El estadio se ubica en Asian Town, un barrio destinado para personas al servicio de la Copa del Mundo y que han sido marginados del propio evento que ayudaron a operar
QATAR -- Es un estadio de criquet, pero ahí se ve futbol. Es el Fan Fest de los obreros migrantes de Qatar, en el que no tocó el colombiano Maluma o el británico Calvin Harris; en el que no hubo polémica por la falta de alcohol, en el que están los que pusieron las manos para hacer posible la Copa del Mundo Qatar 2022 y están confinados a un lugar en los suburbios de la capital.
La famosa frase “This the Way” que se utiliza en Doha para indicar la ruta a seguir, no se escucha en los alrededores del Estadio de críquet que está en los suburbios de Doha y tampoco suena “Hayya Hayya”, una de las canciones oficiales de la Copa del Mundo.
Lo que sí hay es un grupo de música india moderna, imposible de detectar por los aparatos móviles, y cientos de trabajadores migrantes, que aprovechan un respiro a la rutina para agitar la cabeza al ritmo de la música y después ver un partido de su Copa del Mundo, la que ellos hicieron posible con mano de obra.
El estadio está en el Asian Town, que pudo visitar ESPN, un barrio destinado para las personas al servicio de la Copa del Mundo y/o ayudaron al construcción/operación de Qatar 2022.
En el centro de Doha hay una torre de babel compuesta por aficiones de Francia, Argentina, Marruecos y Croacia, los que aún quedan con vida en la Copa del Mundo.
En las orillas, en el Fan Fest de la zona industrial, hay una mezcla de pakistaníes, ghaneses, nepalés, indios, yemeníes, todos vestidos con playeras de la mitad de los equipos Europa, piratas. Algunos del lado del equipo de Marruecos, otros apoyando a la Francia de Kylian Mbappé, traen sandalias y carecen de los fajos de billetes que luego presumen los turistas, pero tienen el mismo ánimo y emoción por estar cerca de un Mundial.
En el Fan Fest que está en el centro de Doha una cerveza cuesta 50 riales (más de 250 pesos mexicanos), mientras que en el de la Zona Industrial, con 11 riales (55 pesos mexicanos) alcanza para comprar un refresco de cola y unas palomitas. Las mujeres que entran al estadio de críquet se cuentan con los dedos de la mano, apenas tres que alcanzaron entrar al inmueble y una niña, que va de la mano de su papá.
En la grada hay butacas de plástico, muy distintas a las que estos mismos trabajadores montaron o limpian en cada uno de los ocho estadios mundialistas. Aquí son sencillas, de color azul o amarillo, y los que no alcanzan lugar en la grada, se sientan en el pasto mojado.
Ellos, los trabajadores, se quitan los zapatos para ver el partido, gritan y bailan, dicen “Bye, Bye, Bye Morocco”, tras la eliminación del equipo africano de la Copa del Mundo a manos de Francia. Muchos traen la chamarra del uniforme, esa roja con negro que portan los empleados de seguridad en los estadios o en los otros Fan Fest.
Este es el Mundial que ellos hicieron posible y que, al mismo tiempo, los excluye, porque para entrar a los otros Fan Fest se pide la “Hayya Card”, una tarjeta de identificación virtual a la que no tienen acceso, como a casi todo.
