SE REUNIERON todos: amigos y familiares, puesto que Nicolino Locche cumplía años. Eso fue el 2 de septiembre, cuando hubiera cumplido 80. Murió un 7 de septiembre de 2005, a los 66. Más allá de las fechas, queda en claro que Nicolino vive y nunca está de más recordarlo, por lo que fue: un talento único, diferente e irrepetible. Mendocino de pura cepa, admiraba a Cirilo Gil, que fue campeón argentino welter. Entonces fue al gimnasio del gran maestro Francisco “Paco” Bermúdez. -Yo quiero ser boxeador –le dijo. Tenía trece años. -Bueno, pero primero tire ese cigarrillo –fue la respuesta-. ¿O usted cree que esto es un salón de baile? La conjunción maestro-alumno duró casi toda la vida profesional de Locche. Se divertía haciéndole errar golpes a sus rivales y, como además se ganaba unos pesos, se dio cuenta que esa iba a ser su forma de vida. Realizó 122 peleas amateurs con solamente 5 derrotas. Una fue en Buenos Aires, para un campeonato nacional. “Me aburría tanto lejos de Mendoza, que perdí a propósito para poder volver”, confesó una vez.
LOCCHE se convirtió en el símbolo del Luna Park lleno y de la alegría permanente. Lo suyo fue, ante todo y sobre todo, un show sin violencia y con sonrisas. Se burlaba de los oponentes, les ofrecía la cara para luego –con un breve movimiento- esquivar el golpe. Hablaba con la gente del ring side. Y su caminar chaplinesco, camino a su banquito, se convirtió en una de sus marcas registradas. Fue conquistando de a poco a la ciudad de Buenos Aires, pero cuando lo logró, el idilio no se terminó nunca, porque bastaba su nombre en las carteleras para que se agotaran las entradas, más allá de quien fuera su rival. El show era él. Pasaron boxeadores ilustres, campeones o ex campeones mundiales de la talla de Ismael Laguna –campeón en actividad: dieron empate, había ganado el panameño-, Carlos Ortiz, Joe Brown, Sandro Loppopolo, Eddie Perkins… Y habría que sumar a un juvenil Kid Pambelé, a quien derrotó en la primera pelea y que fue su verdugo en la revancha. Cada giro de cabeza era un “Oooooleeee”, cada amago que dejaba mal parado al adversario era una carcajada, cada final de pelea era una ovación. Nadie iba a verlo ganar por nocaut, sino a disfrutar de sus combates durante todos los asaltos. “El Rey de las Fugas”, lo llamaban porque siempre se escapaba de las concentraciones. Uno de sus trucos era anunciarle a su técnico, Paco Bermúdez: -Voy a la esquina, a comprar una revista. Bermúdez asentía y, cuando Locche dejaba el hotel (estamos hablando de concentraciones en Buenos Aires), el técnico iba a caminar en sentido contrario, hasta que cuando daban ambos la vuelta a la manzana se cruzaban… ¡Y, como de costumbre, Locche estaba fumando! Cansado, Bermúdez decidió encerrarlo en la habitación del hotel, pero fue inútil: Locche encontró una forma de abrir una ventana y se escapó… El periodista “Piri” García, de la revista “El Gráfico” lo bautizó “El Intocable” a partir de una muy popular serie de televisión, con las aventuras de Eliot Ness y así le quedó el mote, perfecto, fiel a su estilo.
EL CIGARRILLO fue su principal enemigo y nunca se separó de él, porque lo consideraba, justamente, “un gran amigo”. Así y todo, lo acompañaba siempre, porque era capaz de fumarse uno antes de subir al ring… y otro, apenas llegaba a los vestuarios. Aunque pocos creían que su estilo podía ser ganador en el extranjero, Juan Carlos Lectoure consiguió que le dieran una chance ante Paul Fujii, el 12 de diciembre de 1968, en el Kuramae Sumo de Tokio. Para dar una idea de cómo asumió el compromiso, habrá que decir que antes de la pelea, durante el masaje previo… ¡Se quedó dormido! Hubo que despertarlo para que subiera al ring… Fue su obra maestra, pues no solamente esquivó casi todos los golpes del campeón, sino que esa noche también se dedicó pegar. Lacerado, quebrado anímicamente, sin fuerzas, Fujii decidió quedarse sentado en su banquillo y no salir al round que ya empezaba, el décimo. Aquella noche de gloria, mostró al mejor Locche, ya que le sumó una efectividad que habitualmente no tenía: de sus 117 triunfos, solamente 14 fueron antes del límite (perdió 4 peleas y empató 14). Además de haber sido campeón argentino y sudamericano, logró el campeonato mundial welter junior de la AMB ante Fujii y la defendió 5 veces. Una de ellas fue ante el venezolano Carlos “Morocho” Hernández quien lo tuvo por el suelo en el Luna Park. Locche se levantó y en cuando pudo, derribó al venezolano para devolverle la gentileza. Amado por el público del Luna Park. Ídolo indiscutido. Sus noches de Luna llena quedan en viejas fotos y antiguos videos. Locche y la gente. Locche y las sonrisas. Locche y los aplausos. Locche, siempre: único, irrepetible. Eterno Nicolino
