Estados Unidos tiene regulaciones estrictas para los operadores de drones, lo que dificulta incluso para los equipos que desean usar estos dispositivos para filmar sus propias sesiones.
Cuando la descubrieron por primera vez, a la selección de Estados Unidos le encantó todo de su sede de entrenamiento para la Copa Mundial de la FIFA.
Bueno, todo... excepto el globo gigante.
"El globo es interesante", comentó un directivo de la federación el mes pasado, "pero realmente tenemos que asegurarnos de que ese aparato no esté en funcionamiento mientras estamos entrenando".
El directivo hablaba en serio. El equipo tiene su base en Great Park, en Irvine (California), y el Great Park Balloon —que se asemeja a una mandarina enorme (y probablemente deliciosa)— eleva a los visitantes hasta unos 120 metros (400 pies) de altura. Gracias a la visibilidad despejada que abarca kilómetros a la redonda, las vistas desde su barquilla son increíbles.
Y ahí radica el problema.
Si bien el espionaje en el fútbol solo capta esporádicamente la atención del aficionado ocasional —como cuando un equipo de élite es sorprendido usando un dron para espiar a sus rivales durante los Juegos Olímpicos, tal como le ocurrió a Canadá en Francia hace dos años—, la posibilidad de que alguien del equipo contrario esté observando es una preocupación mucho más habitual para muchos de los protagonistas en los niveles más altos de este deporte. Numerosas conversaciones con jugadores, entrenadores y miembros del cuerpo técnico previas a la Copa Mundial de este verano confirmaron esa realidad.
En pocas palabras: el futbol está lleno de personas que (A) espían a alguien, (B) se preocupan activamente de que alguien las espíe o (C) ambas cosas.
Ya ha sucedido durante este torneo: las autoridades mexicanas "neutralizaron" un dron no identificado que sobrevolaba la sesión de entrenamiento de Corea del Sur el 16 de junio y, pocos días después, el entrenador Mauricio Pochettino bromeó sobre la búsqueda de observadores no deseados cuando fue visto grabando un video desde lo alto de una colina antes del entrenamiento.
"Estamos en la era de los espías", dijo con una sonrisa.
La lista de episodios sonados del pasado es larga y variada. Hace apenas un mes, el futbol inglés bullía con la polémica de que el Southampton había sido declarado culpable de espiar los entrenamientos de varios rivales. Un ojeador sueco fue sorprendido usando un telescopio para espiar las prácticas de Corea del Sur justo antes de su partido en el Mundial de 2018. Y cuando el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de París 2024 se vio alterado por Canadá y su inoportuno dron sobre el entrenamiento de Nueva Zelanda, hubo una reacción inicial de indignación y asombro —"¿¡pueden creerlo!?"— seguida, muy rápidamente, por un encogimiento de hombros colectivo.
"Escucha, todos los equipos lo hacen", dijo en aquel momento el centrocampista estadounidense Tyler Adams en el podcast "The Cooligans". "Sé a ciencia cierta que todos los equipos lo hacen de una forma u otra".
¿Todos los equipos? Quizás sea exagerar, pero el argumento de Adams es válido. Con 48 equipos en el Mundial de este verano, parece difícil imaginar que el espionaje no esté en el radar de todos.
Y, dada esa realidad, no es difícil entender por qué a Estados Unidos no le haría mucha gracia tener un enorme globo aerostático abierto al público justo al lado de sus sesiones de entrenamiento.
"El espionaje es una realidad", afirmó un entrenador que ha trabajado al más alto nivel tanto en clubes como en el futbol internacional. "Puede que Marcelo sea uno de los pocos que habla de ello, pero casi todo el mundo que conozco tiene sus propias historias".
"Marcelo", en este caso, se refiere a Marcelo Bielsa, el legendario entrenador argentino que en 2019 admitió abiertamente que su equipo, el Leeds United, había espiado a todos los rivales a los que se enfrentó esa temporada. Bielsa incluso ofreció una conferencia de prensa en la que explicó sus motivos; entre ellos, y como una de sus declaraciones más llamativas, confesó con sorprendente franqueza que no espiar le hacía sentir como si no estuviera esforzándose al máximo por ganar.
"Nos sentimos culpables si no trabajamos lo suficiente", dijo, añadiendo que el espionaje "nos permite tener menos ansiedad y, en mi caso, soy lo bastante estúpido como para permitir este tipo de comportamiento". (El Leeds fue multado con unos 250,000 dólares tras la confesión de Bielsa).
Los drones son, obviamente, una opción moderna para el espionaje, pero desde hace años se utilizan diversas tecnologías como herramientas de reconocimiento. Cuando la selección masculina de Estados Unidos juega partidos de clasificación para el Mundial a domicilio en la zona de la Concacaf, parte de su protocolo de entrenamiento previo al partido consiste en inspeccionar el estadio en busca de cámaras u otros dispositivos de grabación.
Un antiguo miembro del cuerpo técnico recordó numerosas ocasiones en las que se descubrieron cámaras ocultas, a menudo en lugares sorprendentes.
"En el Azteca [Ciudad de México], encontramos cámaras GoPro en la estructura perimetral de la parte alta del estadio", comentó el miembro del equipo. "Las hemos encontrado debajo del banquillo. Una vez las hallamos cerca de la portería de repuesto" situada en el borde del campo.
