Incontables amistosos contra países de mucho menor jerarquía, en su gran mayoría afrontados con el profesionalismo que requerían. Una fase de grupos impecable, cosechando 9 puntos de 9, 8 goles a favor y solo uno en contra. Un equipo que partido a partido demostraba que todavía tenía hambre de seguir ganando, a pesar de ya haber conquistado todos los títulos a su alcance.
Sobraban los motivos para creer que Argentina no sufriría a la hora de enfrentar a Cabo Verde, el debutante sorpresa del Mundial 2026, en los 16avos. de final. Que el rival no sería subestimado. Que el equipo de Lionel Scaloni haría una demostración clara e inobjetable de su jerarquía.
No fue esa la sensación al final del encuentro. A diferencia de lo que atravesaron España y Uruguay en la fase de grupos, la Albiceleste pudo ponerse en ventaja en el primer tiempo de la mano de un brillante Lionel Messi, pero conforme fueron avanzando los minutos ocurrió algo inimaginable: el equipo le permitió una y otra vez a los africanos meterse de nuevo en el partido. Ya sea por el impacto del pesado clima de Miami, los méritos del contrincante o múltiples errores propios, se vio la peor versión del campeón del mundo en años, como lo demostró la dificultad para encontrar el triunfo por 3-2, recién en el segundo tiempo extra. Y las dudas de cara al duelo de octavos ante Egipto abundan.
Mac Allister y Enzo, de las "Ferraris" a la parsimonia
El juego interior de la Argentina era una de sus características definitorias durante los primeros partidos de esta Copa del Mundo. Mientras la mayoría de las potencias, en particular los conjuntos europeos, caían en la "trampa" de circular la pelota alrededor del bloque defensivo de sus adversarios, con los extremos ensanchando su posición, sin posibilidad de profundizar, los volantes sudamericanos se agrupaban por adentro y tocaban en espacios reducidos de manera punzante y telepática para romper esa resistencia. Ese estilo, donde se podía pasar de 0 a 100 en segundos, le valió el apodo de "Ferraris" de parte de Jorge D'Alessandro, panelista argentino del popular programa español El Chiringuito, poco después de ganar el Mundial Qatar 2022.
Esa imagen quedó a años luz de lo visto este viernes. Tanto Enzo Fernández como Alexis Mac Allister, abanderados del cambio que le dio a la selección su tercera estrella, cayeron en esa misma trampa, en la que nunca caían. Circulación lenta y poco imaginativa. Imprecisión en los pases impropia de dos de los mejores del mundo en su posición. Serios problemas para retroceder y mantener la superioridad numérica ante los contraataques rivales.
A 5 minutos del final de los 90, y tras un rendimiento muy pobre para sus elevados estándares, Fernández cayó al piso mientras controlaba la pelota y comenzó a elongar, temiendo una posible lesión. Al mismo tiempo Facundo Medina indicó no poder continuar, y Scaloni lo reemplazó rápidamente por Nicolás Tagliafico. Pero el futbolista de Chelsea completó los 120 minutos de todos modos, sin manifestar mejoras en su estado físico. Aunque no llegó a sentir molestias musculares, Mac Allister también finalizó el encuentro muy disminuido en energías, incluso desde antes del tiempo extra. Toda una preocupación a la hora de decidir si insistir con esta base o probar nuevos nombres en la próxima instancia.
Ni Julián ni Lautaro pueden relevar a Messi
El número 10 dio una producción emocionante en los duelos ante Argelia, Austria y Jordania, donde convirtió 6 de los 8 tantos argentinos. Uno de los desafíos de cara al resto del torneo, en tanto, estaba en evitar que asome de nuevo la "Messidependencia", y que Julián Álvarez y Lautaro Martínez tengan más participación en la finalización, con tal de distribuir las responsabilidades en el ataque.
Nada más lejos de la realidad frente a Cabo Verde. El encuentro en Miami vio otra producción fantasmal de ambos delanteros, a pesar de que uno sustituyó al otro en la segunda parte. El futbolista de Inter tocó la pelota apenas 19 veces, no registró tiros ni chances creadas y perdió la pelota en cuatro ocasiones. El de Atlético vio más la posesión, con 35 toques, pero tan solo aportó un tiro bloqueado y un pase clave en 57 minutos.
Pero más allá de lo que digan las estadísticas, lo que mostró el partido en sí era que cualquier producción ofensiva de los de Scaloni debía salir de los pies de Messi. Más allá de su gran gol y su asistencia para Cristian Romero en el 3-2, cada vez que le llegaba la pelota era capaz de encontrar una combinación, un hueco o una falta en el borde del área a partir de su movimiento y su técnica. Lo mismo no se podía decir de sus socios en el ataque, cuya producción en esta Copa del Mundo todavía es pobre.
Scaloni y una extraña aversión al riesgo
El entrenador tampoco quedó exento de los cuestionamientos como consecuencia de la actuación de la Argentina. La consagración en Qatar había llegado en el marco de varias decisiones pesadas y osadas de su parte, en puntual el ingreso de los entonces inexperimentados Fernández, Mac Allister y Álvarez a un equipo que había mostrado falencias en lo físico y futbolístico en el inicio de esa Copa del Mundo.
Ante Cabo Verde, los mismos protagonistas esta vez quedaron expuestos por las mismas razones, pero la disposición del equipo no respondió de la misma forma. Resultó desconcertante cómo, luego de cada gol argentino, se volvía a entregar la pelota y el territorio al rival, en vez de insistir en la búsqueda de más profundidad ofensiva y aprovechar la ventaja para extenderla.
Lo mismo se puede decir con respecto a los cambios en particular. Los ingresos de Álvarez y Nicolás González por unos muy flojos Lautaro Martínez y Thiago Almada tenían justificación sobre el papel, pero sus respuestas a las falencias en el medio fueron más difíciles para encontrar explicaciones: darle entrada a Leandro Paredes por Rodrigo de Paul, no apostar por perfiles de mayor creatividad y desparpajo como Nico Paz y Valentín Barco, insistir durante los 120 minutos con Enzo y Alexis, usar un único cambio en la prórroga y que sea el ingreso de Gonzalo Montiel por Nahuel Molina en el lateral derecho.
A fin de cuentas, el bochorno fue evitado, se consiguió la clasificación y el fútbol le otorgó a la Selección Argentina una revancha ante Egipto. Una oportunidad para aprender de todos estos errores, corregir a tiempo y reencauzar el camino de la defensa de la corona. Scaloni y su plantel pueden agradecer que su peor partido llegó ante Cabo Verde, un equipo que no fue capaz ni tenía las herramientas para capitalizar sobre las ventajas que cedía la Albiceleste. Los del norte de África, en cambio, cuentan con talento del calibre de Mohamed Salah y Omar Marmoush. No se puede permitir otro rendimiento similar.
