mundial y cuya alhaja era Emmanuel Adebayor, quien en ese 2006 era el nuevo capricho de Arsène Wenger en el Arsenal. Los africanos jugaban agarrados a la fiabilidad de sus defensores y la velocidad de sus delanteros. No fue un encuentro electrizante a pesar del lleno en las tribunas, porque Corea tenía un ritmo cadencioso, casi perezoso, sin que se notara reacción alguna. No pintaba bien la situación y nadie hubiera puesto sus fichas por Jung-Hwan para resolver el partido.

Habría que hablar entonces de él teniendo en cuenta sus antecedentes. Un gol suyo eliminó a Italia en el 2002 y le dio a su país el histórico pase a cuartos de final. Desde ese momento las cámaras enfocaron su larga melena al viento y tomó un gusto especial por aparecer en la televisión. Sólo la victoria mejora el cutis y a partir de ahí se transformó en una celebridad.

En lo deportivo, tuvo que tragar el episodio amargo con Marco Materazzi en el Perugia cuando en el vestidor dijo que apestaba a ajo y peor aún, cuando el presidente del equipo, Luciano Gaucci tuvo a maldecir su nombre, “no voy a comprar su pase ni pagarle a un jugador que significó la ruina del futbol italiano”. Jung-Hwan frunció el entrecejo ocupando sus 64 músculos, decidió embarcar a Japón para ganar millones de dólares haciendo comerciales, anuncios, firmas de autógrafos, presentaciones, telenovelas, reality shows, entrevistas y uno que otro gol. En realidad era más fácil mover tres músculos para sonreír mientras trabajaba, que preocuparse por el futbol.

Aumentó su reputación cuando se casó con la ex miss Corea, Lee Hye-Won y en nombre del amor que se profesaron, besaba la sortija de su dedo en cada anotación, de ahí el mote de ‘el señor del anillo’. El problema era que mientras más facturaba por comerciales menos besaba su argolla.

Pasó por el Metz y el Duisburgo. En el proceso eliminatorio para Alemania 2006, apenas hizo 8 goles por temporada. Sin embargo, la postal de Jung-Hwan era la del hombre renovado por las cremas faciales, los chicles, las sodas y el modelaje, los trajes y las corbatas, los teléfonos móviles, las lámparas de buró, los balones y escuelas de futbol, los destinos turísticos, todo en una infinita lista de patrocinadores que esperaban su turno mientras la selección tenía un nuevo ídolo, el jugador del Manchester United: Ji–Sung Park.

La vida de Jung-Hwan discurría en un universo paralelo a los campos de futbol. Era la portada de revistas para jovencitas, anunciaba autos y desodorantes y lo que le pusieran enfrente. Empezó a hacer telenovelas y programas cómicos de televisión en donde se disfrazaba de anciano o plomero. Sus tres músculos faciales para sonreír le daban bastante dinero, pero ya no la satisfacción del gol.

Para el Mundial del 2006, lo subieron de última hora. En el laberinto en que se convirtió el juego contra Togo, el técnico Dick Advocaat lo metió a la cancha. Para ese momento ya se desarrollaba todo en las dos áreas y la media cancha era tierra baldía. Fue tal el desfogue coreano que los togoleses sufriendo, perseguían el esférico con la lengua de fuera, además de tener que redoblar esfuerzos por la expulsión de Jean Abalo.

La entrada de Ahn Jung-Hwan había animado las gradas y embotellado a los africanos. La gente se volvió eufórica cuando lo vio salir del área, controlar de espaldas a la portería y mandar un disparo de pierna derecha con suficiente velocidad y altura como para catalogarlo en el renglón de golazo. Otra vez el chico de moda, el hombre que corría con la melena al viento para eliminar a Italia aparecía de nuevo cuatro años después y tras cientos de comerciales grabados. Sería lo único rescatable de Corea en Alemania. Jung-Hwan fue envejeciendo, pero viviendo de su imagen. Sus goles al menos, hicieron mover los tres músculos que producen una sonrisa cuando un gol convierte un partido intrascendente en un buen recuerdo.

Esta historia es parte de una colección de 20 escritos, uno por cada Mundial, desde Uruguay 1930 hasta Brasil 2014: