<
>

Un payaso triste y la indiferencia azulcrema

ESPN Digital

MÉXICO -- Se acerca a la entrada del hotel y platica con el personal de seguridad, intercambia par de palabras y presume al mayor de sus hijos, de ropa raída y el rostro empolvado. Junto a él, decenas esperan al América para una noche que se supone de carnaval.

Infla un globo y lo convierte en estrella, amarilla por supuesto, como una camisa que no puede comprar pero que lleva en el corazón, justo debajo del rostro pintado y la falsa sonrisa roja, pero su semblante no refleja alegría, al menos no mientras las Águilas siguen ausentes.

Su hija Fabiola también le acompaña, con un suéter guinda y la falda a cuadros, el mismo corte de cabello que el hermano mayor y la ansiedad por conocer a sus ídolos, a los que espera ansiosa como si de seres míticos se tratara.

Al cuello el gafete del 4º A y antes que nada la ilusión azulcrema, que le lleva hasta al llanto por la frustración de sentirse lejos de a quien admira: Se interponen una valla y al policía, indiferente a la 'enfermedad' del futbol; los futbolistas desfilan como si fueran fantasmas.

Sólo el adulto era payaso o al menos así se mostraba frente a la gente, con un borde colorido sobre los labios, que cubrían una dentadura amarillenta e imperfecta; los tres formaban una familia azulcrema, tan pasional como muchas otras pero sin una entrada para el estadio.

Esperaron más de una hora y demostraron su habilidad con los globos, al menos en un par que obsequiaron con la mirada sincera y sin esperar algo a cambio. Bastaron cinco minutos frente a los ídolos y emprendieron el paso fugaz, no sin antes despedirse de algunos nuevos conocidos.

Allí, el bufón azulcrema sonrió frente a un casi extraño: "Este es el cumpleañero", dijo satisfecho para jactarse nuevamente de su primogénito, que se marchó del hotel de concentración a la espera de su mejor regalo: Un Clásico ganado y un boleto, aunque sea para su equipo, directito a la Final.