Alemania y otra frustración en el Mundial 2026: razones de la debacle de un gigante

Como pasa con todo lo que se repite demasiado, aquello de que “el fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre ganan los alemanes”, terminó por gastarse. La culpa no la tiene el brillante Gary Lineker, autor de ese pensamiento muy adecuado para una época en que la Mannschaft, ganara o -muy rara vez- perdiera, siempre parecía tener todo bajo control. Hoy, después de que se quedó afuera del Mundial 2026, por tercera Copa del Mundo consecutiva sin llegar a estar entre los mejores 16 del torneo, la realidad parece haberle pasado por encima. Algo que le podía ocurrir a cualquiera, pero parecía que a Alemania no.

“Si te elimina Paraguay, ya no sos un equipo de primer nivel". Un inadvertido podría suponer que esa sentencia tan contundente partió de alguien que disfrutó con la eliminación y se estaba burlando de los alemanes. Todo lo contrario. La frase fue del entrenador Julian Nagelsmann, en una conferencia de prensa teñida de estupor y tristeza. Su declaración mostró un indicio positivo: para poder solucionar un problema hace falta asumirlo y Alemania lo ha hecho. Lo que no quita la incógnita de cómo se logra que uno de los seleccionados más grandes del mundo vuelva a estar en el primer nivel después de haber perdido pie de forma tan notoria.

Ese plus que le falta a Alemania y no se puede comprar

Aquel postulado de Lineker llevaba consigo un hecho implícito: no era imposible que Alemania afrontara complicaciones y estuviera abajo en el marcador en un partido, pero contaba con una capacidad enorme para dar vuelta ese tipo de historias. Eso hacía sentir que nunca se lo podía dar por derrotado.

Para esto ayudaba una característica esencial que siempre tuvieron los seleccionados alemanes: liderazgos muy definidos dentro del campo de juego. Con futbolistas que imponían autoridad por sus condiciones y a veces también por su físico intimidante, como Uli Stielike en 1982, Hans-Pieter Briegel en 1986 o Bastian Schweinsteiger de 2006 a 2014. Algunos con una personalidad ganadora que desde el fondo hacían ir a todo el equipo hacia adelante, como Andreas Brehme en los campeones de 1990. O los que podían encolumnar a sus compañeros dentro y fuera del campo por su ascendencia y su enorme calidad como futbolistas, como Franz Beckenbauer y Paul Breitner en el equipo campeón de 1974.

Hoy ese tipo de jugadores no aparece más en Alemania.

Por mucha personalidad que pueda mostrar en el arco un Manuel Neuer ya más cerca del ocaso. Por mucho esfuerzo que hagan por emular a aquellos colosos de la defensa Antonio Rudiger o Jonathan Tah. Por mucho que intenten contagiar con su habilidad Jamal Musiala y Florian Wirtz, o Kai Havertz con su vocación ofensiva, no se llega a generar un contagio grupal. Eso se nota dentro del campo y aflora sobre todo cuando la historia se presenta adversa, como ocurrió en el Mundial en la caída ante Ecuador por fase de grupos o frente a un Paraguay que simplemente apeló a defenderse con orden y se transformó en una muralla infranqueable. Así, aquella Alemania que parecía invencible hoy tambalea ante la primera dificultad.

El libro viejo de Alemania no va más

Hace 40 años, todo era muy distinto. Cuando Argentina sacó dos goles de ventaja en la final de 1986, Beckenbauer, que había jugado como los dioses pero como director técnico estaba obligado a ser pragmático, decidió desempolvar una vieja receta bien alemana que se mantenía muy vigente. Hizo ingresar a un delantero veterano de 33 años llamado Dieter Hoeness, que medía 1,88 metros, tenía una espalda portentosa y con la pelota en los pies -situación que trataba de evitar- por momentos no parecía futbolista. Eso sí: cabeceaba todo lo que le pasaba cerca y era muy difícil de marcar, incluso para defensores de mucho oficio. Sólo con tirarle centros y con el empuje de un equipo que no se rendía nunca, Alemania consiguió emparejar el desarrollo y el resultado. Aunque después Argentina festejó por un pase mágico de Maradona y la corrida interminable de Burruchaga.

Hoy está muy claro que el fútbol cambió. No sólo un jugador con las limitaciones técnicas de Hoeness ya no podría integrar un seleccionado de primer nivel, sino que las diferencias físicas, que en muchas ocasiones le dieron a Alemania una ventaja por sobre el resto, se redujeron con las técnicas de entrenamiento actuales. Y en ese contexto, las sucesiones de pases empezaron a ser una herramienta fundamental para llegar a los goles que antes muchas veces se conseguían con un juego más directo. Como un pelotazo al área y una peinada más o menos afortunada, marca registrada de la Mannschaft hasta no hace tanto.

Esto no era tan evidente en 2014, cuando el último gran seleccionado alemán se llevó el título en Brasil luego de vencer a Argentina en la final y de dar una demostración histórica de fútbol dinámico y efectivo en la semi para aplastar por 7-1 a los locales. Un año antes había llegado a Bayern Munich, el equipo emblemático del fútbol teutón, el entrenador que hizo del tiki-tiki algo cercano a una religión: Pep Guardiola. Aunque encontró diferentes límites, se quedó con las tres Bundesligas en las que dirigió al club bávaro y consiguió en buena medida imponer sus ideas en el ámbito local.