"Nuestra postura siempre fue quedárnoslas", añadió. "Lo veíamos como un regalo. Al fin y al cabo, el otro equipo no te va a llamar para admitir lo que hacía y pedirte que se las devuelvas, ¿verdad?".
Es fácil entender por qué alguien querría espiar antes de un partido de gran trascendencia, como un encuentro de la Copa del Mundo o la eliminatoria de ascenso de la Championship inglesa que podría conducir a una lucrativa promoción a la Premier League. Sin embargo, en algunos cuerpos técnicos y programas deportivos, la práctica del espionaje está tan arraigada que se intenta incluso en partidos amistosos sin ninguna importancia competitiva.
Varias fuentes de la federación estadounidense relataron (entre risas) un incidente ocurrido en una concentración en Florida en 2021, cuando un miembro del cuerpo técnico de la selección masculina de Canadá fue sorprendido intentando observar el entrenamiento de Estados Unidos, un día antes de que ambos equipos disputaran un partido de práctica informal y no oficial.
"Todos pensamos: '¿Cómo? ¿Qué?'", recordó un miembro del personal de la federación en aquel entonces. "Era un partido de práctica. Les habríamos dicho nuestra alineación, cómo íbamos a jugar... literalmente les habríamos contado lo que quisieran, si es que realmente querían saberlo".
Numerosos entrenadores y jugadores atribuyen el espionaje a factores culturales: por ejemplo, según el estereotipo, los equipos y entrenadores de Sudamérica o Centroamérica dan por sentado que habrá espionaje, mientras que sus homólogos norteamericanos y europeos no suelen asumir que esto ocurra constantemente (aunque las opiniones sobre la exactitud de estas etiquetas varían).
No obstante, todos coinciden en que la paranoia no entiende de fronteras. Entrenadores de todas las nacionalidades y niveles suelen seguir procedimientos específicos para proteger sus entrenamientos de miradas indiscretas. Es habitual realizar barridos de seguridad en el estadio durante el entrenamiento previo al partido, y las exigencias de privacidad pueden generar situaciones incómodas si, al mismo tiempo, los operarios de mantenimiento eléctrico o de jardinería de las instalaciones están intentando realizar tareas importantes.
"Muchos me decían: 'Eh, mi jefe dice que tengo que instalar estos cables', cuando les pedía que se marcharan", comentó un antiguo miembro del cuerpo técnico de la selección nacional. "Podía resultar una situación extraña".
Este mismo miembro del personal añadió que una de sus funciones consistía en revisar todas las cámaras fijas del estadio —las utilizadas por las cadenas de televisión y que, por tanto, no estaban activas el día anterior al partido— y girarlas de todos modos, asegurándose de que los objetivos apuntaran hacia las gradas en lugar de hacia el terreno de juego. "Simplemente no quería correr el riesgo de que estuvieran grabando de alguna manera", explicó. Si eso parece exagerado, considere otra anécdota favorita que suelen contar los miembros del personal de la federación estadounidense y que, una vez más, involucra a Canadá. En 2017, justo antes de que las selecciones nacionales femeninas de ambos países se enfrentaran en un partido amistoso en San José, California, los representantes canadienses acusaron a las estadounidenses de intentar grabar su sesión de entrenamiento instalando cámaras en el techo del estadio. "Miren", insistían una y otra vez los representantes canadienses, "se ven claramente ahí mismo, en el techo".
¿Qué objetos señalaban los canadienses? Un par de pájaros de plástico, instalados permanentemente para ahuyentar a las palomas.
Claro que, en algunos casos, no hay nada que se pueda hacer para calmar la preocupación de un entrenador. Antes de un partido de clasificación para el Mundial entre Estados Unidos y Cuba en La Habana en 2008, los estadounidenses se dieron cuenta rápidamente de que varios jugadores cubanos estaban viendo su entrenamiento previo al partido... porque los jugadores vivían en apartamentos contiguos al estadio.
Años después, antes de un partido de un torneo en Estados Unidos, un entrenador estadounidense llamó furioso a varios miembros de su cuerpo técnico y señaló a una persona sentada en la terraza de un edificio alto junto al campo universitario donde entrenaba el equipo. "No sabíamos qué hacer", dijo un miembro del cuerpo técnico en aquel momento. "El edificio era una residencia universitaria y solo era un chico sentado en su balcón fumando".
La FIFA ha prometido que los perímetros de seguridad alrededor de cada una de las sedes de entrenamiento del Mundial de este verano serán robustos, y Estados Unidos tiene regulaciones notoriamente estrictas para los operadores de drones, lo que dificulta incluso para los equipos que desean usar estos dispositivos para filmar sus propias sesiones.
Ante esto, la pregunta fundamental sobre el espionaje cobra aún más relevancia: al final, ¿realmente importa? En un deporte tan apreciado por su fluidez y belleza, ¿cuánta información útil se podría obtener realmente espiando una sola sesión de entrenamiento?
Después de todo, la mayoría de las preferencias tácticas de un equipo ya se conocen tras ver sus partidos anteriores. Lo mismo ocurre con su alineación preferida, su estilo de juego desde atrás o cómo maneja la presión.
Claro, se podría vislumbrar una jugada a balón parado poco convencional o determinar dónde le gusta a un jugador en particular lanzar sus penaltis. ¿Pero más allá de eso?
"Ese es el problema", dijo un entrenador de alto nivel. "Ni siquiera estoy seguro de que valga la pena ver la mayor parte de lo que se podría ver".
