Se veía venir. Era casi un secreto a voces. Guillermo Barros Schelotto estaba cumpliendo sus últimos días como entrenador. Y seguramente en las próximas horas, previa reunión con el presidente Daniel Angelici, se definirá la despedida del entrenador que llegó a comienzos de 2016 en lugar de Rodolfo Arruabarrena.
El Mellizo terminará este mes su contrato con el club, y si bien él nunca habló más allá de diciembre, es casi un hecho que no renovará el vínculo.
“Guillermo no sigue ni aún ganando la Libertadores”, se decía desde hace tiempo. Estuvo cerca de ganarla, pero no pudo. Tres años al frente de un club como Boca, las exigencias de un logro internacional que no llegó y el desgaste lógico ante tantas presiones son algunos de los motivos para que el técnico busque otro destino.
Los números dirán que dirigió 115 partidos, con 62 triunfos, 30 empates y 23 derrotas. Logró dos títulos, el bicampeonato en el fútbol argentino. No es poco, es cierto, pero resulta pobre de acuerdo a lo esperado: el xeneize se armó con todo para ganar la Copa Libertadores.
Es cierto que no siempre se puede dar la vuelta olímpica; un viejo refrán futbolero dice que uno levanta la Copa, que campeón hay uno solo. Las lesiones, la dosis de suerte o el rival de turno juegan también un papel aparte.
Lo que sí puede analizarse es cómo se recorre el camino para conseguir ese título, para llegar a lo más alto.
Allí, surgen cuestionamientos. Y tienen que ver con dos puntos, entre otros: no haber podido aprovechar los recursos de un club como Boca, que le permitió contar, seguramente, con el mejor plantel de Sudamérica.
Y por ese mismo camino, no haber logrado un funcionamiento acorde a lo esperado por el nivel de esos jugadores.
Cuando la materia prima está, es responsabilidad del DT armar un equipo que se encuentre a la altura tanto en juego colectivo como en fortaleza anímica.
Este Boca no tuvo ninguna de las dos, o las tuvo en cuentagotas. En lo futbolístico, pocas veces logró jugar bien. Y eso que tuvo de mitad de cancha hacia adelante jugadores de sobra y de jerarquía: Gago, Tevez, Abila, Benedetto, Pavón, Cardona, Villa, Zárate… Además de otros que llegaron con gran cartel y talento, como Bebelo Reynoso, quien pasó sin pena ni gloria por este ciclo.
Claro, administrar tanta riqueza a veces es difícil. Puede confundir cuando hay que tomar decisiones y cuando hay que tener conforme a un grupo con tantas figuras. Y tal vez algo de esto sufrió el técnico xeneize.
A la hora de conformar el plantel también se le puede hacer una crítica a Guillermo. Da la sensación que hubo mucho para elegir de mitad hacia adelante, pero poco de mitad hacia atrás. Ese desequilibrio se notó muchas veces y sobre todo, en la final ante River: tras la expulsión de Wilmar Barrios el mediocampo terminó desarmado, sin opciones acordes a las necesidades del partido.
En lo táctico la idea de Guillermo, el clásico 4-3-3 con el que casi siempre salió al campo, no le dio el resultado esperado. Desde el juego no se vio un equipo vistoso, arrollador; tampoco seguro a la hora de defender, como cuando se volvió un poco más conservador y utilizó a los puntas (Villa y Pavón) para cumplir con tareas defensivas.
La pregunta es: ¿cómo hizo entonces para ser finalista? Hay que recordar que pasó la primera rueda dependiendo de otro resultado, y que a partir de octavos se vio una mejor versión, donde se buscó cuidar un poco más el arco propio. De todas formas, está claro que el nivel de algunas de las figuras (Benedetto, Abila), más allá de lo colectivo, resultó clave para llegar a la final.
En el plano local ganó los dos títulos con justicia y sin dejar dudas, aunque con cierta dosis de sufrimiento. Le costó jugar los partidos más calientes, cuando se acercaba la hora de la definición. Por el nivel de sus futbolistas se le pidió siempre, y con razón, un poco más.
Este Boca pocas veces pudo sobreponerse ante la adversidad, y esa fue otra de las deudas del ciclo de Guillermo. La elección de los jugadores no apuntó nunca a la búsqueda de caudillos, hombres con personalidad para las paradas difíciles. Y eso se paga caro en partidos decisivos.
El ciclo Guillermo llegó a su fin. Con buenas y malas. Con una final que fue derrota, nada menos que ante River. Pero con deudas en lo futbolístico y con la sensación de haber desaprovechado una riqueza de plantel que tal vez no pueda repetirse.
