Marcelo Bielsa, extranjero de sí mismo

Solo sé que no sé nada. La frase de Sócrates, bien podría aplicar a Marcelo Bielsa en su conferencia de prensa post eliminación del Mundial 2026. Bien podría aplicar también, por qué no, a todos nosotros, humildes mortales, que debatimos en una mesa de café, que oficiamos de fiscales, que acostumbramos a levantar la voz hacia jueces imaginarios acerca de si el entrenador argentino es inocente o culpable. Ángel o demonio. Genio o loco. Víctima o victimario.

Nada de eso importa demasiado.

Mersault, el protagonista de 'El Extranjero' de Albert Camus, nos eriza la piel en un pasaje de esa obra maestra cuando asegura ser "extranjero de sí mismo". Ahí va Bielsa, con su imperfección tan perfecta, debatiéndose entre excesivamente cuerdo o alienado. Podrás amarlo, podrás odiarlo, pero jamás podrás ser indiferente a él.

Marcelo Bielsa sufre, a sus 70 años, un conflicto de época. Se declara tóxico. Se martiriza, se carga de culpas, se atormenta. Sufre. Es un azote tras otro en un vía crucis emocional que duele de solo verlo a miles de kilómetros de distancia. Mira hacia abajo, explica que no es un modelo publicitario, que es un entrenador de fútbol. Se esmera en tratar de explicar lo inexplicable.

Las eliminaciones tempraneras con Argentina en 2002 y con Uruguay en 2026 provocan el escarmiento general. Bielsa, en situaciones de presión, se equivoca. Bielsa se peleó con Luis Suárez. Bielsa creyó en Fernando Muslera. Bielsa sacó a Federico Valverde a los 60 minutos del segundo tiempo. Bielsa, los jugadores, la época. Los fantasmas del pasado. Los desafíos del presente. Su conferencia de prensa. El dolor de ya no ser. El dolor, más agudo, de ya no pertenecer.

No a un Mundial. A un modelo. A un contexto. A una época. A un mundo en el que Bielsa enseñaba, con precisión quirúrgica, con docencia de maestro rural, intramuros. Un entrenador de jugadores, un formador de personas, que hace hueco en el profesionalismo extremo de hoy. Que le cuestan los grupos. Hubo tiempos en los que no se necesitaba tanto impacto, ni declaraciones estrambóticas para poder ser. No había anzuelos para confundir inocentes. Se escuchaba más de lo que se decía. Se leía más de lo que se veía. Se aprendía más de lo que se gritaba.

Bielsa explica, a su manera, que lo suyo ya es pasado. No sus capacidades, no sus habilidades. Sus mensajes son contraculturales para la era de las redes sociales. "Explíqueme la revolución rusa en 45 segundos". "Cómo ser ingeniero químico en un mes y medio". "Hágase rico en cuatro meses: descubra las bondades de la física cuántica en cursos online de 45 minutos semanales". El modo express del planeta. La desesperación de esperar. La sensación ilógica de construir la Sagrada Familia de Antonio Gaudí mirando reels de Instagram. Bielsa dice, como puede, tratando de no faltar el respeto, lo mismo que vivimos aquellos que ya peinamos algunas canas: los jugadores no toleran videos largos de más de diez minutos. Dice que no quieren, pero más duro aún, que no lo aguantan. Entonces lo que debería demorar tiempo, tiene que ser inmediato. ¿Dónde queda, como decía Alejandro Dolina, la aventura del conocimiento y el aprendizaje?

"Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida. De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda. Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento, el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo. "Aprenda a tocar la flauta en 100 años". "Aprenda a vivir durante toda la vida". "Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje" - Alejandro Dolina.

Bielsa escupe, a borbotones, como puede, con las herramientas y la energía que le queda, el sentimiento de confusión de quien se levanta por la noche y lo han mudado de casa. Ni siquiera eso: lo han mudado de barrio. De ciudad. Y por qué no de país. Se habla otro idioma, las costumbres son otras, y lo que alguna vez era ya no es.

"Todo lo que yo se no es mucho ni poco. Todo lo que yo sé lo volqué a cualquier persona, organización o profesional que me pidió durante estos tres años. Tengo la absoluta certeza que a nadie le importa lo que yo sé. Todo lo que yo quise transmitir nunca fue importante, a ningún nivel. Eso desde mi punto de vista no me parece importante, solo digo que a los demás no les importa aprender" - Marcelo Bielsa.

Bielsa y la despedida a una época

El mundo que alguna vez conoció Marcelo Bielsa ya no existe. El Mundial tiene 48 selecciones. Hay pausas de hidratación cada cuarto de hora. El negocio del fútbol, que ya era grande, ahora es inmenso. Él forma parte de ese núcleo, sus contratos así lo indican, pero sus herramientas ya no tienen el poder que alguna vez tuvieron.

La conferencia de prensa de Uruguay, con un Bielsa auténtico, la de un hombre que mira de frente, que no esquiva los errores, que abraza los fracasos, es un grito de ayuda. Es un aullido de una generación ya olvidada. Una despedida. No de Uruguay. Es un adiós a lo más profundo que tiene una persona: la sensación profunda, cabal, angustiante, de ya no pertenecer.

El mundo ha vivido equivocado. Extranjero de sí mismo.

Y todo lo demás, también.