Con Bayern Munich solo no alcanza

Luego de su salida en 2016, Pep admitió que tuvo que prescindir de buena parte de su aprendizaje previo para adaptarse a la cultura táctica alemana, que implicaba un fútbol mucho más directo. “Con (Jupp) Heynckes jugábamos más al contraataque y ahora con Pep todas las jugadas tienen 10 o 15 toques antes de llegar a portería”, explicó en su momento en una entrevista a “El Español” Javi Martínez, mediocampista que fue un engranaje clave en el esquema de Bayern por aquellos años. El entrenador le dio además al equipo una flexibilidad táctica que contrastaba con la rigidez de años anteriores.

Resultados aparte, la semilla que sembró Pep parece haber dejado sus frutos. Bayern es un ejemplo de adaptación al fútbol moderno y sigue compitiendo mano a mano con los mejores de Europa. Además, se mantiene como una cantera inagotable de muy buenos jugadores, de los que se nutre el seleccionado.

Los cambios que introdujo Guardiola fueron saludados por futbolistas e hinchas, aunque encontraron un límite en la Champions. Más precisamente en las semifinales del torneo, instancia en la que Bayern fue eliminado por Real Madrid (2014), Barcelona (2015) y Atlético de Madrid (2016).

España, la referencia inevitable ¿e inalcanzable?

Se podría considerar casualidad que hayan sido tres clubes españoles los que cortaron el camino del equipo emblema de Alemania en tiempos en que Guardiola buscaba imponer su revolución futbolera. Está claro que la escuela que hoy sigue el seleccionado español, esté quien esté como entrenador, sólo podría asociarse con nitidez a Barcelona, donde Johan Cruyff primero y Pep después, entre muchos, la dejaron marcada a fuego.

En cambio sí se puede pensar en una suerte de supremacía psicológica que estableció España sobre Alemania en los últimos años, y que tiene que ver con ser el emblema más concreto de ese fútbol que los germanos intentan jugar y no les sale tan bien.

Las estadísticas, a veces caprichosas, no parecen serlo tanto en los enfrentamientos entre ambos de las últimas dos décadas: desde 2008 hasta hoy, chocaron ocho veces con cuatro victorias de la Roja que incluyeron la semifinal de un Mundial, una final y una semi de dos Eurocopas, además de un 6-0 lapidario. Los números se completan con tres empates y apenas un triunfo teutón, en un amistoso disputado en Vigo en 2014.

Pero si de algo no se puede acusar a Alemania es de no persistir en el camino que sabe correcto. Lo prueba el hecho de que también Leverkusen haya apostado a un técnico español como Xabi Alonso para renovarse, con el premio de haberse llevado la Bundesliga en 2024 gracias a un fútbol que despertó admiración en propios y extraños. Claro que todavía falta ver cuándo ese virtuosismo llegará al seleccionado.

Alemania, en deuda con la historia

El asombro por su momento actual se vincula con la relevancia que siempre tuvo Alemania en el fútbol mundial. Desde que pateó el tablero en 1954 al arrebatarle en la final el título a aquella Hungría que era el gran equipo del momento, el seleccionado teutón fue una de las presencias más constantes en las instancias decisivas tanto de las Copas del Mundo como de los torneos continentales.

Los alemanes se acostumbraron durante muchos años a ser los grandes dominadores del fútbol europeo junto a otro coloso, también tetracampeón mundial: Italia. No parece casual que los dos hayan encontrado una sequía de resultados casi en simultáneo, más allá de que la comparación amerite establecer algunas diferencias.

Aunque para los viejos futboleros no tener a la Azzurra por tercer Mundial consecutivo parezca increíble, también es cierto que el nivel del seleccionado entró en un bajón pronunciado en consonancia con lo que ocurría a los clubes italianos, que pasaron de animar las competencias continentales a conformarse con llegar esporádicamente a alguna definición.

Los resultados no son más que una consecuencia de lo que genera dentro del campo Italia, incapaz de establecer distancias contra seleccionados históricamente inferiores como fue el caso de Bosnia en el último repechaje. Alemania, en ese sentido, puede encontrar un hecho positivo en que está subido al barco del nuevo fútbol, aunque todavía claramente le cueste hacer pie.

Un destino incierto tras el Mundial 2026

Las renovaciones pueden ser procesos dolorosos para muchos equipos. En su momento le ocurrió a Argentina, que llegó a Suecia en 1958 con la creencia de que era el mejor seleccionado del mundo. Enfrentó con algunos jugadores que usaban un lazo para contener su abdomen prominente justamente a Alemania Federal, campeón cuatro años antes. El resultado fue una bofetada de realidad con un 3-1 lapidario, que luego se agravó con una caída 6-1 contra Checoslovaquia, al día de hoy la peor derrota de Argentina en los Mundiales.

Después de aquello, la Albiceleste entendió de inmediato que tenía que cambiar. Algo similar a lo que le ocurrió a Alemania en la última década. Asumió rápido que el fútbol no era el mismo y que tenía que empezar a jugar de otra manera.

El problema no fue negar lo que se venía, sino más bien su falta de adaptación a este tiempo nuevo, que todavía persiste. Sólo el futuro tiene la respuesta de hasta cuándo.